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«Feria». Ana Iris Simón

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«Feria». Ana Iris Simón

Iris ha estudiado periodismo y a los veintiocho años vive en Madrid, en un piso compartido, sin hijos, coche, ni casa. «Nos hemos creído lo de la libre elección -piensa-, lo del progreso y la democracia liberal como única arcadia posible. ¡Menuda arcadia!» (pág.20). Burlonamente escribe: «Daría mi móvil por una definición realista de eso que llaman progreso» (pág.26).

Siente envidia de la vida que habían llevado sus padres cuando tenían su edad: «Nuestros padres tenían menos títulos académicos, pero a nuestra edad tenían hijos, hipotecas y pisos en propiedad» (pág.21). La familia de Iris proviene de La Mancha, de Campo de Criptana, y sus padres son carteros. Su madre, la Ana María, procede de una familia de vendedores ambulantes y el padre, Javier, a una estirpe de labradores. No pretende que hayan sido perfectos, al contrario, pero observa que «nos pasamos la adolescencia y la primera juventud deseando no parecernos a nuestros padres y, al final nos damos cuenta de que casi todo lo que tenemos de bueno no es nuestro, sino suyo» (pág.193).

«Yo siempre había pensado -continúa- que tener hijos de joven era de pobres» (pág.26). Su amigo Jaime la hace ver que no tienen hijos porque no quieren. «Jaime -explica- gana más de lo que ganaban sus padres a su edad. Yo tengo más dinero del que tenían mis padres a mi edad y del que tienen ahora» (pág.22). Mi abuelo Vicente, el labrador, nos recordaba que «él había criado a ocho [hijos] en una casa con letrina y a medio hacer que había ido reformando cuando podía» (pág.135). Los abuelos feriantes -Gregorio y María- «sólo hicieron dos cosas: tener hijos y recorrer España con la furgoneta Sava que habían comprado». Hoy el abuelo Gregorio opina que «la feria ya no es lo de antes porque la vida se ha ido convirtiendo poco a poco en una feria: Consumo, griterío y jolgorio» (págs.121 y 127). ¿Para qué ir a la feria a divertirse si se puede hacer cada día en cualquier sitio?

Iris adora a su familia y desea tener hijos que continúen el linaje; devolver lo que ha recibido de los suyos en vida y amor; contarles las historias familiares igual que ella las ha escuchado (pág.137), pero tanto Iris como sus amigas se dan cuenta de que viven rodeadas de críos de treinta años que no serían capaces de actuar como padres. Finalmente la periodista tendrá a su hijo. Por pudor, que también es una virtud, no nos explica si se ha casado ni cómo o con quién a tenido a su hijo. Es fácil imaginar que Feria es un regalo para el hijo que va a nacer, una brújula para su vida.

En el libro hay muchas anécdotas interesantes de la autora y su familia que no viene al caso resumir. El estilo narrativo, sin ser excelente, nos recuerda a Elvira Lindo en Manolito Gafotas, o a Francisco García Pavón en Plinio, el policía municipal de Tomelloso. La autora se complace en utilizar los casticismos e incluso los vulgarismos que ha escuchado de boca de sus abuelos: «Hay que preservar la riqueza del castellano» -explica. La obra es ante todo didáctica. Cuando menos nos permite leer algo distinto de los tópicos al uso. Hace falta provenir de una familia de comunistas, feriantes y descreídos para expresarse con la libertad con que lo hace Ana Iris Simón.

Para todo tipo de lectores.

Reseña de Juan Ignacio Encabo para Club del lector