lunes, octubre 25, 2021
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Testimonio vocacional del padre Severo Lobato

Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn 15, 16bc).

Ésta es la cita bíblica que escogí en su momento, hace casi quince años, como lema de mi futuro sacerdocio. No penséis que se me descubrió en una tanda de ejercicios espirituales o a lo largo de los años en el Seminario Mayor en medio de los estudios, silencios, oración sino cuando estábamos con el formador ultimando detalles para el día de la ordenación y de las “primeras misas”, como son esas estampas que se reparten en esos días con el lema impreso, detalles en los que nunca había pensado en realidad.

Sin ser una persona que memorizase especialmente citas bíblicas me vino ésta, precisamente, a la mente y la propuse a mi otro compañero y amigo que recibiría también el orden del presbiterado en esos días; únicamente fuimos dos. No deja de ser un pequeño misterio. Como si Dios me dibujase lo que pretendía de mí en lo sucesivo. Como si Dios me mostrase lo que habría de experimentar: elección, llamada, separación, envío, misión, frutos, permanencia,… Pero, ojo, yo sería cooperador, no autor, con los medios que Dios nos da para que no sólo se lograse fruto sino que permaneciese.

¿Y cuáles son esos medios? Pues nos los descubre el mismo San Juan en ese mismo capítulo quince unos versículos más arriba: ser podado; la permanencia (o fidelidad); la oración; guardar sus mandatos; la alegría; dar la vida (decía Mons. Guerra Campos “nunca podemos descansar”); amistad con Jesucristo (intimidad con Él); obediencia. Esto es lo que nos va a permitir una fecundidad duradera o una superabundancia por medio de la purificación continua del sacerdote, y la paciencia de Dios. Pero seguidamente, en los versículos posteriores a la cita que nos sirve de cabecera, nos anuncia el mismo evangelista que seremos odiados por el “mundo”, el mismo “mundo” que no recibió al Verbo (Jn1,10). “Odio loco” como, creo, comentaba el P. Grelot en un articulillo suyo.

Entiendo que esta pequeña introducción compendia mi vida sacerdotal desde que me ordenaron sacerdote un dos de julio del años dos mil seis hasta el día de hoy. Vida de profunda confianza en las palabras que el Señor me inspiró en los días previos a la imposición de manos y la unción de las mías llenándome de ilusión y devolviéndomela cuando la perdía por tantas decepciones. Pero también una vida de dolor, faceta ésta que no se le debe ahorrar al vocacionando, al joven o no, que se plantea si el Señor lo está reclamando para servirle en el sacerdocio ministerial, y así no caer en “optimismos fáciles” (Mons. Guerra Campos).

No es una vida de éxitos la que nos esperaba, ni la que se vive, y en estos momentos qué decir, y quizá por ello de enorme gracia. Muchas veces me digo a mí mismo “ahora sabremos qué es Gracia”. Por ello “¡Ay del seminario que forme a sus seminaristas, decía el P. Diego Muñoz, S.I., para el éxito!”. Pero vida que tiene que resultar atractiva en lo que supone de seriedad: la seriedad de la cruz; la seriedad de la Celebración del Sacrificio de la Misa; la seriedad de la exposición de la doctrina; la seriedad de la propia vida, pobre y mortificada; para que se haga presente a todos “la caridad de la Iglesia”.

Porque la Iglesia tiene que ser un amor y un dolor. El Card. Ratzinger, en su día, escribía sobre esta seriedad del sacerdocio que solicitaba del presbítero que habría de poner todo su interés en conocer a Cristo, conocerlo cada vez mejor; amarlo, aprender a amarlo; servirlo, y finalmente, a amar a la Iglesia en comunión verdadera con ella; amar… fuerte, diríamos. Sacándole “relevancia al propio yo”, no buscando “construirse una existencia interesante o una vida cómoda”, como refería el propio Ratzinger, ni “creándose una comunidad de admiradores”. O como estamos leyendo en el librito de moda de estos días “un total olvido de sí”, escribe su autor el P. Jacques Philippe, desposeyéndonos para que el Espíritu Santo transforme nuestro corazón según el Corazón de Jesús, manso y humilde, caminando “en aridez de fe” y “monotonía de sacrificio”.

Mi vocación, y hace mucho tiempo que no hablo de ella, a lo que solemos llamar vocación, es un camino que se recorrería durante al menos tres años, quizá más. Tal vez, el Señor, al modo de esas olas suaves de la playa en días de serenidad de la mar, quería ir diciéndome algo, como me parecía intuir en diferentes etapas de mi vida.

Como se suele hacer en estos casos en los que uno habla de la vocación, deciros que mi familia es católica, practicante, con sencillez, pero con constancia, como yendo siempre a lo esencial. Así lo recuerdo ahora mismo pues la importancia, repito, con sencillez, como dándolo todo por definitivo, que se le daba a la asistencia a la misa dominical, al catecismo parroquial, a la confesión si se quería comulgar, al aprendizaje de las oraciones durante tantas noches, al respeto al sacerdote en general, a la devoción a la Virgen, al respeto a las buenas costumbres, a la honradez y la laboriosidad, etc., creo que formaron mi carácter religioso desde muy pequeño. Aun así, se me consideraría de “vocación tardía” al ingresar en el Seminario a la edad de veinticinco años.

Lo que facilitó que pudiese reconocer lo que el Señor tenía previsto fue la confianza con un sacerdote, fundamental en toda esta historia, que conocía mi alma a la perfección; también el entrar en una vida de oración más personal, asistir a misa a diario, la devoción a la Virgen a través del rezo del Rosario, la penitencia, las lecturas,… Saber que el Señor se cierne sobre tu persona en un Misterio de amor, llamada y presencia que nunca describiremos plenamente. Pero también de respeto a nuestra decisión final.

Curiosamente, ayuda alejarse, a “poner tierra por medio” como se suele decir. Lo hice al cumplir el servicio militar, faltaba poco para su desaparición, y con una experiencia en la carrera de Historia, quizás dos amores fuertes que tenía, pero que hubieron de dejar espacio al Amor.

Empecé con una cita y quiero terminar con otra que creo expresa la vida del sacerdote, no para que te asustes, ni para que pienses que es cosa de héroes fantásticos, sino por honradez con el que tenga la inquietud vocacional y por respeto a la propia dignidad de la llamada sacerdotal. Dice así: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8, 20). Son palabras del mismo Señor en el pasaje de algunas…vocaciones cuando expone las condiciones para seguirle y aceptar su llamada. La exposición realista de la vocación sacerdotal, aunque parezca cruda, es el mejor servicio, como decíamos, que podemos prestar en favor de las vocaciones, pues el Señor no llama a una vida fácil. Llama a una vida para la que sólo sirven los humildes y sencillos, o incluso los pecadores. Pero no los que se tengan por “fuertes” (Mt 9, 12).

P. Severo Lobato Iglesias

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