Durante dos días remaron y pudieron ver la Montaña solitaria que se alzaba imponente y
amenazadora ante ellos.

Aquí se les unieron los caballos y los poneys. Fueron hacia el noroeste. Fue una jornada
agotadora, silenciosa y furtiva. No hubo risas ni sonidos de arpa.

Y las esperanzas murieron pronto en un fatigado abatimiento. La tierra alrededor era pelada y árida, desaparecieron los árboles y los arbustos, sólo quedaban unos tocones rotos y ennegrecidos. Habían llegado a la Desolación del Dragón.

Estaban solos en el yermo peligroso, sin esperanza de más ayuda. Bilbo incitó a los enanos a que buscaran la puerta secreta de la vertiente oeste.

Salieron día tras día a buscar unos senderos que subiesen por la ladera. Día tras día volvían sin éxito al campamento.

Advierte San Ignacio de Loyola sobre el estado de desolación, que no es una tentación sino un estado.

En estado de desolación, desaparecen los consuelos sensibles; todo se torna fatigoso, triste y sombrío.

En la desolación estamos sometidos a la mentira de los pensamientos.

El «mal espíritu» nos sugiere turbación, atracción por cosas bajas y mundanas, inquietud,
agitaciones y tentaciones que mueven a desconfianza, desesperación y fealdad.
El alma se encuentra toda floja, toda tibia, como alejada de Dios.

Durante la desolación vienen de repente a la memoria broncas, rencores, fracasos, tendencias a desvalorizarse, y pensamientos recurrentes como: basta, estoy harto, yo dejo todo, esto es inútil, nadie me ayuda, todo está perdido, no valgo nada, no sirvo para nada, nadie me quiere.

Es muy importante saber cómo actuar en tiempo de desolación y S. Ignacio da varios consejos:

1. Mantenerse fiel en los propósitos que teníamos antes de la desolación.

2. Afrontar la desolación con valentía, insistiendo más en lo que más nos cuesta (insistir más en la oración p.ej.)

3. Saber que se puede resistir, que Dios mantiene la gracia suficiente durante la prueba.

Cuando nos olvidamos de esto y consideramos la desolación como un castigo o una situación definitiva, caemos fácilmente en la desesperanza.

Las armas pues para luchar contra la desolación son la perseverancia, la paciencia y la
esperanza. Hasta que la prueba cese y el consuelo llegue.

Espacio para añadir comentarios si queréis ________________________________________________________________________
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Por fin de modo inesperado encontraron lo que buscaban. Bilbo encontró unos toscos
escalones y los enanos encontraron el rastro de una senda estrecha.

En la punta del risco la pared se abrió, la entrada era tan pequeña que parecía una grieta
oscura. En el extremo se elevaba una pared desnuda, lisa y vertical. Ni rastro había de pestillo o cerradura.

La golpearon, la empujaron de mil modos, le imploraron de mil modos que se moviese, y nada se movió. Por la tarde iniciaron el largo descenso.

Por la mañana se prepararon a marchar otra vez. Habían traído picos y herramientas de
muchas clases, pero cuando golpearon la piedra, los mangos se hicieron astillas.

El hobbit no estaba mucho más contento que los enanos. No hacía nada y sentado miraba
fijamente hacia el poniente.

– Dijisteis que sentarme en el umbral y pensar sería mi trabajo. Así que estoy sentado y
pensando.

El trabajo para hoy será pensar en los motivos de nuestras desolaciones, que pueden ser, por ser tibios o perezosos, por ser pruebas para fortalecer un amor gratuito sin consuelo sensible, o para descubrir que todo es gracia y que nosotros nada podemos con nuestras fuerzas.

Entonces, cuando ya casi no le quedaban esperanzas un rayo rojo de sol cayó sobre la
superficie de la roca. Se oyó un crujido. Apareció un orificio.

-¡La llave!-Thorin quitó la llave de la cadena que le colgaba del cuello.¡ Entraba y giraba!

Empujaron.

Una puerta asomó poco a poco…

C.Hoyos

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