5 -¿Qué dice la Iglesia del modelo comunitario?

Este aspecto lo hemos anticipado con anterioridad cuando indicábamos la necesidad de
transformar la parroquia en una ‘comunidad de comunidades’, pero querría desarrollarlo un
poco más para ver qué está diciendo o que ha dicho la Iglesia al respecto. Actualmente
pienso que existe cierta confusión. Se habla de comunidad parroquial y de comunidades
cristianas, pero si entramos a fondo de la cuestión nos daremos cuenta que no deja de ser
un simple concepto teórico más que una realidad práctica. Este término ‘comunidad’ se
aleja de su significado pleno y genuino cuando el ‘ anonimato de la gran ciudad ’, que
alertaba San Juan Pablo II, ha entrado en celebraciones y liturgias parroquiales y entre los
fieles que participan no se da el conocimiento necesario para poder amarse como Cristo
nos invita a amarnos: ‘Para muchas personas, especialmente para los jóvenes, la ciudad se convierte en una experiencia de desarraigo, anonimato e injusticia , con la consiguiente pérdida de identidad y del sentido de la dignidad humana. El resultado es, a menudo, la violencia, que ahora caracteriza a muchas de las grandes ciudades, incluso en
vuestro país (…) Es un mundo cada vez más secularizado, un mundo de una sola
dimensión, que muchos sienten como una cárcel. En esta «ciudad del hombre», estamos llamados a construir «la ciudad de Dios» (…) Esto exige a la vez una catequesis sistemática de jóvenes y adultos, así como un profundo espíritu de fraternidad entre todos los que se reúnen para celebrar al Señor . No hay que dejar que el anonimato de las ciudades invada nuestras comunidades eucarísticas. Hace falta encontrar nuevos métodos y nuevas estructuras para construir puentes entre las personas, de modo que se realice realmente la experiencia de acogida mutua y de cercanía que la fraternidad cristiana requiere. Podría ser que esta experiencia, y la catequesis que debe acompañarla, se realicen mejor en comunidades más pequeñas, como se precisa en la exhortación postsinodal: «Una clave de renovación parroquial, especialmente urgente en las parroquias de las grandes ciudades, puede encontrarse quizás considerando la parroquia como comunidad de comunidades» (Ecclesia in America, 41). (Discurso de San Juan Pablo II a los Obispos de Ontario en la visita ad Limina en el Vaticano. 4 de mayo de 1999).

Hay que entender que el modelo comunitario ha sido siempre el modelo de la Iglesia. No es un invento del Camino ni de ninguna otra realidad eclesial. Así lo vemos en los primeros albores del cristianismo cuando, tras Pentecostés, se forma la Iglesia y se van adhiriendo nuevos creyentes que van formando pequeñas comunidades. El número minoritario de cristianos ayudará a ello, y mantendrá intacto este modelo durante los primeros siglos. Posteriormente, cuando la fe arraigó y se expandió por toda Europa y el mediterráneo tras la conversión de Constantino, la misma forma de vivir en pequeños pueblos y aldeas propició esta misma vivencia de la fe de manera comunitaria. Pero ya en el siglo XIX y los inicios del siglo XX, con el progresivo abandono del mundo rural y la aparición de las grandes urbes, se produjo una drástica transformación del modelo social y poco después también del religioso. De vivir en grandes familias y ‘clanes’, donde todos se ayudaban y arropaban por la cercanía geográfica, se pasó poco a poco al individualismo y el aislamiento propios de una gran ciudad. La sociedad de consumo y bienestar hizo el resto. Lo primero que había entrado en crisis dentro de la Iglesia fue precisamente la forma
primigenia y necesaria de vivir la fe en la Iglesia. Se acababa de destruir una de sus
mayores fuerzas: la comunidad. Con el aniquilamiento del modelo comunitario los fieles
eran más vulnerables a los vaivenes de la sociedad y a las ideologías que surgían. San Pio
X fue uno de los primeros Papas en alertar y luchar contra el modernismo que arreciaba.
Los dardos envenenados que se lanzaban desde numerosos frentes fueron mermando a
muchos creyentes que, poco a poco, fueron perdiendo la fe. Aunque conservaban todavía
ciertos valores y tradiciones religiosas la vivencia de Dios ya no era lo primero. Perdidas y
desarraigadas las nuevas generaciones sucumbieron, y tras la crisis de la forma de vida
en comunidad vino la crisis de la forma de vida en familia. La revolución sexual de
mayo del 68 fue el máximo exponente de este profundo cambio de época: El matrimonio
cristiano y la familia natural iban a pasar a un segundo plano. En solo cinco décadas el
matrimonio sacramental ha pasado de ser mayoritario a la irrelevancia, y la familia
numerosa prácticamente residual.

