Hace ya unos años, di con un versículo de la Biblia que define a la perfección la fe: Fe es la consistencia de lo que se espera, la prueba de lo que no se ve (Heb 11, 1). Fue todo un descubrimiento porque hasta ese momento no sabía ponerle palabras a lo que significa tener a Dios en mi vida.

Unos versículos más adelante, se dice:  Por la fe, los israelitas cruzaron el mar Rojo como si anduvieran por tierra firme, mientras los egipcios, que intentaron hacer lo mismo, fueron tragados por las olas. Pero, ¿cómo se cruza un mar caminando alegremente?  ¿Cómo superamos nuestros constantes tropiezos como si nunca hubiésemos caído? Pues ahí tenemos la respuesta: la Fe.

A veces, podemos caer en la tentación de pensar que sólo aquél que siente profundamente a Dios en su vida tiene fe. No. Todos pasamos por dificultades, circunstancias que nos desbaratan los planes o que nos llenan de profunda tristeza y, reconozcámoslo, en esos momentos es difícil sentir a Dios de nuestra mano. Pero la fe está lejos de ser o de depender de un sentimiento que igual que viene se va. “Desligar el creer del sentir”, dice una canción de Hakuna. Eso es la fe. La misma Santa Teresa de Calcuta, en sus últimos años, no sentía a Dios, pero nadie dudaba de que su fe era inquebrantable, porque no la ponía en lo que sentía, sino en la certeza de lo que sabía. La había construido sobre roca.

Jesús nos advierte varias veces de que la fe es lo que hace que las cosas sucedan: Os aseguro que, si tuvierais fe del tamaño de una semilla de mostaza, diríais a aquel monte que se trasladara allá y se trasladaría. Y nada os resultaría imposible (Mt 17, 20). La fe es un verdadero regalo con el que Dios nos ha obsequiado a todos. Pero no crece de la noche a la mañana. La fe se le pide a Dios confiando en que nos la concederá. Es decir, con fe.

Nací en una familia católica, iba a Misa los domingos y rezaba el Padrenuestro por las noches. Ahora tengo veinte años y sigo siendo católica, yendo a Misa los domingos y rezando por las noches. Pero algo ha cambiado dentro de mí. Lo que antes hacía por rutina, hace tiempo que lo hago porque le he encontrado un sentido. Desde que estoy en la Universidad, voy a las Horas Santas de Hakuna, donde he conocido a personas maravillosas que verdaderamente están enamoradas de Cristo. Y es que la relación que tengas con Dios es algo muy personal, pero la fe sólo se puede vivir en comunidad con la Iglesia, nuestra Madre, sea a través de tu familia, amigos o el movimiento al que pertenezcas.

Ahora estamos en Semana Santa y, un año más, echamos de menos las procesiones en la calle y el olor a incienso. Pero que eso no nos haga decaer, que quien verdaderamente tiene fe no la pierde. Acompañemos a Cristo al Calvario, llevemos su Cruz y aliviemos su sufrimiento, como Él hace siempre. Pidámosle estos días la fe que nos falta para mover montañas. Y ni cruzar el mar nos resultará imposible.

Irene Teresa Gómez Barea

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