En uno de los trenes de esta semana mi asiento para el viaje de ida estaba en lo que se llama ‘vagón silencioso’. En él se da prioridad a las personas que quieren aprovechar el viaje para descansar y por ello la luz está más baja, no está permitido utilizar el teléfono, y hay que guardar cierto silencio. En el viaje de vuelta el asiento estaba en un vagón convencional. Ciertamente había mucho ruido (música de móviles, gente hablando por teléfono, voces, risas…) pero aunque allí no estaba prohibido conversar, el silencio era atronador.

Vivimos en un mundo muy ruidoso, sí, pero sobre todo ruidoso hacia el interior. El ruido exterior molesta, pero el ruido interior destroza. Hoy más que nunca es necesario el ruido de la conversación. Nos falta conversar, nos falta hablar. Pero hablar requiere también de callar, y ese ruido interior nos lo impide.

Callar es demostrar que uno está disponible para escuchar. En este mundo de confidencias y de afinidades electivas el silencio de quien sabe escuchar es un tesoro. No en vano guardar silencio es algo que desde el siglo XVII forma parte de los tratados de buenas maneras.

El buen conversador no es el que más habla, sino el que sabe escuchar con atención, sin móvil, sin cascos, sin otra cosa que le distraiga. Sólo tú y nada más. Escuchar, entender, hacerse cargo, empatizar, sentir con quién estamos hablando… La atención es el elemento más importante de la conversación. Lo que hace que el otro se vaya abriendo y establezca un auténtico diálogo radica en sentirse escuchado y atendido.

Quizá lo que tengamos de más valioso es la entrega de nuestro silencio para estar del todo con el otro ¿A quién se lo vas a regalar alguna vez esta semana?

Carlos Andreu

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