martes, octubre 26, 2021
Confinadas por Amor
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No éramos siete, éramos ocho

“En tiempos recios, amigos fuertes de Dios”, decía Santa Teresa de Jesús.

La Fe no es algo extraordinario, sino que vivirla es ya un hecho extraordinario.

Antes de comenzar con mi testimonio, te propongo que, en bucle y hasta el final escuches la canción de “Hasta la locura” de Pablo Martínez.

Hoy me siento aquí para “tomar un café” contigo, con quien está al otro lado de esta pantalla, leyéndome. A ti, que estás en este momento formando parte de este testimonio, te doy las gracias. Gracias por tener Fe en que los jóvenes somos el presente y futuro de nuestra Iglesia.

De esto vengo a hablar precisamente hoy. Te pongo en situación. Octubre de 2018, peregrinación con amigas, momentos de silencio, momentos de convivencia, momentos de rezo, de euforia al sentir la alegría de ver el final del camino pero a la vez, tristeza de terminar aquel camino que nos hizo crecer en la Fe.

Cientos de personas siguiendo el mismo camino en busca de un mismo objetivo. ¿Hay algo más increíble que esto? Dejadme responder que sí, sí hay algo más increíble que esto, y es encontrar el objetivo antes de llegar a la meta.

Durante el transcurso de mi experiencia no me daba cuenta, pero Dios estaba conmigo, de la mano, en cada momento.

Antes de comenzar a andar, una amiga me transmitió una mala noticia, una noticia que me
impedía detener mis lágrimas cada vez que alguien me dirigía la palabra. En ese momento lo único que deseaba era acabar con la experiencia lo antes posible, volver a mi casa y
tranquilizarme en soledad, sin hablar con nadie para poder respirar con tranquilidad.

Decidí seguir hacia delante en el camino y rezar para que todo lo que yo consideraba perjudicial en mi vida, se fuera. Sin embargo, Dios estaba ahí, estaba en mi amiga que me daba la mano bien fuerte y me abrazaba, estaba en el resto del grupo de amigas que me acompañaban en esta experiencia, animándome y alegrándome con cada palabra.

Finalmente, durante el camino, conseguí recomponerme y pensar que, si Él lo ha querido así, por algo era, y yo estaba dispuesta a abrir mis brazos para todo lo que quisiera poner en mi camino.

Transcurrido algún día, llegamos, tras un trayecto pasado por lluvia, viento y alguna que otra queja por la incomodidad que esto provocaba al tener los pies mojados, andar con paraguas y pasar un poco de frío. En conclusión, un trayecto que pondría fin a nuestra experiencia, a la experiencia de siete amigas más unidas que nunca.

Con cánticos, bailes y saltos, llegamos a la Catedral para poner fin a la peregrinación, pero lo que no sabíamos es que, todavía, quedaba por llegar a nuestro grupo alguien por sumarse con el número ocho a la espalda. El número favorito, de una de nuestras amigas. Ella, durante el camino, estuvo conmigo apoyándome, junto a las demás.

Al llegar a la Catedral, un fuerte dolor en el cuello la debilitó. Seguidamente, se desmayó.
Con la misa de peregrinos comenzada, cansancio y alegría se respiraba en el ambiente… hasta que, en cuestión de segundos, todo dio un giro de 360º a preocupación, lloros y nervios.

Mi amiga, con frecuencia, tiempo atrás solía desmayarse por problemas de espalda. Nosotras, sabíamos actuar perfectamente es estas situaciones. El problema es que, debido a nuestra temprana edad, los más mayores no confiaban en nosotras.

Se acercó una chica mayor que nosotras y comenzó a practicarle diversos métodos de
reanimación, sin prestar atención a nuestras indicaciones. Los nervios se elevaban a niveles
inexplicables. Tras cinco desmayos continuos, consecuentes a las cinco reanimaciones de esta chica hacia nuestra amiga, la situación mejora.

A continuación una ambulancia traslada a nuestra amiga, acompañada de dos más al hospital. La situación mejora en cuestión de minutos pero… ¡Qué minutos!

Mientras nuestras amigas están en el hospital, las demás nos encargamos de, mano a mano, recoger las maletas y pertenencias de las tres junto con las nuestras. En el momento en el que me vi sin fuerza para sujetar más maletas, en el que vi a mis amigas llorar de preocupación, en el que vi a todos los jóvenes peregrinos volcados en prestación de ayuda hacia nosotras, hacia nuestra amiga; sabía que, ante nosotras, se encontraba el último miembro de nuestro grupo conformado por siete personas. Nos faltaba aquel que sumaba el número favorito de nuestra amiga, la cual al despertar y reencontrarse con nosotras nos dijo: “lo siento por haceros pasar un mal momento, he escuchado todo pero mi cuerpo no respondía”. En ese momento, lo supe, Dios, con el número ocho, conformó nuestro grupo. Nos estuvo abrazando durante todo el camino.

Cuando llorábamos ahí estaba, cuando cantábamos ahí estaba, cuando nos encontrábamos cansadas ahí estaba, en cualquier momento Él estaba ahí.

De vuelta hacia nuestro hogar, hicimos balance, ya no éramos siete, éramos ocho. Cuando
terminamos, un voluntario de la organización de la peregrinación se nos acercó y nos preguntó qué tal todo. Este, tras informarle con ilusión de nuestra balanza, nos respondió: “no habéis sido nunca siete ni ocho, habéis sido durante todo el camino uno. Dios está con vosotras, vinisteis a realizar esta experiencia buscándolo a Él y persiguiendo un aumento de Fe, y aquí lo tenéis”.

Tras el duro camino de rezo, controversia, lluvia, incomodidad, desesperación, cooperación y amistad, nos dimos cuenta que volveríamos a repetirlo una y otra vez para poder ser ese gran equipo conformado por ocho personas pero que, en realizad éramos uno.

“En tiempos recios, amigos fuertes de Dios”.

Ana Molina Reyes

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