Así se entiende que la liturgia celebrada, vivida y participada estaba llamada a catalizar el
‘laboratorio sacramental’ en el que se convertía la en pequeña comunidad, con el fin de
ayudar a la gestación de la fe en tantos alejados y no iniciados en los misterios sacramentales: ‘La comunidad se convierte en laboratorio sacramental, esto es, en un lugar privilegiado del crecimiento en la fe y de su verificación’ (Cardenal Mons. Paul Joseph Cordes, Presiente Pontificio Consejo Cor unum ‘Una participación activa. Aproximación a la celebración de la Eucaristía en pequeñas comunidades’ Ed. Grafite, Bilbao 2008).

La celebración eucarística en pequeñas comunidades fue por tanto un avance más dentro
de la renovación del Concilio. Ciertamente la celebración en pequeña asamblea está
reconocida por la Iglesia y es habitual en no pocos casos, sobretodo por lo que se refiere a
las comunidades religiosas. La instrucción ‘Eucharisticum mysterium’ del 25 de mayo de
1967 (nnº 27 y 30 (AAS, 59, 1967, pp. 556-557)) el mismo año que nacía la primera
comunidad neocatecumenal en una parroquia, fue el primer documento oficial del
Concilio en el que se contemplaba las celebraciones para grupos particulares reunidos para una formación específica propia. En la misma se recomendaba que determinadas convivencias y asambleas de fieles, en vistas a promover la vida cristiana, los estudios religiosos, el apostolado o las prácticas de espiritualidad –sin especificar si éstas tienen lugar en domingo o en días feriales- culminaran con la celebración eucarística (nº 30), como así sucede en las Comunidades Neocatecumenales. Además, dicha Instrucción sobre el Culto del Misterio Eucarístico suponía un gran avance en materia litúrgica al permitir también recibir la comunión bajo las dos especies (nº 32).

También el decreto ‘Presbyterorum Ordinis’ del Concilio Vaticano II había mencionado en su
capítulo II y en los números 5 y 6 a los catecúmenos, expresando la necesidad de ‘ser
introducidos poco a poco en la eucaristía’, teniendo la comunidad local ‘especialmente
encomendados a los catecúmenos y neófitos, a los que hay que educar gradualmente en el
conocimiento y práctica de la vida cristiana’.

Existe la tendencia a pensar que dichas celebraciones se realizan ‘a parte’ de la parroquia,
es decir, de manera paralela, cuando la realidad es que son celebraciones tan propias y
legítimas de la parroquia como cualquier otra que se produzca dentro de ella. Así lo
recuerda el Padre Pedro Farnés, reconocido liturgista de la diócesis de Barcelona que fue el
que puso la renovación del Camino en contacto con los iniciadores del Camino en los años
60. En su publicación ‘la celebración eucarística en pequeños grupos ’ de 1996 indica: ‘Decir que un grupo de bautizados, presididos por un presbítero, está desvinculado de la gran Iglesia, estaría en abierta contradicción con lo que siempre ha creído y enseñado la Iglesia. Bastaría recordar lo que dice el nuevo Código de Derecho Canónico: la celebración eucarística aunque no cuente con la presencia de fieles, es una acción de Cristo y de la  Iglesia (c. 904). Si incluso en el caso extremo del sacerdote que celebra sin pueblo la Misa
continúa siendo verdadera acción de Cristo y de la Iglesia ¿Podría negarse la plena eclesialidad de una Misa celebrada con la participación de un grupo reducido de bautizados? La Misa, siempre y por su propia naturaleza es celebración de la Iglesia como tal, nunca de un grupo, ni reducido ni amplio. Ni la Misa en una gran asamblea presidida por el Obispo con su presbiterio y su pueblo, ni la Misa celebrada por un sacerdote solitariamente, ni la Misa participada por un pequeño grupo de fieles están desvinculadas y separadas de la gran asamblea que es la Iglesia universal de Jesús. Las diversas asambleas –sean grandes o pequeñas- forman ciertamente parte de la Iglesia, están incorporadas a la misma, la hacen presente en un tiempo y lugar determinado, pero solo son iglesia en cuanto están vinculadas a la gran asamblea eclesial. De aquí la necesidad –el signo o sacramento- de usar en toda celebración los ritos eclesiales , nunca los que uno podría preferir en su devoción o teología individual’ (Cf. Sacr. Conc. 22,3). (Ed. Salmanticensis, Vol. 43, Fasc. 2, 1996 , págs. 281-295).

San Juan Pablo II confirmará este mismo pensamiento en su Carta Apostólica ‘Dies Domini’
sobre la santificación del domingo que será muy importante para el Camino: ‘Cada
comunidad, al reunir a todos sus miembros para la « fracción del pan », se siente como el
lugar en el que se realiza concretamente el misterio de la Iglesia. En la celebración misma la comunidad se abre a la comunión con la Iglesia universal’ (núm. 34).

