Thorin, Fili, Kili y el Hobbit, siguieron la orilla hasta el puente. El asombro de los guardias fue enorme cuando Thorin cruzó la puerta.

-¿Quién eres y qué quieres?- gritaron poniéndose de pie y buscando sus armas.

-¡Thorin, hijo de Tharin, hijo de Thor! ¡He regresado!

-Seguidme entonces- dijo el capitán. Los condujo a través de las puertas, hasta el mercado de la ciudad. De una de las casas llegaba el resplandor de muchas luces y el sonido de muchas voces. Cruzaron las puertas. Todos se pusieron de pie de un salto.

El gobernador de la ciudad se movió nervioso en la gran silla.
Pero nadie se levantó con mayor sorpresa que los elfos, sentados al fondo de la sala.
Precipitándose a la mesa del gobernador gritaron juntos:

-¡Estos son prisioneros de nuestro Rey que han escapado, enanos errantes y vagabundos que ni siquiera pudieron decir nada bueno de sí mismos y que merodean por los bosques y
molestan a nuestra gente!

-Es cierto que el Rey nos hizo prisioneros por error y nos encarceló sin causa alguna cuando regresábamos a nuestro país.

El gobernador titubeó entonces mirando a unos y a otros. La gente gritaba dentro y fuera de la sala. Ni el más viejo recordaba semejante algarabía.

Los propios elfos empezaron a titubear y a tener miedo. El gobernador comprendió que no
podía hacer otra cosa que sumarse a ese clamor y fingir que aceptaba lo que Thorin decía que era.

La actitud del fariseo es siempre externa, de cara a los demás. Su justicia está vacía de
auténtica caridad.

Mientras acusa al pecador públicamente, citando todas sus miserias, vende su misericordia
como muestra de su gran santidad.

Pero no despliega está misericordia cuando nadie le ve. En su interior no es misericordioso,
sino egoísta y cobarde.

Los actos de caridad no pueden usarse para «lavar conciencias».
Si no brotan espontáneamente es porque hay algo que los bloquea.

¿Qué puede ser? ¿Mi egoísmo? ¿Mi miedo? ¿Mi falta real de conversión? ¿Cuál es mi viga en el ojo?

Para purificar el corazón primero tenemos que purificar lo que sale de él: nuestras palabras y nuestros pensamientos.(Si al hablar no has de agradar, te será mejor callar).

Después debo cambiar mi mirada hacia el otro, ver a la «persona» y no sus pecados.
Contemplar sus heridas y ponerles remedio.

Esa es la verdadera caridad, la que no se ve, la que hace que nos «cambiemos» primero a
nosotros en vez de ajusticiar a los demás.

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Poco después trajeron a los demás enanos entre escenas de asombroso entusiasmo. Todos fueron curados y alimentados, alojados y agasajados del modo más amable y satisfactorio.
Los trataban muy bien y pronto se pusieron fuertes y gordos.

En una semana estaban ya casi repuestos con ropa fina de color apropiado, las barbas
peinadas y recortadas.

Cómo Thorin había dicho, los buenos sentimientos de los enanos hacia el pequeño hobbit se acrecentaban día a día.

Mientras tanto los elfos habían regresado al bosque. El rey conocía ahora la misión de los
enanos, o creía conocerla.

Se decía:

«Muy Bien ¡Ya veremos! Ningún tesoro saldrá por el Bosque sin que tenga yo la última palabra. Espero que tengan un mal fin. Les estará bien empleado!».

El trabajo para hoy consistirá en analizar nuestros pensamientos. Los sentimientos no son un pecado, pero si aquel mal que hacemos con ellos dejándonos llevar.

Los pecados de pensamiento son la parte del iceberg que no vemos. Acometámos la dura
tarea de examinarlos y vadearlos.

De modo que un buen día, el gobernador y los consejeros de la ciudad los despidieron. Los
remos blancos golpearon y se hundieron en el agua y la compañía partió en la última etapa de un largo viaje.

C. Hoyos

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