Pueden transcurrir meses y años y vidas, y el amor verdadero no solo se mantiene, sino que se expande como el Universo. Es infinito y no deja de crecer. Estoy lleno y quiero más. El que ha experimentado el amor de Dios conoce esa sensación que, incluso, puede abrumar. Pero es cuando nos sometemos al vaivén de las circunstancias del tiempo y de las personas, cuando realmente caen sobre nosotros las exigencias de un verdadero amar a los demás: a nuestra familia, a nuestros amigos, y, en especial, a un amor romántico.

Se palpan en las historias de largas uniones personales todas las batallas propias y en común que se deben superar para mantenerse cerca de los seres queridos: historias de largos y fructíferos matrimonios, historias de ausencias y viudedades, historias de paciencia y cariño, de kilómetros y años de distancia… Grandes ejemplos de perseverancia y sacrificio, solo sostenidos por la certeza de algo grande que les ha sido regalado y que va más allá de sus capacidades o sus méritos. Pero ese don exige aceptarlo e intentar responder lo mejor que sepamos.

Hay una pregunta quizá fácil de contestar, pero complicada de poner en práctica: ¿cómo se ama cuando no es posible estar con la otra persona? Ya bien sea un amigo al que no vamos a volver a ver, algún familiar del que no hemos podido mantenernos cerca, o un amor atacado por circunstancias desfavorables, todas son situaciones que requieren de una valentía especial para seguir teniendo presente esa certeza que nos mueve. Y lo más difícil es saber desprenderse de esa persona, no necesariamente por su ausencia física, sino como un acto de libertad y respeto, y, en el fondo, un acto de amor que nace en nuestro corazón.

Si el contacto con ese amigo no va a ser posible, ese familiar que tanto queríamos fallece sin poder darle una despedida o si no es el momento de hacer crecer una relación con esa persona especial, amar es dejar ir. Darle alas para que vuele donde sí es llamado, sin pretender retenerlo, sin intentar poseer la idea de su compañía y su presencia. Amar es desposeer, que sigue siendo otra forma de luchar por su felicidad, sin hacernos notar; entonces, el objetivo ya no es estar juntos, sino la felicidad de la otra persona, que es el cumplimiento de su vocación, en la tierra o en el Cielo. ¡Y qué felicidad el saber que puede ser feliz! ¡Cómo crece ese amor cuando es desinteresado! (1 Cor 13:4-7).

En esos momentos, amar puede ser orar por su alma, rezar agradeciendo por su respiración, su existencia y su felicidad, cuidar a las personas que le quieren o le han querido o, simplemente, darle espacio tras hacerle saber que le quieres y que su felicidad es tu felicidad y la primera prioridad.

Por todo esto, configurar el amor a nuestra medida puede ser dañino para nosotros y para las personas que queremos querer. Tener la intención de encontrar una pareja solo por ítems compatibles o ideas coincidentes (así como planes de futuro o concepciones del mundo) es una manera de cuadricular lo que se sale de los moldes y siempre va más allá. Pues no debemos “pensar en dirigir el curso del amor, ya que será él, si nos halla dignos, el que dirija nuestro curso” (El profeta, Khalil Gibrán).

Una vez ya florece ese verdadero amor, nos damos cuenta de que es el más puro y el que más llena. Y ese regalo se convierte en el mejor regalo y no nos podemos conformar con menos. Y es el momento de empezar a trabajar por amar a todas las personas de manera generosa y entregada, sin querer poseerlas ni traerlas al terreno propio; respetando, deseando y amando su libertad, sin querer coaccionarlas a una reciprocidad egoísta; sin querer convencerlas de ese amor que está creciendo en nuestro interior.

Amar a los demás es la mejor manera de amarnos a nosotros mismos. Viviendo con caridad y sinceridad ese querer altruista nos preparamos para el momento en el que las circunstancias nos dejen disfrutar de la compañía de las personas importantes para nosotros, y saber que podemos superar esas dificultades sin dejar de pensar en nuestros seres queridos le da esperanza y sentido a ese esfuerzo que tanto merece la pena.

Antonio Verísimo Darío Sierra Maestro-Lansac

Artículo anteriorÉste es un mensaje para ti – Diosidencias – HAM
Artículo siguienteNo te dejaré ni te abandonaré. ¡Ánimo, sé valiente!