7 – Los jóvenes –

De esta realidad por tanto de familias numerosas salen los hijos a los que con 14 años se les invita a hacer las catequesis iniciales del Camino en la parroquia. En algunos casos antes de la Confirmación o inmediatamente después, según las costumbres de la parroquia o la propia diócesis, con esa edad empiezan a pasar de la fe sencilla e infantil recibida de sus padres a una fe propia que debe empezar a crecer y madurar. Pasarán por tanto de vivir la fe como hijos en la comunidad de sus padres a tener ya, como pre-adultos, su propia comunidad. Este salto es de gran importancia para su vida porque coincide con el tiempo, siempre difícil, de la adolescencia, por lo que es el momento propicio para ello.

La importancia de que un chico o chica de 14, 15, 16 años empiece a alimentarse de manera ‘autónoma’, sin depender exclusivamente de sus padres, es fundamental para ir dando respuesta a los interrogantes que aparecen ya a esas edades de cambios de todo tipo. La Iglesia ha constatado tristemente que es la edad en la que la mayoría abandona la práctica de la fe, porque en la inmensidad y el anonimato de la parroquia o de las grandes celebraciones, el joven, con sus problemas, sufrimientos, dificultades… se diluye en medio de la masa que no conoce. Sin embargo se siente escuchado, valorado y animado por los pequeños grupos de amigos que empiezan a tener. La vida de la fe dejará de tener importancia al ver que, aparentemente, no le aporta nada, y se volcará en la vida del mundo ordinario. Para hacer frente a esta difícil transición entre la etapa infantil y la edad adulta el Camino ofrece a los jóvenes el pequeño grupo que necesitan para no sucumbir a los enemigos del alma.

Los Planes pastorales además inciden también en ello, como es el caso de la diócesis de
Barcelona del año 2018 ‘Salgamos’, donde en el punto 1.2 titulado ‘Catecumenado’ se
indica la necesidad de ‘proponer itinerarios de iniciación cristiana para niños, jóvenes y
adultos’.

Pero ya el Papa San Juan Pablo II en la exhortación apostólica Christifideles Laici de 1989,
indicaba ‘que para la formación de los cristianos son necesarias las pequeñas comunidades eclesiásticas donde se imparta una catequesis postbautismal siguiendo las pautas marcadas por el ritual de iniciación cristiana de adultos’ (nº 61).

En el apartado III ‘Los jóvenes’ el Arzobispo de Barcelona realiza la siguiente reflexión no
exenta de verdad: ‘Dada la disminución de las vocaciones de presbíteros y religiosos/as,
que hace sentir muy vivamente la escasez de consiliarios ordenados y acompañantes
espirituales idóneos para la pastoral de juventud, la dedicación que se está realizando es
muy meritoria. En la pastoral con los jóvenes es donde se manifi esta de manera más real el cambio de época que estamos viviendo’. Efectivamente, los jóvenes católicos son, probablemente, los más vulnerables a los cambios que estamos viviendo y sobre los que hay que dedicar mayores esfuerzos, porque serán ellos el futuro de la Iglesia. En el apartado 3.2 se indica: ‘Promover el acompañamiento pastoral de los jóvenes: el acompañamiento y la evangelización de los jóvenes es una auténtica vocación, actualmente muy necesaria y que cada vez plantea más retos’.

Sobre cómo llevar adelante una pastoral especialmente pensada para los jóvenes la
experiencia del Camino cree y afirma con su experiencia, como indica el Plan Pastoral, que
son necesarias tres armas: La escucha de la Palabra, la celebración de los Sacramentos, y
la vida dentro de una comunidad.

La Pastoral de los Hechos de los Apóstoles es el Plan pastoral por antonomasia, al ser una
Pastoral como ya hemos señalado ‘revelada’, y se ha demostrado especialmente eficaz
para ayudar a los jóvenes en los tiempos actuales. En el Camino Neocatecumenal las
comunidades están formadas por personas de todas las edades (a partir de los 14 años) y
condición social: jóvenes, solteros, recién casados, matrimonios más avanzados, viudos,
consagrados… entre ellos aparecen con el tiempo unos lazos de unión que son, a todas
luces, sorprendentes. No es habitual ver a ancianos junto con jóvenes, que no tienen
humanamente nada en común, rezando juntos en la parroquia o en una casa. Tras lo lazos
humanos que se van creando fruto del caminar de la propia comunidad aparecerá el espíritu divino fortaleciendo paulatinamente dicha unión entre los hermanos, hasta darse la
Koinonía , es decir, la comunión . La maduración de los propios jóvenes y su crecimiento en
la fe está íntimamente relacionados con la maduración de la propia comunidad. Y esa
comunión se puede convertir en una fuerza tan potente que el que participa de ella no se
siente más solo. En su vida, en su caminar diario frente a las dificultades, las angustias, las
alegrías y debilidades, descubre en la comunidad, que es la viva imagen de Cristo
Resucitado, la perla preciosa del Evangelio. La comunidad que puede parecer para los
jóvenes al principio un grupo meramente social, donde sentirse acompañado y pasarlo bien, con el tiempo se convertirá en el Cuerpo de Cristo, que es la misma Iglesia.

