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Romperme para dejarme hacer

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Romperme para dejarme hacer

Desde el otro día que me pidieron un titulo para mi testimonio creí que esta era la frase que mejor expresaba lo que Dios ha ido haciendo en mi vida. Yo nací en una familia católica y desde muy chica la fe siempre fue una parte fundamental en mi vida… Mi primer encuentro real con Jesús fue a los 13 años en una adoración nocturna y no es que haya pasado algo extraordinario, simplemente tuve la gracia de tener la certeza de que el pedacito de pan que estaba enfrente de mi era Jesús y si eso era real entonces todo lo demás también lo era, que no era que no lo creyera antes, pero es que todo se volvió mucho más personal, ya no era que Dios nos había creado a todos y había venido a salvarnos del pecado, era que Dios me había creado a mí así como soy, con mi personalidad, mis dones, mis rasgos físicos ¡Todo! Y además había venido a salvarme a mi de mi pecado ¡Había muerto por mi en esa cruz! A partir de ahí, Jesús, se podría decir que se volvió mi mejor amigo, pero si les soy sincera yo lo veía más como un amigo imaginario que como Dios, mi verdadera conversión llego años después…

Como les dije antes, mi relación con Jesús empezó a los 13 años y la verdad es que siempre he sido una persona muy espiritual y buena por lo que sin darme cuenta empecé a caer en una soberbia espiritual muy grande, me sentía mejor que los demás y hasta me costaba reconocerme pecadora. A mis 18 años decidí dar un año de Colaboradora con el Regnum Christi (Es un voluntariado donde le regalas un año de tu vida a Dios, normalmente vives con consagradas, tienes formación, apostolado y mucho tiempo de oración) aquí fue cuando mi verdadera conversión empezó…

No se si haya alguien más que haga esto pero cuando voy a salir de viaje, me encanta descargar canciones sin conocerlas e irlas descubriendo en carretera, justamente hice esto a principios de este año y salió la canción de “El alfarero” de Marcela Gandara y Evan Craft, me encantó una frase que decía “Barro soy, en el torno estoy, moldéame hoy, rómpeme si es necesario” sin pensarlo ni reflexionarlo volteé al cielo y le repetí a Jesús esta frase ¡De verdad para mi no significo nada! Pero creo que para Jesús si, porque a partir de ahí no hizo nada más que romperme. Me empezó a enseñar todo lo malo que había en mi corazón, mi pecado, mi soberbia ¡Literalmente toda mi podredumbre! Y de verdad que ha sido uno de los momentos más duros de mi vida, yo me sentía basura, pero fue increíble ver como el amor de Jesús no cambiaba y el de las personas a mi alrededor tampoco, tuve la gracia de sentirme plenamente amada también en mis defectos y equivocaciones.

Fueron como 6 meses de esto, de seguirme rompiendo poco a poco, hasta que en Febrero tuve Ejercicios Espirituales, aquí pasaron 3 cosas claves:

  • La primera fue que decidí que ya no quería que fuera Jesús quien me rompiera, ahora era yo la que me quería romper para entregarme, así como Él lo hace cada Misa.
  • La segunda cosa fue aceptar que la situación no era “¿Cómo Sofía la que es super buena pudo haber caído en todos estos pecados?” sino que yo era una pecadora y por gracia de Dios no había caído mucho más bajo y no saben la libertad interior que me dio el saberme pecadora ¡Por fin logré entender la frase de San Juan Pablo II “La verdad os hará libres”!
  • Por último, ahí cuando yo ya me sabía polvo y me sentía nada, fue cuando Jesús me empezó a hablar de la santidad y entendí que Dios puede hacer santos de las cenizas, pero no de las máscaras porque las máscaras no existen, solo existimos nosotros con lo bueno y con lo malo ¡Y con eso Jesús si que puede hacer milagros!

A partir de ahí mi vida ha sido un constante dejarme, dejarme romper, dejarme moldear, dejarme lijar, perfeccionar, dejarme guiar, dejarme querer, etc… Un constante dejarme hacer ¡Porque entendí que es Dios quien nos hace santos! Y la mejor decisión que podemos hacer es dejarle a Él el lápiz de nuestra historia, a Él el volante ¡Dejar que como dice San Pablo ya no sea yo quien viva, sino que sea Cristo quien viva en mí!

Sofía Carreón