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¿Para qué casarse?

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¿Para qué casarse?

Entiende por qué haces las cosas. Profundiza. Dales sentido. Hasta tu pensamiento más inmutable posiblemente cambiará. Permanece alerta: vive con la lámpara encendida. Sé crítico pero, en especial, autocrítico. Y, después, quédate con lo mejor, con la bondad de la vida y del Ser Humano. En otras palabras: encuentra y siente a Dios, y hazlo cada día.

Me hace gracia las bodas americanas, al menos las que salen en las películas, siempre hay alguien que dice que están allí para celebrar el amor de esas dos personas. Y es cierto, qué duda cabe, que se celebra su amor. Pero el amor se puede celebrar en muchos momentos y de muchas formas, y en las bodas ocurre algo único: lo que se celebra es la fundación de una familia. De forma que ese día marca un antes y un después: los novios entran como solteros, cada uno por su lado, del brazo de sus padrinos, y salen juntos, ya marido y mujer, dispuestos a encarar el futuro como una unidad, con su dosis enorme de ilusión pero también con otra dosis velada de incertidumbre.

Si algo tiene un sentido real y práctico en la vida, es el matrimonio. La sociedad sabe que su propia estructura fundamental, es decir, sin la que no puede sobrevivir, es la familia. Y que las familias se protegen a través de la institución del matrimonio. No quiero entrar en polémicas ni hacer de menos a nadie, sé que existen otras formas de familia, pero querría explicar por qué el matrimonio sigue teniendo sentido.

La misma boda ya lo tiene, en ella se parte de unos anuncios (las amonestaciones) por las que se hace público que dos personas se quieren casar. Y entonces, la sociedad, conociendo la transcendencia de esa decisión para todos, les ayuda. Les ayuda haciéndolo público para que los demás lo sepan y nadie se interponga. Aprueba leyes que protegen a las familias y su economía. Y les ayuda celebrándolo (toda boda es una celebración). El consentimiento de los novios se hace en un rito solemne pidiendo, si es un rito religioso, el amparo de Dios. Después se festeja con un banquete -dar de comer algo tiene de espiritual que supera a la mera alimentación- y a los novios se les hacen regalos que les sean útiles para crear su propio hogar. Los novios se intercambian anillos de boda que simbolizan, como toda circunferencia, lo que no tiene fin y, si son de oro, lo que no se oxida ni deteriora, y se insertan en el anular. Los dedos son la parte del propio cuerpo que más se mira. La mano es también la parte del cuerpo más hacendosa, la que convierte las intenciones en hechos, las ideas en hechos, los sentimientos en hechos, y en donde habita el anillo con sus simbolismos. Incluso el viaje de novios es necesario porque casarse algo tiene de subirse a una barca, mirándose embobados, y salir al mar remando, sin mirar al mar, sin saber nada del mar y, sólo después, una vez lejos de la seguridad de la costa y la casa paterna, saber gobernar esa pequeña barca por las pocas aguas calmadas que encontrarán en la vida y las muchas aguas turbulentas.

En los cuentos infantiles la boda es el “final feliz”, pero en realidad la boda es un “inicio feliz”. Supongo que estamos acostumbrados y hemos dejado de asombrarnos cuando dos personas se casan. Dos personas tanto tiempo desconocidas entre sí que tomaron la misma decisión un día cualquiera (elegir una carrera y no otra, por ejemplo, o simplemente ir a un determinado lugar), sin saber que ese día el destino les estaría esperando. Los casados suelen recordar el día en que “comenzó todo” pero ninguno puede explicar lo que ocurrió con argumentos objetivos, mucho menos con argumentos lógicos. Suelen decir, en cambio: “me gustó su mirada”, “me gustó su risa”, “comenzamos a hablar y nunca hemos dejado de hacerlo”, “sentí una sensación nueva que me asaltó, no una mera atracción, sino una sensación cálida: nunca me he sentido tan cerca de alguien”. También recuerdan cuando decidieron casarse; casi todos hablan de una extraña seguridad, de un momento concreto en que “lo supieron”. Tiempo después, cuando pasan los años, miran atrás y hablan de lo que han vivido juntos: de sus vidas que empezaron aquel día, de las vidas nuevas que formaron.

Supongo que si queremos contestar a las preguntas para las que nuestra sociedad no tiene respuesta o, si lo tiene, es titubeante, estas que son: ¿para qué casarse?, ¿no es la boda un mero formalismo o una especie de coreografía?, ¿qué diferencia hay entre casarse y no casarse?, debemos partir del inicio, es decir, no presuponer nada. Debemos ser capaces de contemplar lo asombroso. Quizá, entonces, nos demos cuenta de lo extraordinario que es amar, de lo extraordinario que es formar una familia, de lo extraordinario que va a exigir de nosotros y cómo va a configurar nuestra identidad, de lo extraordinario que es lograr el que ese amor crezca y lo transforme todo a su paso. Y, después de contemplarlo, observar también cómo da un sentido concreto a las propias preguntas y a cada una de las respuestas.

Rafael Álvarez