En aquél tiempo, se acerca a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:

«Señor, si quieres, puedes limpiarme».

Jesús, compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo:

«Quiero, queda limpio».

La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio.

Él lo despidió, encargándole severamente:

«No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».

Jesús, yo soy también un leproso. Caigo de rodillas ante ti. Puede que no me de cuenta de que tengo sarpullidos de lepra, pero al destaparme me doy cuenta de que los tengo. Necesito que me sanes. Necesito que me toques para curarme, como hiciste aquel día en las tierras de Galilea.

Jesús le tocó. Podía haberlo curado a distancia, pero quiso tocar su carne enferma. Jesús no se separa de él, sino que le mira con afecto, con expresión amable, compasiva. El Señor se muere de ganas por tocar nuestra alma y sanarnos de todo pecado. Sólo hemos de querer y ponernos en disposición para que nos sane. Y ¿cómo, Señor? ¿Cómo me tocarás? ¿Cómo me sanarás? – «A través del sacramento de la Confesión».

Él fue quien, conociendo perfectamente la condición del hombre, quiso dejarnos el sacramento de la Confesión para que tuviéramos la absoluta seguridad de que somos perdonados. Y para eso se sirve de un hombre de por medio –el sacerdote–, a través del cual Dios nos perdona, nos toca, nos habla, nos sana. 

Juan Pablo II, a un hombre que hacía muchos años que no se confesaba, le dijo: “Hágalo, confiésese, porque se está muy mal lejos de Dios”.

Marta Argelés

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