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“Dios no puede inspirar deseos irrealizables”

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“Dios no puede inspirar deseos irrealizables”

Mi nombre es Gemma y soy de Córdoba, aunque actualmente resido en Granada hasta dentro de unos meses que me trasladaré a Madrid (después lo entenderéis todo).

Siempre he sido una niña creyente, mi madre desde pequeña se acostaba conmigo para rezar juntas, pero no éramos de ir los domingos a misa y Dios tenía planes para mí respecto a esto. Los fines de semana me iba al piso de mis abuelos, ellos viven al lado de una  Parroquia y cuando sonaban las campanas me iba sola a misa, mi abuela se ponía en el balcón y me veía entrar y salir para quedarse tranquila, como ella decía: “ahí la niña no aprende nada malo”. Recuerdo como me sentaba siempre en primera fila, y el sacerdote al acabar la misa me decía “espérate un momento” y me daba una bolsita con los recortes de las formas y yo volvía a casa muy feliz. Cuando hice la Comunión, también recuerdo que muchos días me iba a buscar al sacerdote a la sacristía y le decía que quería confesarme y comulgar y él muy atento me escuchaba y después me daba el sacramento.

En la adolescencia me alejé del Señor, rezaba, pero más que nada como se suele decir “me acordaba de Santa Rita cuando tronaba” e incluso decidí dejar de estudiar para trabajar, pero esos no eran los planes del Señor para mí y por ello un día decidí, sin poder explicar cómo, retomar mis estudios, yo siempre he querido estudiar Psicología, pero era algo muy lejano ya que no había terminado ni la E.S.O. Pero decidí marcarme el itinerario perfecto para conseguirlo (bueno yo no, ahora entiendo que fue Él), mucha gente (especialmente mi familia) confió en mí pero otros dudaban que consiguiera mi objetivo, pero estos últimos no sabían que no era yo, sino Dios el que tenía esos planes para mí. Retomé mi camino de su mano, volví a ir los domingos a misa, pero no me confesaba, mi fe no era la misma y este confinamiento comenzó mi conversión.

Empecé a tener la necesidad de estar más cerca de Dios, no podía ser que Él me diera tanto y yo estuviera presente de manera tan pasiva y decidí acercarme a Él de la mejor manera, mediante el Sacramento de la Comunión, me confesé después de muchísimos años y cuando comulgué no pude evitar llorar de emoción. Actualmente me confieso muy a menudo, voy a misa casi a diario (y todos los domingos por supuesto), estoy en continua formación, leo muchísimo y no sólo eso, noto al Señor muy cerca de mí, en mi día a día, y entiendo lo que quiere de mí. Hace muy poquito, el día de la Virgen de Fátima (13 de mayo) culminé mi conversión mediante el Sacramento de la Confirmación, de la mano de mi tío como Padrino (él y mi tía son las personas que Dios ha puesto en mi vida para guiarme siempre en el camino de la fe especialmente) y ahora es cuando toda mi vida tiene sentido.

También tengo la oportunidad de pertenecer al voluntariado del programa de “Personas sin Hogar” de Cáritas Diocesana de Córdoba, el cual he podido compaginar con mi último periodo de prácticas también junto a ellos. Poder estar al lado de estas personas es la forma más bonita de servir a Dios, ellos han cambiado mi forma de ser, de pensar y de vivir. He comprendido, a través de sus historias y vivencias, por qué ellos son los favoritos de Dios y, sin duda, lo que yo les ayudo a ellos es insignificante para todo lo que ellos han aportado y aportan a mi vida.

Por cierto, no solo cumplí todo el itinerario que Dios me marcó, actualmente me encuentro en Granada finalizando el Grado de Psicología, sino que en septiembre comienzo el Postgrado de Psicología General Sanitaria en la Universidad Francisco de Vitoria, y viviré en Madrid con una amiga que, por supuesto Él ha puesto en mi camino para que juntas nos sea más fácil seguir su plan. Y ahora es cuando entiendo que Dios es misericordioso y que perdona y da segundas oportunidades, a mí me la dio y sólo podía seguir el camino agarrada de su mano, esa que nunca más soltaré.

Por todo ello, la frase que más me marcó y que define mi fe, fue una de Santa Teresita del Niño Jesús que leí no hace mucho en el libro “La confianza en Dios” de Jacques Philippe “…Dios no puede inspirar deseos irrealizables…”

Gemma Díaz.