Hace unos años tuvo mucha acogida y difusión un documental llamado: “Una verdad incómoda.” Ayudó a muchos a tomar conciencia ecológica, a creer que el cambio climático, que comenzaba a resonar, se podía ver y comenzaba a dispararse históricamente. Con todo, aquella pequeña película introducía miedo en la humanidad acomodada a vivir de cualquier modo.

Ahora estamos en Pascua. Desde hace 2000 años la Iglesia vive en Pascua. Pueden contemplarse sus signos, su recorrido y hacia dónde apunta la humanidad cuando la Resurrección de Cristo es un hecho que comporta y genera Vida, con mayúsculas, cuando la Resurrección de Cristo orienta la humanidad para no dejarla en su sufrimiento, polémica y pasión. El Cristo Viviente nos anuncia algo mayor, jamás antes escuchado ni dicho: la humanidad encuentra su fuerza en la Esperanza que proviene de Dios y conduce a Él, la humanidad se renueva en el amor y la entrega hasta darse por el otro, la humanidad dilata su esencia cuando la fe alcanza la persona entera en su razón, corazón y acción. En Pascua, la Buena Noticia no puede ser más desconcertante y atractiva que ésta, dicha con palabras de Pablo: convivimos con Cristo, conviviremos con Dios.

El Espíritu renueva desbordantemente los muros en los que permanecían encerrados los discípulos y continúa haciéndolo. Coincidiendo con el momento de mayor temor, mayor preocupación, mayor desasosiego, mayor ruptura, el Espíritu lanza a la intemperie con la sola confianza en el Viviente. Muchos dirán, desesperados o enloquecidos, que tanta Belleza no es posible, que es todo Extraordinariamente Bonito, que son Palabras Delicadas y poco más. Y podríamos estar tentados precisamente en pensar que tienen razón y resistirnos a Tanto, Tan Grande, Mayúsculo como la Resurrección. Podríamos quedarnos ahí y resistirnos a seguir adelante, poner punto final en la cruz y sepultura a la vida de Jesús y a todo lo demás. Sin embargo, no es así, no se ha cerrado, no se ha clausurado nada, no se ha desvanecido. La Pascua nos recuerda que, en la historia misma, podemos encontrar huellas -muchas, muy diversas y diferentes- de quienes han llegado al final con su fe, con el vínculo con Dios que el bautismo introduce en sus relaciones.

La Pascua es esto y podríamos resumirlo en “seguir adelante” “abriendo la historia” movidos por la Belleza; no por lo que somos capaces de hacer nosotros y es bonito, atractivo y llamativo, sino por la Belleza de la Vida que Dios procede. ¿No se trata entonces todo esto de arreglarnos bien, tan bien y tan extraordinariamente, que luzca en plenitud la imagen que llevamos dentro? ¿La Pascua no es incorporarnos a la Resurrección como Jesús nos hizo ser parte de su vida en la Última Cena? ¿No es así como realmente quisiéramos vivir como cristianos, con todos y en todo?

José Fernando Juan / @josefer_juan

Artículo anteriorLa Tierra entera canta
Artículo siguientePetición de matrimonio sorpresa