Con estos antecedentes no es casualidad que Mons. Casimiro Morcillo, Arzobispo Madrid, y
uno de los sub-secretarios del Concilio Vaticano II nombrado en 1962 por el Papa San Juan
XXIII, hiciera la tesis doctoral precisamente sobre las ‘ comunidades de los Hechos de los
Apóstoles’. Tenía una dilatada experiencia episcopal antes de ser nombrado como Arzobispo de Madrid en marzo de 1964, justamente las fechas en las que Kiko Argüello y Carmen Hernández se encontraban en las barracas de Palomeras. Volvía Don Casimiro a su casa, la que había dejado década y media antes. Pero habían cambiado muchas cosas: gentes inmigradas en barriadas por hacer, poblaciones del anillo de Madrid a medio industrializar, fuertes desigualdades sociales y culturales; violencia, miseria, abandono… Era el último gran reto de su ministerio episcopal: La transformación que señalábamos estaba en su apogeo. Creó parroquias, renovó instituciones diocesanas, divulgó la doctrina y quiso llevar a la práctica la renovación del Concilio. Cumplió con creces su lema episcopal: ‘Me gastaré y me desgastaré’. Era la persona designada por Dios para descubrir en las chabolas de Palomeras un germen del Espíritu Santo. Su celo apostólico y amor por los pobres le hizo coger el coche apresuradamente para aparecer una mañana en las peligrosas y embarradas lomas de Palomeras. Una llamada de Kiko Argüello pidiendo auxilio había sido el detonante de aquel improvisado viaje. Una ley gubernamental obligaba a echar por tierra las barracas de los más desdichados. Cuando llegó Don Casimiro, los bulldozers que habían iniciado ya el terrible desahucio de la zona, pararon de inmediato. La policía, que presenciaba la escena, no daba crédito. El Arzobispo de la capital de España, nombrado por Franco como procurador en Cortes, se había presentado para evitar una gran injusticia. Solo tuvieron tiempo de tirar la barraca de Carmen…y se marcharon.

La visita no sólo fue vital para no dejar a esas familias sin un techo, sino que aprovechando
su presencia Don Casimiro pudo conocer en ese difícil ambiente la pequeña comunidad que
se había formado. Tras rezar en la chabola de Kiko con los gitanos, quedó tan profundamente impactado que pidió llevar la experiencia a las parroquias de su diócesis.
Había visto la renovación del Concilio que traía de Roma hecha carne en unos cuantos
pobres y marginados. Se cumplía lo que indica el Evangelio de Lucas: ‘Te doy gracias,
Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y
entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien ’
(Lc. 10,21-24). Lo más sorprendente es que Kiko Argüello se había ido a vivir entre los
marginados porque había escuchado por la radio a San Juan XXIII indicar dos meses antes
del Concilio que la Iglesia debería ser la de los pobres: ‘ la Iglesia se presenta como es y
como quiere ser, como Iglesia de todos, en particular como la Iglesia de los pobres’
(Radiomensaje de San Juan XXIII un mes antes de iniciar el Concilio Vaticano II. 11 de
septiembre de 1962).