Además aunque subraya la necesidad, en pos de la unidad comunión parroquial, de  intentar unificar las celebraciones eucarísticas que se pudieran desarrollar, reconoce la necesidad de discernir los casos concretos en los que se debe permitir y salvaguardar las celebraciones particulares, dotando por tanto de la legitimidad a las mismas: ‘ Corresponde al prudente discernimiento de los Pastores de las Iglesias particulares autorizar una eventual y muy concreta derogación de esta norma, en consideración de particulares exigencias formativas y pastorales, teniendo en cuenta el bien de las personas y de los grupos, y especialmente los frutos que pueden beneficiar a toda la comunidad cristiana ’ (núm. 36).

En este mismo sentido el Cardenal Mons. Paul Joseph Cordes, el que fuera Vicepresidente
del Pontificio Consejo para los Laicos y Prefecto del Pontificio Consejo Cor Unum, y encargado durante los primeros años del Camino de ser el enlace con la Santa Sede antes de la aprobación de los Estatutos, consideraba de ‘una gran ceguera proponer la supresión de las celebraciones de la Eucaristía en pequeñas comunidades, a favor de una única misa dominical en las parroquias, como si la fijación de un criterio sociológico-numérico aumentara los resultados espirituales ’ (Cardenal Mons. Paul José Cordes ‘Una participación activa. Aproximación pastoral a la celebración de la Eucaristía en pequeñas Comunidades’ . Editorial Grafite. Baracaldo 1998, p. 100).

Sin seguir profundizando en lo que dice la Iglesia sobre esta cuestión podemos dar fe que
la celebración de la Eucaristía en pequeñas comunidades es de una riqueza y ayuda inmensa para los jóvenes. Es posiblemente una de las mayores inspiraciones que ha
recibido el Camino desde sus mismos inicios, cuando en las chabolas de Palomeras se descubrió la potencia de la celebración en pequeños grupos para experimentar la fuerza de la Pascua. Esto no le resta importancia a las grandes celebraciones de la parroquia, en las que dichas comunidades puntualmente participan, especialmente de las grandes festividades, pero hemos de comprender que los alejados, los matrimonios en crisis, los jóvenes, los que están creciendo en la fe en definitiva, necesitan como decía Benedicto XVI, espacios propicios para ser curados, atendidos y escuchados. En estas celebraciones, como en el Cenáculo durante Pentecostés, se opera una transformación auténtica: Poco a poco el hombre viejo, el hombre de la carne, va perdiendo fuerza, y va apareciendo el hombre nuevo, el hombre del Espíritu.

Así lo reconocía el Cardenal Antonio Cañizares cuando era el Prefecto de la Congregación
para el Culto Divino y disciplina de los Sacramentos responsable de la aprobación de las
liturgias y ritos de todo el itinerario neocatecumenal en una entrevista en el diario La Razón
el 21 de enero de 2012, donde expresaba que la relación entre catequesis y liturgia en el
Camino Neocatecumenal es ejemplar: ‘Sin duda alguna el Camino Neocatecumenal es
una de las nuevas realidades eclesiales, surgidas al filo del Concilio Vaticano II para promover una nueva evangelización de nuestro mundo y renovar la iniciación cristiana, tan urgente como necesaria. Estimo que es una de las iniciativas más notables y difundidas, suscitadas por el Espíritu Santo en la Iglesia, que mejor responden tanto a la naturaleza y exigencias de la Iniciación cristiana, como a la necesidad imperiosa y urgente de renovar, promover y fortalecer, con vigor e identidad, una nueva pastoral de esta Iniciación cristiana (…) La celebración, en el interior del itinerario propio de estas comunidades, de la Eucaristía se lleva a cabo de manera muy digna y bella, con gran sentido de fe, con espíritu eclesial, festivo y litúrgico, con hondo «sentido del misterio y de lo sagrado’.

En la liturgia eucarística celebrada pausadamente, con sencillez, de manera participativa y facilitando el acceso y la comprensión de los signos se opera la salvación de miles de jóvenes en las comunidades, y los catapulta en muchos casos a la misión. En la diócesis de Roma, donde el Camino está presente en más de 120 parroquias, párrocos y Obispos han
sido testigos de cómo de este modo de celebrar han salido miles de vocaciones ¿cómo
destruirlo o no reconocer su utilidad? Perdidos en las grandes masas los jóvenes acaban
sucumbiendo a la catequesis que le ofrece hoy el mundo. Necesitan una atención especial y
directa. En la Eucaristía los jóvenes dejan de ser meros espectadores y se convierten en
protagonistas de la obra que Jesucristo, el autor de la vida, está realizando en ellos, de tal
modo que poco a poco la Eucaristía se va convirtiendo en ellos en lo que realmente
significa: ‘Acción de gracias’. Porque cuando uno ve la acción de Dios en su vida
inmediatamente surge el agradecimiento, como vemos el ‘Magnificat’ en la Virgen María.

