El domingo Jesús entró en la ciudad santa y lo aclamamos como Rey. ¿Es de verdad y en verdad el rey de mi vida? ¿Ponemos toda nuestra confianza en Aquel que es soberano de todo? Pero… ¿cómo reina este Rey? ¡Qué bello es contemplar cómo Cristo viene a reinar con humildad y mansedumbre! ¡Qué bello es cómo Cristo quiere reinar en nuestra vida! ¡Con qué ternura, con que misericordia! El reinado del Corazón de Jesús es todo delicadeza, mansedumbre, misericordia y humildad. 

Esta semana queremos acompañar a Cristo en su Pasión, subir con Él al Calvario. Queremos entrar en Su Corazón y acompañarle por amor. Una religiosa contaba que en su vida todo habían sido regalos que Jesús ponía en su mano y esta religiosa cogía y acogía, hasta que un día los regalos iban desapareciendo de las manos de Jesús y solo se veía la llaga, la herida de la mano. Decía la religiosa: «En Su mano venían todos los regalos, pero en esa mano que me daba regalos, veía que había llagas, heridas. Y ¿qué iba a hacer yo sino coger esa mano?».  ¿Tú coges la mano llagada de Cristo? ¿Asumes sus heridas? ¿Crees que Sus heridas nos han curado? 

Estos días se trata de que cada uno entremos en Sus heridas, en Su Corazón. Santo Tomás Moro decía que las heridas visibles de la Pasión son como la punta del iceberg porque las heridas más profundas son las del corazón. Cuando más mires a Jesús Crucificado, más verás las heridas invisibles de Su Corazón. Y, es que, todas las heridas, todo el sufrimiento es nada en comparación con lo que te ama el Señor. TODO LO HA HECHO POR AMOR A TI. ¿Te lo crees? 

Si Cristo ha hecho todo esto por mí, ¿cómo no acompañarLe en su Pasión? ¿Cómo no coger esa mano llagada por amor a nosotros? ¿Cómo nos acercamos a las heridas de Cristo? ¿Reconozco que son fruto de Su amor? 

Pidámosle a la Virgen poder entrar en las heridas y las llagas de su Hijo y reconocer que Cristo nos ama a cada uno personalmente y que solo por esto vale la pena vivir y morir. 

 

Artículo anteriorMartes Santo – Los mismos sentimientos que Cristo [podcast]
Artículo siguiente«Tierra Santa, el último peregrino»