No sé si a ti te pasa, o tal vez te ha tocado conocer a personas las cuales les es muy difícil recibir algún tipo de elogio, algún presente, o incluso unas simples palabras de ánimo. Esto me ha tocado verlo seguido, e incluso puedo decir que en muchas ocasiones yo he sido aquella persona a la cual le ha costado.

Considero que en algunas ocasiones, nos cuesta mucho recibir algo de los demás, porque, bajo los ideales cristianos, a veces enfocamos todas nuestras fuerzas en dar: regalar de nuestro tiempo, de nuestros recursos, de nuestros talentos para hacerle un bien a los demás, en pocas palabras, darnos totalmente, pero esto es peligroso si no está bien regulado, de tanto dar, nos podemos quedar vacíos…

Hoy quiero aclarar: no solo estamos hechos para dar, sino también para recibir, pero necesitamos estar conscientes de que debemos disponernos para poder aprender esto. ¿De quién lo podemos aprender? Del mismo Jesús, en dos ejemplos muy sencillos: cuando en el Evangelio nos dice: todo me ha sido entregado por mi Padre (Mateo 11, 27), y cuando aquella mujer derrama sobre Él un perfume muy valioso, a la vista de los apóstoles, indignados por el “derroche” de este perfume, Jesús lo recibe alegremente, sin ofender la intención de aquella mujer, que con todo su amor, libremente realiza esta acción (Mateo 26, 6-13).

Él nos enseña que necesitamos aprender a dejarnos amar, de esta forma tan hermosa: recibiendo aquello que los demás quieran darnos, sobre todo, recibir aquello que Dios tiene preparado para nosotros, disponer nuestro corazón para tener la humildad de aceptar aquello bueno, es decir, aquellas huellas de la esencia de Dios que los demás ven en nuestra persona, en nuestras acciones, en nuestra vida en general.

El amor es un movimiento de ida y vuelta, no nos salgamos de esta ecuación tan hermosa. Vivir nuestra vida dándonos, y al mismo tiempo vivir recibiendo a los demás, ahí está el amor en plenitud. Ahí está Dios.

Abraham Cañedo

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