Hablar de un tema así hoy en día es un deporte de riesgo. Lo asumimos con el deseo de aportar luz a un tema complejo y controvertido. Lo hago desde el respeto a toda persona; no alimenta este texto ningún sentimiento de rechazo, odio o miedo, ninguna fobia, por usar términos en boga. Vayamos al asunto.

El número de la revista católica Vida Nueva de finales de febrero de 2021 -nº 3.212- ha afrontado el tema en cuestión. Le ha dedicado, además de la portada que aparece más abajo y de un editorial, una entrevista extensa, un reportaje y un artículo de opinión, esto bajo la sección «A fondo». Hay que reconocerle a la publicación una intención benévola: quiere mostrar la acogida de la Iglesia a toda persona. El problema es la confusión que se genera cuando se expresa la acogida como la aprobación de cualquier tipo de conducta o planteamiento. Jesucristo, no cabe duda, acogió a todos, pero no todo lo aprobó. Basta con una lectura al Evangelio para comprobarlo.

A mi modo de ver, el problema más grave de lo presentado en estos textos es el siguiente: en ningún momento se plantea la cuestión de la verdad; es decir, no se dedica ninguna línea -y eso que es una sección «A fondo»- a preguntarse qué es la transexualidad, en qué consiste este fenómeno, cómo surge, qué base biológica, genética, fisiológica o psicológica hay debajo de este asunto. No hay ninguna mención al hecho de que -a día de hoy- la cuestión de la transexualidad está considerada desde el punto de vista médico como un trastorno denominado disforia de género, que consiste en la disconformidad o no identificación de la persona con su sexo biológico, base de todo lo demás.

Porque ya sabemos que existen personas que experimentan esa falta de identificación, pero la revista da por hecho que la autopercepción del sujeto es el último criterio para decidir cómo resolver la situación. Como no hay planteamiento sobre la verdad, tampoco tiene sentido plantear el discernimiento, preguntarse por qué sucede ese conflicto de identidad, de dónde procede, si hay una base objetiva que lo provoque -y entonces habrá que tomar las medidas necesarias para deshacer la ambigüedad de sexo-, o si es una cuestión de otra índole. Esto es muy grave por la confusión que genera.

Además de obviar la cuestión de la verdad del fenómeno «trans» -ni siquiera se pregunta por ello- ignora por completo las enseñanzas que el magisterio ha ofrecido al mundo a este respecto. Ni una mención a la teología del cuerpo de san Juan Pablo II, que con tanta belleza y profundidad expone el valor y significado del cuerpo. Del Papa Francisco sí se habla en las entrevistas y reportajes, pero sin citar nada del Pontífice. Para llenar esa laguna, copiamos a continuación dos citas del Papa que son absolutamente elocuentes al respecto:

Encíclica Laudato si´ nº 155.
La aceptación del propio cuerpo como don de Dios es necesaria para acoger y aceptar el mundo entero como regalo del Padre y casa común, mientras una lógica de dominio sobre el propio cuerpo se transforma en una lógica a veces sutil de dominio sobre la creación. Aprender a recibir el propio cuerpo, a cuidarlo y a respetar sus significados, es esencial para una verdadera ecología humana. También la valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De este modo es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la otra, obra del Dios creador, y enriquecerse recíprocamente. Por lo tanto, no es sana una actitud que pretenda «cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma»”
Exhortación “Amoris laetitia” nº 56.
“Otro desafío surge de diversas formas de una ideología, genéricamente llamada gender, que «niega la diferencia y la reciprocidad natural de hombre y de mujer. Esta presenta una sociedad sin diferencias de sexo, y vacía el fundamento antropológico de la familia. Esta ideología lleva a proyectos educativos y directrices legislativas que promueven una identidad personal y una intimidad afectiva radicalmente desvinculadas de la diversidad biológica entre hombre y mujerLa identidad humana viene determinada por una opción individualista, que también cambia con el tiempo»[45]. Es inquietante que algunas ideologías de este tipo, que pretenden responder a ciertas aspiraciones a veces comprensibles, procuren imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños. No hay que ignorar que «el sexo biológico (sex) y el papel sociocultural del sexo (gender), se pueden distinguir pero no separar»[46] (…) Una cosa es comprender la fragilidad humana o la complejidad de la vida, y otra cosa es aceptar ideologías que pretenden partir en dos los aspectos inseparables de la realidad. No caigamos en el pecado de pretender sustituir al Creador. Somos creaturas, no somos omnipotentes. Lo creado nos precede y debe ser recibido como donAl mismo tiempo, somos llamados a custodiar nuestra humanidad, y eso significa ante todo aceptarla y respetarla como ha sido creada.” 