Los miedos serán vencidos poco a poco en uno mismo viendo cómo Dios actúa en los
hermanos. El ver la acción de Dios en el otro es un impulso eficaz para aceptar la propia
cruz y seguir a Cristo. Esta ayuda mutua, muchas veces sin pretenderlo, será la piedra
angular de la vida en comunidad, tal como indican autores cristianos como Bonhoeffer.
De igual modo los jóvenes encuentran en los más adultos una referencia de vida distinta a
la que ven en el mundo de hoy. Tras los difíciles años de la adolescencia, donde se tiende a
renegar de los padres para autoafirmarse como persona adulta, capaz de sus propias ideas
y decisiones, aparecen con la comunidad una referencia también de adultos que desde la fe
pueden dar luz en esos convulsos momentos: Los padrinos, catequistas, presbíteros, grupo
de responsables, hermanos de la comunidad… serán sin duda alguna fundamentales
para que estos jóvenes puedan encontrar modelos de santidad y rehúsen buscar
otros modelos como los que ofrece la sociedad actual.

Sin esa referencia cristiana no optarán por la fe de sus padres, antes bien, renegarán de
ella. Viendo los matrimonios reconstruidos, la apertura a la vida, la alegría de los presbíteros con su sacerdocio… en muchos de ellos surgirán auténticos deseos de conversión y santidad, que irán asociados a una llamada a la vocación cristiana. Preguntándose y discerniendo la voluntad de Dios muchos darán inicio a la vida conyugal y en otros aparecerá la llamada a la vida consagrada.

Yendo al cómo se realiza este trípode dentro del itinerario neocatecumenal
‘Palabra-Liturgia-Comunidad’ además de los distintos pasos o etapas que van jalonando
todo el recorrido de redescubrimiento del Bautismo, vamos a detallar un poco estos tres
elementos esenciales que son los que dan contenido a la evangelización y al desarrollo de
la fe:

– Celebraciones de la Palabra: Los jóvenes celebran todas las semanas la ‘Palabra’. El
plan pastoral diocesano de Barcelona así lo pide en su punto 5.1: ‘La Biblia, Palabra de Dios
que nos ilumina: promover grupos de lectio divina, puesto que nutrirse de la lectura orante de la Biblia es poner los cimientos de una forma de ver y de vivir las cosas tal como Dios se nos revela ’. Estos grupos de oración entorno a la escucha de la Palabra el Camino los lleva realizando desde hace 50 años, confirmando su utilidad y beneficio. El contacto semanal con la Palabra provoca en los jóvenes un contacto con el lenguaje divino, de tal manera que aprenden a ver su propia historia como historia de salvación. Los relatos de la Biblia dejarán de ser simples historias más o menos complejas con su enseñanza moral y se convertirán en vida y fuente de discernimiento para el que escucha. En una de las catequesis iniciales del Camino se realiza una celebración de ‘entrega de la Palabra’, algo que el Papa Francisco acaba de instituir para toda la Iglesia en la celebración del domingo sobre la Palabra. En esa celebración se entrega la Biblia a cada uno de los presentes como un arma para la fe. Con esa Biblia los jóvenes prepararán distintas palabras de la Escritura: Roca, agua, fe, Apóstol, tentación, vida, muerte… escudriñando su significado y aplicándolo a su vida. Será la Palabra de Dios la que en su crecimiento les irá interpelando e interpretando su propia historia y los acontecimientos de su vida. La Palabra se convertirá auténticamente como dice el Salmo en ‘lámpara para mis pasos’ (Sal. 118, 5).

