domingo, octubre 17, 2021
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Era algo que ni me planteaba, he ahí el problema… Testimonio de un seminarista

Mi nombre es Rodrigo, soy de un pueblo de Toledo que se llama El Carpio de Tajo, tengo 26 años y soy seminarista, pero hasta llegar al Seminario han sido muchas las vueltas que he tenido que dar.

Doy gracias a Dios porque de mi familia recibí una educación cristiana, no eran muy “practicantes”, pero en casa todos teníamos clara la existencia de Dios y la fuerza de la oración por medio de María.

Fue en el año 2009 cuando, gracias a una peregrinación a Guadalupe, comencé a participar más en la vida parroquial y diocesana, empezaba a conocer de verdad quién era Dios, aunque tenía tantos planes en mi cabeza que no le dejaba que ocupara un lugar principal en ellos, prefería ser yo el “capitán” de mi propio de barco.

Como cualquier joven, comencé a estudiar, primero estuve en el Conservatorio de Música para cursar un grado profesional de saxofón y, mientras, estaba matriculado en el Universidad estudiando la carrera de Derecho. Tenía bastante ocupado mi horario, el tiempo libre lo dedicaba a salir con los amigos y participar en las actividades que la Diócesis ofrecía para los jóvenes.

Con 20 años la vida me sonreía bastante, no me hacía falta nada, tenía novia, los estudios me iban bien, conocía mucha gente y se me abría un abanico de oportunidades, por lo que ser sacerdote era algo que ni me planteaba, he ahí el problema, nadie me obligaba a ir a Misa o a rezar cuando era un chaval, pero lo hacía, algo me atraía de todo aquello, pero mejor no preguntarle a Dios qué quería de mí.

A finales de 2015 todo se desmorona, mis seguridades caen, recuerdo como Chesterton en su libro Ortodoxia se ríe de la expresión “este chico llegará lejos, confía en sí mismo”, algo así me sucedió a mí. Todas las personas en las que tenía puesta la confianza cayeron, el noviazgo de tantos años terminó de muy malas maneras y, encima, un mal año con los estudios. Comenzaba el “Año de la Misericordia” que convocaba el Papa Francisco y, a pesar de lo anterior, puedo decir que fue mi gran año.

Ante toda esta situación, se me plantea ir a Fátima, nunca había ido, pero eran carnavales y me gustaban mucho. Tenía dos opciones: quedarme en casa, salir en carnaval con los amigos e intentar olvidar las penas, algo que al día siguiente me dejaría con los mismos problemas y encima con resaca, o podía ir a Fátima y probar. Finalmente, sin conocer a nadie, me adentré en una peregrinación donde me colocaron de responsable de un grupo de chavales. Llovía una barbaridad y estaba cansado, mil cosas rondaban mi cabeza para decir a la Virgen, pero al llegar a la Capelinha, cabreado por todo el camino, miré a la Virgen, un poco en postura de “chulo” y… no le dije nada, solo miraba a María y aquél sentimiento fue indescriptible, sin duda, Dios me estaba regalando una paz que no había conocido antes y solamente podía mirarla, solo eso, ahora bien, muy emocionado, estaba frente a un milagro y no lo sabía.

A aquella peregrinación hay que sumar el bonito consejo de mi madre que tanto me marcó: “reza una Salve cuando estés mal, bien sabes lo que la Virgen te quiere”. Ella se refería especialmente a un accidente de coche que tuve donde solo quedó una imagen de la Virgen, el coche acabó siniestro, boca abajo y yo completamente ileso (pero eso es otro capítulo y no quiero alargarme).

El 2016 supuso un preguntarme qué quería Dios de mí, fue un abandono total a los caminos que marca su Corazón, un año de Gracia. En el verano pude ir a la JMJ de Cracovia, además empezaba a conocer a otras chicas, estaba claro que mi vida estaba comenzando a tomar un rumbo, hasta que, tras volver de Polonia, me invitan de nuevo a Fátima. Allí sentí algo extraño, algo que me impulsó a apostárselas a la Virgen, de nuevo de manera un poco “chulo” y, claro, aquella apuesta la perdí, pero con sabor a victoria… comenzaba a plantearme mi vocación, a qué me llamaba Dios para ser feliz, no sin dificultad, a mayor seguridad mayores eran las tentaciones. Tuve que dejar mucho atrás y tener valentía para decirle sí a Dios, lo mejor fue que nunca el sacerdote con el que hablaba me dijo que tenía que ir al Seminario, esa libertad fue fundamental para tomar mi decisión. Fui cobarde, me costó mucho decirlo en casa, mis padres también tenían sus planes para mí, con razón no entendían nada, pero mis amigos de toda la vida tampoco, me faltó valentía y se lo dije en persona a la mayoría de ellos la noche antes de irme.

Cuando entré en el Seminario le dije a Jesús en el Sagrario: “si esta es mi vocación, adelante, encárgate tú, si no terminará mi discernimiento y me iré”. Y hasta ahora mismo, mi cuarto año en el Seminario, con una familia que empieza a darse cuenta que tener un hijo/hermano sacerdote es un regalo de Dios, y unos amigos que siempre han estado ahí a pesar de lo diferentes que seamos.

¿Y yo? ¡Feliz! Rezad por mí, por mi vocación y por el Rito de Admisión que el próximo 25 de Abril, si Dios quiere, recibiré. Si te lo estás planteando, adelante, no merece la pena, sino que merece la vida entera.

Pedid a San José que nos mande muchos y santos sacerdotes, custodios del Redentor, como él también lo fue.

Rodrigo Rguez. García

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