Caminaban en fila. La entrada del sendero era una suerte de arco que llevaba a un túnel
lóbrego formado por dos árboles inclinados, demasiado viejos y ahogados en la hiedra y los
líquenes colgantes para tener más que unas pocas hojas ennegrecidas.

El sendero mismo era estrecho y serpenteaba por entre los troncos. Lo más horrible eran las telarañas, espesas telarañas oscuras, tendidas de árbol a árbol o enmarañadas en las ramas más bajas.

No transcurrió mucho tiempo antes que empezaran a odiar el bosque.

Dice el salmista: » Feliz el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los impíos, sino que se complace en la ley del Señor y la medita de día y de noche!

Él es como un árbol plantado al borde de las aguas, que produce fruto a su debido tiempo, y cuyas hojas nunca se marchitan: todo lo que haga le saldrá bien» (sal 1, 1-3)

Para que un árbol dé frutos debe ser cuidado, plantado en un buen suelo, regado, bien
expuesto al sol… Y yo ¿Soy un buen árbol? . Muchos eventos en nuestra vida pueden hacer que nos desesperemos. Nos vemos a nosotros mismos retorcidos, secos, marchitos, abandonados al polvo y las telarañas.

Pero esta visión de nosotros es la que está oscura y retorcida. Dios creó al hombre y vio que era bueno. Debe de ser una certeza para mí, estar convencido de que soy un buen árbol.

Dios te mira y te dice : «tú vales mucho a mis ojos» (Is 43,4).

Somos buenos árboles, pero también frágiles y necesitados de cuidado constante.
Un árbol cuidado dará buena sombra y fresca, y en su momento mucho fruto y será cobijo para el que quiera descansar bajo sus ramas. Pero si deja de cuidarse, pronto se le caerán las hojas, se llenará de insectos y tendrá un aspecto mustio y desagradable.

Y sin embargo es un buen árbol, pero tan descuidado que no lo vemos así.

¿Estaré yo descuidando algo? ¿Tengo alimento suficiente? ¿Limpio el terreno en el que vivo? ¿Me dejó podar?

Esta cuaresma me he dado cuenta de que estaba descuidando algo muy importante, cuidar el «terreno» donde vivo. Hago silencio en mi interior, pero no instalo el silencio en mi casa. Nos hemos reunido en familia y llevamos dos semanas intentando eliminar ruidos.
Hablar menos alto, evitar golpes, ya no hay tele ni radio. Y después de dos semanas, empieza a asomar algún fruto. Aunque es necesaria la ayuda de todos y del Señor y saber que llevará su tiempo.

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Todo esto duró lo que al Hobbit le parecieron siglos y siglos; siempre tenía hambre. Estaban sedientos también, ninguno llevaba mucha agua.

Así estaban cuando descubrieron que una corriente irrumpía el sendero. Era negra, o así
parecía en la oscuridad.

Fue bueno que Beorn les hubiese prevenido contra ella o hubieran bebido. Así que sólo
pensaron en cómo atravesarla sin mojarse.

Allí había habido un puente de madera, pero se había podrido con el tiempo y había caído al agua dejando sólo los postes quebrados cerca de la orilla.

El trabajo para hoy será mirar y cuidar las obras de los que me precedieron. Cada ladrillo
colocado, la talla de madera de las puertas, los jardines, las capillas…¿Soy consciente de que soy un artesano de mi vida para los demás? ¿La cuido? ¿Qué dejaré para los que vienen detrás?

Bilbo, arrodillándose en la ribera, miró adelante con atención y gritó:

-¡Hay un bote en la otra orilla! ¿Por qué no pudo haber estado aquí?

C. Hoyos

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