– Scrutatio de la Palabra – Una vez al mes los jóvenes realizan en la parroquia la Scrutatio, o ‘Escrute de la Palabra’, una celebración con varios momentos pero centrada en lo que sería propiamente una forma de Lectio divina . Durante más de una hora los jóvenes, a partir de una cita, generalmente del Evangelio de ese domingo, se sumergirán individualmente en la Escritura para encontrarse con Jesucristo: ‘Escrutad las Escrituras, pues ellas hablan de mi’ (Jn. 5, 39). Tras el escrute individual muchos darán la experiencia de lo que les ha dicho esa Palabra en su vida, de tal manera que con la escucha de los hermanos también se edifica la comunidad cristiana. El Presbítero que preside cerrará este primer momento con una homilía que acabe de partirles a los jóvenes esta Palabra y se transforme en verdadero alimento. Posteriormente realizarán la Adoración al Santísimo en un contexto de rezo de vísperas, porque la Palabra de Dios que hemos escuchado ‘se ha hecho carne y ha puesto su morada entre nosotros ’ (Jn. 1, 14). Y terminarán la jornada con un agapé donde podrán compartir sus alegrías, penas, emociones y sufrimientos y demás vivencias …

– Celebración de la Eucaristía en pequeña comunidad – La celebración eucarística en
pequeños grupos es una realidad que la Iglesia contempla desde el mismo Concilio
Vaticano II. Lo voy a desarollar con mayor amplitud porque es muy importante.

En la publicación ‘la Reforma Litúrgica’ de la Asociación Española de Profesores de Liturgia
en 2001 precisamente se preguntaban: ¿Vale la pena mantener unas estructuras litúrgicas
carentes de vida o tendremos la humildad de dejarnos llevar por las manifestaciones actuales del Espíritu en la Iglesia? ¿Seremos capaces de abr irnos a los Movimientos
Eclesiales y a sus celebraciones litúrgicas y a la vida espiritual en sus nuevos
planteamientos?

La pregunta realizada por los liturgistas españoles planteaba varias cuestiones fundamentales a la hora de entender ciertas prácticas litúrgicas realizadas por algunas
realidades eclesiales, entre ellas el Camino Neocatecumenal, con la intención de mejorar la
participación y comprensión de la celebración: en primer lugar si dichas celebraciones
litúrgicas son lícitas, y en segundo lugar si son extensibles al resto de la Iglesia.

Decía Pedro Fernández Rodriguez (O.P), Profesor de la Universidad Pontifica de
Salamanca: ‘Si queremos una nueva celebración, necesitamos una nueva
evangelización. Las asambleas litúrgicas verdaderas se construyen solo con personas
evangelizadas y convertidas (…) Con frecuencia se celebra la Liturgia como una obligación,
deprisa, dando la impresión que hay en nuestra vida cosas más urgentes que hacer.
Preguntémonos, pues, cómo celebrar la iniciación cristiana de modo que sea una verdadera
profesión de fe, manifestando la verdadera conversión’ (La Reforma Litúrgica – Asociación
Española de Profesores de Liturgia. Ed. Grafite. Bilbao 2001)

La liturgia, por tanto, no solamente ha sido uno de los puntos centrales de estudio y revisión por el Concilio Vaticano II sino que es también uno de los pilares fundamentales sobre los que se sostiene el mismo Neocatecumenado, cuyo trípode apareció concretizado en la experiencia de las chabolas con los pobres. La praxis litúrgica de las Comunidades
Neocatecumenales vino además acompañada y tutelada por ésta renovación litúrgica que
se estaba realizando en la Iglesia a raíz del Concilio, como explicaba el mismo Kiko Argüello
en una convivencia con 120 Obispos de Latinoamérica en 1992: ‘Hemos visto en las
barracas un Palabra, una síntesis teológico-catequética, una forma de predicación. Dios
estaba haciendo con esto, para mandarlo a su Iglesia, una liturgia que era del Concilio; no
nos hemos inventado nosotros nada. Hemos enseñado a la gente a vivir la liturgia, a
contemplar, a experimentar la alegría del encuentro con Dios en los sacramentos’.

La vida litúrgica de las comunidades ayudó por tanto en la gestación de un modelo eclesial
‘comunitario’ como hemos analizado anteriormente, una parroquia como ‘comunidad de
comunidades’ como está pidiendo hoy la Iglesia, visible en la manera de celebrar y
participar siguiendo lo indicado la reforma: A partir del Concilio el ‘modo de orar y de
celebrar de los católicos ha cambiado profundamente. Del devocionalismo, subjetivismo,
individualismo e intimismo, que dominaba en la liturgia preconciliar, se ha pasado a un
plegaria, a una vida sacramental fundamentalmente más objetiva, más bíblica y más comunitaria’ (Maldonado, L., ‘Liturgia. El Vaticano II y la Constitución sobre liturgia’ en “Conceptos fundamentales de la Teología”, Cristiandad, Madrid 1979).

Jacob Bellido Recoder

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