Y todavía me cuesta creer que por mí hayas subido a la cruz, que por mí la hayas cargado en tus hombros, que por mí hayas entregado hasta la última gota de sangre. Por mí, pobre criatura. Tú, omnipotente Dios.

Esta Semana Santa, conforme iba viviendo la pasión contigo, conforme te acompañaba en la última cena, en el huerto de los olivos, en la crucifixión, me preguntaba ¿por qué?. ¿Por qué hasta la muerte? ¿Por qué hasta el extremo? ¿Por qué hasta la cruz?

“Por Amor” dicen, pero ¡qué Amor!

Estoy acostumbrada a historias de amor de flores y bombones, de piropos y “te quieros”, de citas románticas y regalos. Y está genial, pero estoy tan acostumbrada a ellas, que cuando vivo la pasión a veces la veo más como una historia de dolor, sufrimiento y lágrimas, que como una historia de Amor de verdad. Me hablan de ella y no puedo evitar pensar en términos de pena, sacrificio y tristeza, cuando todo ello debería ir precedido por sentimientos de victoria, Gloria, agradecimiento, Amor, entrega… Porque la realidad es que, aunque no faltaron ni lágrimas, ni sufrimiento, ni dolor, lo que hay de fondo no es dolor por dolor, dolor sinsentido, o dolor derivado del fracaso. Detrás de cada gota de sangre, hay un “te quiero” que Dios pronuncia pensando en ti, detrás de cada latigazo que desgarra su piel hay un “quiero llevarle al Cielo” con tu imagen en su cabeza, detrás de cada caída con la cruz a hombros hay un “por él/ella me levanto todas las veces que el dolor me tumbe”. Realmente detrás de cada minuto de oración en el huerto de los olivos está el mismo Dios visualizándote a ti siglos más tarde en la tierra -pero ya en sus planes desde el principio de los tiempos- y pensando “ojalá fuera consciente de todo lo que le quiero, y que lo hago desde siempre y lo haré para siempre. Y esta noche pensar en él/ella es lo que me consuela entre tanto dolor, es lo que me mueve a seguir adelante, es lo que me hace querer entregarme hasta la muerte; pensar en él/ella me basta”.

Son palabras muy fuertes las que se te pasarían por la cabeza, Señor, en aquellos momentos en los que pensabas en mí, pero es que así es como me quieres, con toda la fuerza de un Dios todopoderoso que ha venido a la Tierra a abrirme las puertas del Cielo, a decirme que me quiere por encima de todo, y a quedarse conmigo para siempre.

Recuerdo que cuando Pilato te interrogó te pregunto “¿Qué es la verdad?”, y aunque no pronunciaste palabra estoy segura de que, entre otras cosas, pensaste, “la verdad es que le quiero tanto a él/ella que he bajado a la Tierra no solo a decírselo, sino a demostrárselo. Le quiero tanto que he venido a salvarle, a darle vida eterna y a mostrarle el camino que le conduce a mí. Le quiero tanto que voy a dar mi vida para salvar la suya”.

¡Cómo aborrezco el pecado cada vez que pienso todo lo que me quieres! ¡Cuánto me duele entonces darme cuenta de que con él hago daño a quien me devolvió la vida!

Es cierto que en esos momentos -en los que me arrepiento de mis pecados- me cuesta ver la cruz, se me estremece el cuerpo, y me duele en el alma verte a ti, Dios mío, ahí; pero no es menos cierto que también me doy cuenta de que gracias a esa cruz siempre puedo volver a ti a pesar de mis pecados, y solo por eso, por la oportunidad que la cruz me abrió, sé que es la prueba más grande de Amor que alguien ha hecho por mí, sé que no simboliza el fracaso de Jesús frente a la muerte, sino la victoria de Dios frente a ella por Amor. Un Amor que es capaz de todo, un Amor revolucionario, un Amor que no se entiende, un Amor que nos cura, nos salva y nos enseña a amar. Pero sobre todo, un Amor por mí.

¡Es tan increíble pero a la vez tan cierto!

Jesús estuvo pensando en mí durante cada segundo de la pasión, abrazando la cruz como si me abrazara a mí, y pronunciando un te quiero que resuena 21 siglos más tarde en mi corazón, y lo sé porque miro la cruz y todavía le escucho, casi sin fuerzas y susurrando, pero con mi nombre en sus labios.

¡El mismo Dios pensando en mí, entregándose por mí, queriéndome a mí!

¿Has visto historia de Amor igual?

Ojalá mi vida entera sea otro gran “te quiero” que logre pronunciar tan alto que llegue hasta el Cielo.

Marta Mata

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