-Levántate, gandúl- le dijo Bofur- o no habrá ningún desayuno para ti.

-¿Dónde está Gandalf? – preguntó Bilbo.

Pero Bilbo no vio rastro del mago en todo el día hasta entrada la tarde.

Poco antes de la puesta de sol, Gandalf entró en la sala.

-¿Dónde está nuestro anfitrión y dónde has pasado el día? – gritaron todos.

– Primero responderé a la segunda pregunta- pero ¡Caramba! ¡Este es un sitio estupendo para echar anillos de humo!

Y durante un buen rato no pudieron sacarle nada más, ocupado como estaba.

Desde fuera estos anillos tenían que parecer extraños, deslizándose en el aire uno tras otro, verdes, azules, rojos, plateados, amarillos, blancos, los pequeños metiéndose entre los grandes, formando figuras en forma de ocho, perdiéndose en la distancia como bandadas de pájaros.

A veces parecería que Dios se esconde de nosotros. Qué no responde nuestras preguntas, que no nos escucha.

Y oramos y oramos y no obtenemos respuesta.

Y Dios parece callar mientras nuestras oraciones suben.

De la mañana a la tarde…

«Sea puesta mi oración delante de ti como incienso, el alzar de mis manos como la ofrenda de la tarde.» Salmo 141,2.

No es verdad que Dios no nos oiga ; «El que hizo el oído, ¿No oye? El que dio forma al ojo ¿No ve?» (Sal 94,9)

Dios no sólo escucha nuestras oraciones, sino que las contempla. Porque cada persona es
única, y su oración también.

No podemos ni imaginarnos la belleza que encierra nuestra oración para Dios.

El deleite de ver unirse nuestras oraciones, enlazarse en la misma intención.

Salomón en su oración de dedicación del templo dice: «Oh Dios mío, que tus ojos estén
abiertos y tus oídos atentos a todas las oraciones que se eleven a ti en este lugar.» (2 cro 6,40)

Dios no sólo escucha, sino que también contempla.

Nosotros también podemos sentir la belleza de la oración de otros, no necesariamente de los santos (que también), sino del hermano que tenemos cerca y que reza desde el corazón.

En esas ocasiones no nos sale hablar, sino sólo escuchar y contemplar la belleza de su
oración.

Estuve siguiendo huellas de oso- dijo por fin. Pronto me di cuenta que no todas podían ser de Beorn, había demasiadas.

Hacia allí sólo iba un rastro de pisadas…ninguna venía. Todas se alejaban desde aquí. Iban
directamente hacia los pinares…

Y ahora creo que ya he respondido además a vuestra primera pregunta – concluyó Gandalf y se sentó largo rato en silencio.

Bilbo pensó que sabía lo que el mago quería decir.

-¿Qué haremos- gritó- si atrae hasta aquí a todos los wargos y trasgos?¡Nos atraparán a todos y nos matarán! Creí que habías dicho que no era amigo de ellos.

-Si, lo dije ¡Y no seas estúpido! Sería mejor que te fueras a la cama, se te ha embotado el
juicio.

El trabajo para hoy será estar atento a las críticas y cuidarme de no mantenerlas. Alejar mis juicios negativos, no vender rumores. Preferir el silencio interior que trae paz y dispone del bien que nublar la forma de ver a los otros por culpa de mis juicios.

A la mañana siguiente, Beorn les despertó

– Tenéis que perdonarme por no haberos creído, si vivierais cerca del Bosque Negro no
creerías a nadie. Me he dado prisa para ver si estabais a salvo y ofreceros ayuda. Tendré
mejor opinión de los enanos después de este asunto.

C. Hoyos

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