En la homilía de la Misa de consagración de la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona en 2010, Benedicto XVI afirmó que “la belleza es la gran necesidad del hombre; es la raíz de la que brota el tronco de nuestra paz y los frutos de nuestra esperanza”. Si nos paramos a pensar en las necesidades fundamentales del hombre, seguramente nos vengan a la cabeza muchas otras cosas: tener asegurado el alimento, o tal vez tener acceso a un buen empleo, o poseer una casa… Y sin embargo nos encontramos con esta revolucionaria afirmación: la gran necesidad del hombre es la belleza.

Y es que, ¿cuál es la razón de ser de todas las demás cosas si no están impregnadas de una belleza que las dote de sentido? ¿Para qué sirve tener o hacer sin la trascendencia que revela la belleza? No nos referimos únicamente a la belleza estética del arte (que también), sino a la belleza que está en muchísimas realidades cotidianas gracias a las cuales podemos vivir, más allá de las necesidades fisiológicas: la belleza de una familia unida, la armonía de las formas y los colores en la Creación, la belleza en los rostros de quienes entregan su vida en el servicio al prójimo. Todas estas “bellezas” no son sino reflejo de una Belleza mayor; son ecos que apuntan al Cielo. Y, por supuesto, el arte tiene también un potencial inmenso en este sentido, como ventana abierta a través de la cual acceder a esa Belleza infinita que está en el origen de toda creación humana bella y que no es otra que el mismo Dios.

Como decía san Pablo VI en la clausura del Concilio Vaticano II, “Este mundo en que vivimos tiene necesidad de la belleza para no caer en la desesperanza. La belleza, como la verdad, es quien pone alegría en el corazón de los hombres; es el fruto precioso que resiste la usura del tiempo, que une las generaciones y las hace comunicarse en la admiración”. Al hombre utilitarista de hoy, que busca el “para qué” de todo, hablar de la necesidad de la belleza le puede resultar chocante. Incluso en la situación actual de la pandemia, ante tanto sufrimiento, muerte y ruina, podría parecer trivial hablar de la belleza, como si fuese una suerte de lujo.

Este mismo problema se planteó hace un siglo, en el periodo cronológico comprendido entre las dos Guerras Mundiales: ¿cómo hablar de belleza en un mundo sembrado de muerte? Parecía absurdo, banal, casi insultante. La filosofía contemporánea había eliminado los atributos de Dios (Belleza, Bondad, Verdad) bajo el peso de la afirmación de Nietzsche: “Dios ha muerto”. La consecuencia cultural de esto es la negación de la belleza en la vida y en el arte; en el caso del arte vino de mano de Duchamp, padre del arte moderno, que hizo posible que se elevase a la categoría de arte objetos como un orinal (La fuente, 1917).

Es en esta clave que podemos entender las polémicas entorno al mundo del arte, especialmente en lo relativo a obras o exposiciones de contenido blasfemo: el camino que el arte ha seguido desde entonces es el de la reducción a la idea generadora, a las cualidades materiales o formales en sí mismos (material, textura, forma), a la reacción que genera, a la experiencia estética o, sencillamente, a los valores del ente que las financia. Desde que Joseph Beuys afirmara que “todo hombre es un artista”, convirtiendo así cualquier objeto o acción en susceptibles de ser consideradas obras de arte, los límites se han vuelto difusos. En la definición académicamente aceptada de “arte” entra todo, absolutamente todo, siempre que esté soportado por un buen aparato crítico y/o tenga posibilidades en el complejo mecanismo del mercado del arte. Las teorías estéticas contemporáneas afirman que ya no existe relación entre arte y belleza, y que es posible (¡incluso necesario!) relegar el componente de trascendencia en el arte.

Hay otra problemática en la definición actual del arte, especialmente desde el triunfo del expresionismo abstracto americano de mediados del siglo pasado. Si las meras formas o colores pueden constituir una obra más allá del contenido vacío, se niega el acto comunicativo: pareciera que un acto individual realizado por un artista para sí mismo, con origen o fin meramente estético, puede ser considerado arte sin que al resto del mundo diga nada más. No tendría ni por qué provocar “algo” dentro del espectador. Estos son los problemas que plantea la sociedad atea en su relativismo y el subjetivismo, con respecto a la belleza.

Pero ante esto, ¿qué dice el cristianismo? Conscientes de que, como afirmaba san Juan Pablo II, “la belleza es clave del misterio y llamada a lo trascendente”, en esta encrucijada histórica el arte tiene mucho que decir a cada persona (y si no puede decir nada es de justicia que cuestionemos que es arte). Lejos de renunciar a la belleza, es el momento de ponerla en valor, pues ella es la vía de salvación de nuestra cultura: “La belleza salvará al mundo” (Dostoievsky).

¿Cuál es esta belleza? ¿Acaso la de un paisaje? La contemplación de la naturaleza, de su armonía y su orden, sin duda nos remite a una voluntad creadora, a un amor, pero no nos hablan directamente de Dios. ¿Se trata entonces de la belleza del arte? Sin duda el equilibrio de una composición pictórica, la poética de un material o unos colores, la armonía de las formas, nos hablan también de “algo más”. ¿Cuál es esta Belleza con mayúscula que está en el origen del placer y la alegría que genera la experiencia estética?

Cada uno de nosotros tiene la respuesta dentro; aunque sean muchos los factores externos que traten de condenar al olvido la belleza, una vocecita dentro sabe distinguir qué es bello y qué no, qué es arte y qué un fraude. Y esto es porque la belleza tiene el poder de conducirnos a una realidad trascendente que, lo sepa el artista o no, está en el origen de su inclinación natural a lo bello, a lo bueno y a lo verdadero, es decir, al Amor, que es la esencia de Dios.

Este es el anhelo del hombre y la mujer actuales, este es el secreto de la belleza, esta es la intuición del misterio:

¿Qué puede volver a dar entusiasmo y confianza, qué puede alentar al espíritu humano a encontrar de nuevo el camino, a levantar la mirada hacia el horizonte, a soñar con una vida digna de su vocación, sino la belleza? […] Si aceptamos que la belleza nos toque íntimamente, nos hiera, nos abra los ojos, redescubrimos la alegría de la visión, de la capacidad de captar el sentido profundo de nuestra existencia, el Misterio del que formamos parte […] (Benedicto XVI, discurso del encuentro con los artistas en la Capilla Sixtina)

La belleza del amor de Dios traducida a formas plásticas ha sido una constante en la historia, y la vía de la belleza (via pulchritudinis) ha sido tomada con acierto por la Iglesia como un camino privilegiado de evangelización y diálogo, como bálsamo para el alma ante el sufrimiento humano y como herramienta de conocimiento de la Verdad divina. Como también afirmaba el papa Wojtyla, “Para transmitir el mensaje que Cristo le ha confiado, la Iglesia tiene necesidad del arte”. Pero sobre el papel del arte en la vida de la Iglesia hablaremos en otra ocasión.

María del Camino Viana García

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