No son pocos los que este año me han dicho: si se puede, podríamos organizar un campo de trabajo en algún país que nos necesite.

Es una realidad que hay muchos países con grandes carencias materiales, pero hoy ¿No hay una gran precariedad moral en los países llamados avanzados? El estado moral de algunos de ellos es verdaderamente lamentable y no solo por la corrupción política, sino por degeneración moral de las costumbres.

Y ¿Quién la sufre más? Los más vulnerables. Esos chicos y chicas que, empezando a hacer un mayor uso de su libertad se sienten gravemente influenciados por modas, costumbres o conductas que hoy, en cierta medida por la dejadez de los más mayores, son hoy norma de conducta.

La precariedad moral es tan lamentable que no deja de sorprendernos cada día: barricadas en las calles, programas de tv donde se muestran relaciones sexuales sin ficción, insultos y descalificaciones entre tertulianos en emisoras de radio, letras de canciones provocativas. Podríamos seguir describiendo este triste panorama, pero hay un rayo de esperanza: tú, si haces tuyo un consejo: de que tú y yo nos comportemos como Dios quiere dependen muchas cosas grandes.

Hoy, los más vulnerables, necesitan de tu sensatez y coherencia cristiana: ¿Queremos que ellos sean hombres y mujeres sensatos? ¿Qué ven en sus casas? ¿De qué se habla en las cenas? ¿Quién y qué reina en el hogar? ¿Qué les enseñamos?

Vamos a dejar de quejarnos y vamos a construir, como decía Juan Pablo II, una civilización del amor y no del odio.

 

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