«La aceptación del propio cuerpo…» «Lo creado nos precede y debe ser recibido como don…» Nada que añadir a las palabras del Papa.

El reportaje asume el planteamiento de la ideología de género. Esto es especialmente evidente en el artículo de la teóloga que utiliza el lenguaje inclusivo: «chicos, chicas y chiques» y que cita la Escritura, olvidando por completo el relato de la creación en el Génesis con su clarificador «hombre y mujer los creó». La perspectiva de género incluye una antropología dualista que le es propia: el ser humano es espíritu -libertad, razón y voluntad-, y luego tiene un cuerpo, que puede modelar a su antojo conforme a su libre elección, como si fuera plastelina. Y esto es falso. Cada célula humana lleva inscrita en sí su condición masculina o femenina, sus cromosomas «XX» en el caso de la mujer o «XY» en el caso del hombre. Ya sabemos que existen casos excepcionales de personas con una configuración genética, cromosómica o anatómica ambigua o anómala, que tienen cromosomas «XXY» u otras modalidades especiales. Pero en la revista no se habla de esto, sino sólo de la voluntad de las personas para decidir su identidad. De nuevo, confusión.

Por supuesto, en ningún momento se pregunta la publicación por la cuestión de la medicación que las personas que se someten a cambios de sexo deben asumir a lo largo de su vida (es preciso bloquear las hormonas propias de su sexo biológico, y recibir las que no le son propias: las del sexo que han querido adquirir) o los problemas éticos que suponen las intervenciones quirúrgicas en las que se amputan miembros sanos. De esto no se dice nada, porque contradice el planteamiento de partida. Una pena.

En este trabajo a fondo tampoco hay espacio para el testimonio de personas que se han sometido a cambios de sexo y que después han comprobado el error de esa opción. Dejo a continuación un enlace de esta realidad como botón de muestra:

Conclusión

El hecho de no buscar la verdad provoca -en este asunto y en otros- una enorme confusión. Quien lea esas páginas fácilmente sacará la conclusión de que la única respuesta cristiana ante el fenómeno de la transexualidad es una acogida de la persona y de su opción sin ningún cuestionamiento, y que cualquiera que presente dudas u objeciones sobre estos planteamientos está siendo excluyente, cuando no «fobo» en alguna de sus versiones. Y esto está muy lejos de la verdad. Ya que sólo la verdad nos hace libres, la verdad que actúa en la caridad, y la caridad de la verdad, busquémoslas y acojámoslas juntas, tal como nos las ofrece la enseñanza de la Iglesia, basada en la Revelación y en el propio dato biológico. El ser, y la identidad, no la DECIDIMOS, sino que la RECIBIMOS. Cada uno de nosotros somos infinitamente amados por Dios. Muchas veces en las confusiones de género se da una falta en la percepción de este amor del que somos objeto, o una ausencia del mismo en el ámbito de la familia. La solución no está en animar a un cambio «a ver si así me quieren o me acepto», sino en ayudar a reconocerse amado tal como uno es, sin necesidad de someterse a operaciones o depender de fármacos que me concedan una apariencia. Y en eso estamos, mientras nos dejen.

Lo demás será pura confusión.

P. Julián Lozano López

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