Poco a poco el mandato dominical deja de ser una mera obligación y pasa a convertirse en
auténtica necesidad. Y lo más sorprendente: Estos jóvenes se van convirtiendo en
misioneros, casi sin saberlo, en sus ambientes universitarios y laborales. Su respuesta
frente a los acontecimientos, que a todos nos suceden, creyentes o no, interrogan a muchos que están buscando desesperadamente respuestas, y al invitarlos a una de estas celebraciones descubren una novedad que les impresiona y les motiva en muchos casos a querer recibir las catequesis kerygmáticas.

Celebración de la convivencia mensual – Por último dentro del itinerario neocatecumenal aparecerá la convivencia mensual, que se realiza un domingo al mes aproximadamente y que se inicia con el rezo de los laudes en comunidad. Tras la oración matutina uno a uno todos irán dando su experiencia del mes desde la óptica de la fe: Los jóvenes en ese ambiente reducido y próximo podrán abrirse para exponer situaciones difíciles. Se animarán y exhortarán a seguir en el camino de Jesucristo y vencer cualquier tentación. Se curarán heridas y se compartirán alegrías y superaciones. Y lo más importante: rezarán unos por otros. Las convivencias son imagen del Agapé que explicitaba Benedicto XVI en ‘ Deus Caritas Est’ el amor entre los hermanos que cantan los salmos: ‘Mirad que estupendo, gustad que alegría el amor entre los hermanos’ (Sal. 133). En ellas los jóvenes se irán afianzando y madurando poco a poco en la fe. Escucharán las experiencias de los matrimonios de su comunidad. Verán como se pelean y aparece la discusión, pero también como se reconcilian y se fían de Dios para abrirse a la vida. Serán espectadores de auténticos milagros. Escucharán de los más ancianos sus experiencias y enseñanzas de toda una vida y verán cómo mueren anhelando la Vida Eterna. El testimonio mutuo será lo que les irá preparando para enfrentarse a los desafíos de la vida y en la comunidad encontrarán refugio y consuelo en las adversidades.

Conclusión: Surgen las vocaciones –

Podríamos continuar con el análisis y las reflexiones sobre la cuestión que nos preocupa a
todos en este momento ¿qué hacer para que hayan más vocaciones? pero no deseo
extenderme más. La exposición de los hechos pienso que es suficiente para comprender
que la experiencia de 50 años de Camino Neocatecumenal es sin duda una experiencia
enormemente positiva y válida para toda la Iglesia. Ni la única ni la mejor. Una experiencia
más fruto de la inspiración del Espíritu Santo para la nueva evangelización, como indicó San Juan Pablo II en su carta Ogniqualvolta del 30 de agosto de 1990 donde reconocía: ‘e l
Camino neocatecumenal como un itinerario de formación católica, válida para la sociedad y
para los tiempos de hoy’. Esta experiencia puede ser asimilada e incorporada, sin ninguna
duda, en las parroquias, pero también puede incentivar y motivar en tantas otras la apertura de procesos similares.

En este caldo de cultivo, o laboratorio de la fe, surgen las vocaciones de manera
espontánea. No hay que hacer grandes esfuerzos ni promover con insistencia la llamada.
De forma natural, como de una planta surgen los frutos cada año, aparecerán poco a poco
las vocaciones. Sólo hay que abonar la tierra y regalarla con el trípode que hemos
expuesto: Palabra – Liturgia – Comunidad.

Vocación al matrimonio, y vocación a la vida consagrada, ya sea en el presbiterado, o en
una orden religiosa masculina o femenina. De este trípode han salido miles de hermanas de
las comunidades en todo el mundo que han entrado en conventos de clausura y decenas de
miles de presbíteros, muchos de ellos misioneros.

Volvemos siempre al inicio. No hay que pensar en inventos ad hoc ni hacer sesudos análisis
para promover el que aparezcan más vocaciones. Sólo basta poner en práctica lo que ya
sabemos y lo que la Iglesia y los últimos Papas han dicho. La pastoral juvenil, matrimonial, y vocacional se encuentran y hunden sus raíces en la misma: La pastoral de la pequeña
comunidad cristiana, que insistimos, es una Pastoral revelada en la Escritura.

Jacob Bellido Recoder
marzo de 2021

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