Fue Mons. Morcillo la pieza fundamental para que esta semilla comunitaria entorno a la
Palabra y la Eucaristía no quedara sofocada. Siempre salió en defensa de esta incipiente
realidad que debía hacer frente a las dificultades y rechazos propios de una experiencia tan
novedosa. Así lo relataba el periodista Jose Maria Berlanga en un artículo en el Semanario
Alfa y Omega el 27 de mayo de 2004, con motivo del centenario de su nacimiento: ‘El otro
episodio se refiere al iniciador del Camino Neocatecumenal, Kiko Argüello, quien siempre ha
reconocido el apoyo decidido, desde primera hora, que le diera don Casimiro. Como había
versiones diversas de contenidos y referencias contrapuestas, y algunos obispos no
acababan de entender las extravagancias que se divulgaban, don Casimiro no tuvo mejor
idea que invitar a comer en casa a varios obispos reticentes. Les expuso, con paciencia y
detalle, los orígenes, estilo, contenido, personas que seguían el Camino. Había entre ellos
un obispo más crítico, pero un poco sordo. Lo situó cerca de él, con la cortés excusa de que
era el mayor, y le dio cuenta pormenorizada de cómo él mismo, don Casimiro, había pasado
recientemente tres días en convivencia con los Kikos y ponía la mano en el fuego por el
movimiento. Mas como no acababa de aceptar las explicaciones, no tuvo más remedio que
decirle: «Don Fulano, fíese de mí, que me conoce desde hace bastantes años y
siempre ha dado crédito a mi palabra».

Este riesgo que asumió Don Casimiro era fruto del don profético que le invitaba a cuidar
aquella minúscula ‘iniciación cristiana’ que arrancaba con muchísimas dificultades y sin
grandes objetivos. No sospechaba que aquella realidad por la que había apostado se
convertiría en un inmenso árbol años después. De alguna manera Don Casimiro podría
considerarse como uno de los ‘iniciadores’ del Camino Neocatecumenal, como así se le
recuerda y menciona en los Estatutos.

Tras su muerte en 1971 llegó Mons. Vicente Enrique y Tarancón, que en unos convulsos
años lejos de desentenderse ayudó a que la experiencia del Camino fuera poco a poco
asentándose. En unas declaraciones al periódico ‘La Vanguardia’ el 13 de noviembre de
1974 al ser preguntado sobre el Sínodo que se acababa de celebrar en Roma sobre el tema
‘ La evangelización en el mundo moderno’ indicó: ‘También aquí en España existen las
comunidades neocatecumenales, y otras comunidades que se llaman cristianas, y
todas son pequeñas comunidades que pueden admitirse perfectamente. Yo lo que
diría es que se ha visto clarísimo en el Sínodo que estas pequeñas comunidades
pueden ser un gran elemento de evangelización en el mundo de hoy. Primero porque en una civilización de masas, el hombre, en medio de la multitud se siente solo, y entonces necesita fomentar esas relaciones humanas elementales, de convivencia humana y religiosas. En una parroquia no puede ser, porque es una multitud de personas las que asisten a Misa y que casi no se conocen entre si. En estos grupos de comunidad, pequeños, se pueden desarrollar estas relaciones humanas. Por otra parte, una masa cristiana como la que tenemos, no se puede renovar si no hay una levadura, y las pequeñas comunidades pueden ser esa levadura (…) La conferencia episcopal española ha tomado una opción, y la opción es que la Iglesia sea eminentemente evangelizadora (…) hace falta que nos demos cuenta de que muchos de nuestros cristianos no están plenamente evangelizados. Hace falta que la misma administración de sacramentos vaya preparada por una evangelización apropiada (…) Esta es la opción que ha tomado la jerarquía española, como la ha tomado la italiana, porque precisamente en estos momentos es lo más urgente para evangelizar completamente a los nuestros, a fin de que su catolicismo resulte de un compromiso personal y sea, por tanto, un catolicismo auténtico’. Mons. Tarancón había entendido perfectamente la urgencia de transformación que necesitaba la Iglesia: era necesario vivir la experiencia comunitaria para hacer frente al ‘espíritu de la Gran Ciudad’ que se relata en el Apocalipsis, así como priorizar la evangelización de los bautizados para hacer madurar la fe de los creyentes.

