Me encanta meditar la bajada de Cristo a los «infiernos», el seno de Abraham, durante el sábado santo.

Allí estaban detenidas las almas de los justos hasta que Cristo resucitase.

Desce el principio de los tiempos, Adán y Eva esperaban, y Noé, y Abraham e Isaac, y todos los patriarcas y todos los profetas. Simón les contaba que había podido verlo con sus propios ojos y Juan el Bautista les hablaba mucho sobre Él y lo que había pasado en el río Jordán.

Leer la Biblia desde el principio hasta el sábado santo desde esta perspectiva es algo que me encanta hacer. ¿No habían hablado las escrituras sobre el Mesías que vendría? Pues eso mismo era proclamado en el seno de Abraham con cada profeta que descendía a esperar la resurrección.

Moisés y Elías hablaban entre ellos en el Tabor. Era una conversación como las que mantenían allí. Elías preguntaba a Moisés: ¿Y cómo era la voz de la zarza? ¿Dijo que liberaría a su pueblo? ¿Y en la hendidura de la roca? ¿Dijo que Él era la misericordia? Y Moisés preguntaba a Elías: ¿Y a tí, que te dijo el Señor en el silbido del viento?

Fue una espera larga, pero una espera llena de Dios.

Este año quise meditar también en el descenso del Señor el Sábado Santo y me encontré una sorpresa muy agradable. Es un poema de Sor Mary Ada O.S.J. que sigue esta misma línea y que me ha hecho sonreír y emocionarme a partes iguales:

«El antiguo gris cambió de
repente y se diluyó
como niebla sobre los páramos
ante un viento.
Un viejo profeta levantó
un rostro brillante y dijo:
“Vendrá pronto.
El Hijo de Dios ha muerto;
Murió esta tarde «.
 
Un murmullo de excitación agitó a
Todas las almas.
Se preguntaban si soñaban –
Salvo un anciano que parecía
ni siquiera haberlo oído.
 
Y Moisés, de pie, hizo
callar a todos para preguntar
si alguno tenía preparado un cántico de bienvenida.
Si no, ¿David tomaría la tarea?
Y si no les importaba..
¿No podrían los tres jóvenes cantar
el Benedicite, el cántico de alabanza que
hicieron cuando Dios les protegió de perecer en el horno ardiente?
 
Un soplo de primavera los sorprendió,
acallando las palabras de Moisés.
Nadie podía hablar, estaban recordando
las primeras flores frescas,
los pajaritos cantando.
Otros pensaron en campos recién arados o en manzanos florecidos.
Algunos, en la forma en que un lecho seco se llena de agua regando colinas verdes.
Los pescadores soñaron con la espuma
de los mares de un azul brillante.
 
El único anciano que no se había movido
recordó su casa.
 
Y de repente…
 
…allí estaba Él
espléndido como el sol de la mañana y hermoso como solo Dios es hermoso.
 
Y ellos, sobrepasados de alegría, se
arrodillaron para adorarle y 
ver que lucía cinco estrellas carmesí que
nunca antes habían visto.
 
No se cantó ningún cántico.
Ninguno entonó un salmo ni lanzó una alabanza como saludo.
 
Solo el hombre silencioso,
de toda esa muchedumbre,
encontró palabras —-
Ningún otro.
 
Se levantó y puso su cabeza cerca de Su corazón.
Cuando terminó el abrazo, el
Viejo San José dijo:
«¿Cómo está tu madre,
cómo está tu madre, hijo?»
C.Hoyos
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