¿Qué quiere Dios de ti? Y… ¿qué quieres tú de ti mismo? ¿Cómo te ama Dios y cómo te amas tú? Muchas veces nos hemos hecho estas preguntas y con razón porque son esenciales para todos aquellos que queremos corresponder al Señor, seguirLe, amarLe y hacerLe amar… pero… ¿qué esperas de Dios? Pregúntate qué quieres de verdad del Señor y responde con verdad. 

Ayer leí un libro que me dio algunas pistas y la verdad es que me consoló porque metió el dedo en la llaga y me hizo reconocer qué es aquello que verdaderamente necesito del Señor. El título del libro es «Elogio de la vida imperfecta» y el subtítulo ya apunta maneras «El camino de la fragilidad». 

La vida cristiana, la vida, no consiste en hacer mucho sino más bien en dejarse hacer. Dejar que Dios sea Dios, que nos salve, que nos redima, que nos restaure. Muchas son las veces que por orgullo queremos estar a la altura, ser tan buenos como, tan pacientes como, tan desprendidos como, etc. El libro decía que es fundamental que lleguemos a comprender la importancia de la presencia de los límites, de las heridas, de las zonas de sombra porque es allí donde mejor podemos experimentar y reconocer la salvación del Señor.

«La salvación, la santidad, será finalmente darnos cuenta de nuestra verdad, o bien que somos heridos, limitados, frágiles, pero al mismo tiempo objetos del amor loco de un Dios que – precisamente porque estamos hechos así – viene a visitarnos y a habitarnos». 

Santa Teresita lo traducía así: «Lo que agrada a Dios en mi pequeña alma es que ame mi pequeñez y mi pobreza, es la confianza ciega que tengo que su misericordia». ¿De verdad amamos nuestra pobreza? ¿Por qué deberíamos amarla? ¿Hasta qué punto esto es verdad y se encarna en nuestra vida?

¡Cuántas veces en el Evangelio el Señor pone en el centro el límite y la fragilidad! En todos los milagros que el Señor realiza, en medio destaca la parálisis de uno, la ceguera de otro, etc. El libro continúa así: «El único don que Dios podrá concederme no será otro que a Sí mismo, o bien Amor, perdón y misericordia. Y todo esto podrá dármelo solo cuando yo me reconozca necesitado de amor, pecador y necesitado».

«El Evangelio es una continua memoria de la Encarnación; el Dios que se hizo cercano no vino a quitarnos la insuficiencia, la fragilidad, el límite, sino a liberarnos del miedo que todo esto causa en nosotros, para que no seamos aplastados bajo este peso terrible».

Gracias a nuestra debilidad podemos experimentar la presencia de Dios en ella que viene a visitarnos y a manifestarnos Su amor. ¿Estás dispuesto, entonces a reconciliarte con tu pobreza y a amarla para que Dios pueda manifestarse en ti? ¿Qué deseas verdaderamente para ti? Pide no desear más que lo que Dios desea y quiere y esto es salvarte, amarte y que te dejes amar en todo aquello que tú rechazas, escondes o te avergüenzas.

«Nuestro Dios no quiere más que tener hijos ante sí, para poder manifestar lo que Él es, o sea, Padre, amor y misericordia. Él quiere que, de nuestro ser fríos y duros como piedras, lleguemos a sentirnos plenamente hijos, simplemente amados».

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