Estamos hablando del año 1974, hace más de 40 años, cuando estos profetas ya estaban
alertando sobre lo que iba a llegar. Y ya delineaban las líneas de trabajo para poder hacer
frente. A pesar de todo, como dijo Jesucristo, ‘ningún profeta es bien recibido en su tierra’
(Lc. 4,24). Hoy nos preguntamos cómo hemos podido llegar hasta la situación actual. Sin
embargo la pregunta podría ser otra: ¿porqué no escuchamos y creímos a los que Dios nos
enviaba para advertirnos? Es la misma experiencia sobre el misterio de la incredulidad de
Israel que expresa San Pablo: ‘ Como dice la Escritura: ¡Qué hermosos son los pasos de los
que anuncian buenas noticias! Pero no todos aceptan la Buena Noticia. Así lo dice
Isaías: Señor, ¿quién creyó en nuestra predicación? La fe, por lo tanto, nace de la
predicación y la predicación se realiza en virtud de la Palabra de Cristo ’ (Rom. 10, 15-16).

El término ‘comunidad’ está íntimamente ligado al de ‘comunión’, es decir, común-unión. Así lo atestiguan los Hechos de los Apóstoles y los primeros textos de la Iglesia primitiva, la
Didajé, la carta a Diogneto, o los Padres de la Iglesia. ‘Vivían unidos, y lo tenían todo en
común, compartiendo incluso bienes’ (Hch. 4, 32). Todas las cartas paulinas y las de otros
apóstoles como San Juan o San Pedro hacen referencia ineludible a la vida en comunidad
cuando escriben: ‘sabemos que hemos pasado de muerte a vida , en que amamos a los hermanos” (1ª Jn, 3,14)’. ‘La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente’ (Col. 3,16). La fe se desarrolla y se vive plenamente en una comunidad cristiana. Esto era posible porque había un conocimiento consciente y auténtico de quienes eran y formaban dicha comunidad. Este conocimiento traía consigo la ayuda mutua entre los distintos hermanos, porque no eran comunidades especialmente grandes, lo que hubiera dificultado, con la masificación, la vida común. Eran por tanto grupos reducidos donde todos eran partícipes de las alegrías, penas, sufrimientos y necesidades de cada uno de sus miembros. De esta manera cuando a alguno se le presenta una crisis de fe, es tentado, o vive con serias dificultades, puede ser ayudado y fortalecido. Si nadie le conoce o sigue de cerca es muy probable que abandone la fe en un momento de dificultad, porque no se notaría su
ausencia. Lo mismo sucede con los jóvenes. Cuando entran en la universidad, o en un
ambiente laboral como el actual, si no tienen los recursos suficientes para hacer frente a las hostilidades que a menudo se le presentan, sucumbirán. Pero si detrás tienen una
comunidad que les sostiene, alimenta, ayuda a discernir y da respuestas a sus problemas
reales y existenciales… podrán salir airosos de las pruebas y exigencias propias de la edad.

San Juan Pablo II elogió y valoró este aspecto ‘novedoso’ del Camino. Para él vivir la fe en
una comunidad dentro de la parroquia no implicaba necesariamente ningún obstáculo o
impedimento para el desarrollo pastoral. La condición era que el párroco fuera el vértice
sobre el que convergieran todas las realidades, como un padre de familia que tutela y quiere a todos sus hijos por igual, sin distinciones, cada uno en su particularidad e idiosincrasia: ‘Vosotros además lo hacéis en comunidad, lo vivís en comunidad. No es un proceso solitario, es un proceso comunitario, un camino juntos. Vivís con la alegría de
redescubrir el Bautismo, su verdadero significado juntos’ Juan Pablo II’ Encuentro con las
comunidades neocatecumenales en la visita de San Juan Pablo II a la Parroquia de San
Juan Evangelista, Roma. 18 de noviembre de 1979.

Antonio Ávila, Director del Instituto Superior de Pastoral de Madrid, en unas jornadas sobre
el tema ‘caminando en comunidad’ indicaba que ‘en una comunidad cristiana el tamaño,
el número de sus miembros, no puede desbordar más allá de un tamaño en el que las relaciones interpersonales sean posibles; y por el otro lado, una comunidad
excesivamente pequeña, numéricamente hablando, imposibilita que se desarrollen los
ministerios y los servicios que necesita la vida de una comunidad’.

Jacob Bellido Recoder

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