De súbito oyeron un aullido, lejos, colina abajo, un aullido largo y estremecedor. ¡Eran lobos que aullaban a la luna, lobos que llamaban a la manada!

– ¡A los árboles, rápido!- gritó Gandalf.

– ¡Dori! ¡Ve rápido y dale una mano al Señor Bolsón!

En ese preciso momento los lobos irrumpieron aullando en el claro. Pero Dori no soltó a Bilbo. Gandalf arrancó unas piñas enormes de las ramas y enseguida prendió fuego a una de ellas con una brillante llama azul, y la arrojó zumbando hacia el círculo de lobos.

Pero éste era un fuego muy extraño y horroroso. Si una chispa les tocaba la piel, se pegaba y les quemaba los pelos, y a menos que se revolcasen rápido, pronto estaban envueltos en
llamas… mientras que aquellos que ya ardían, corrían aullando y pegando fuego a los demás y huían pendiente abajo llorando y gimoteando, buscando agua.

Los Novísimos o Postrimerías son cuatro: Muerte, Juicio, Infierno y Gloria. De todos ellos hoy nos detenemos en el infierno.

El Infierno es la privación de la vista de Dios y el lugar donde se padece el fuego eterno y todo mal sin mezcla de bien alguno.

Dice Isaías: “¿Quién de vosotros habitará con los ardores eternos?” (33, 14). “El gusano (o sea el remordimiento) de ellos no morirá y el fuego de ellos no se apagará.”

En el infierno, dice Santo Tomás, hay dos penas: la de daño y la de sentido.

La pena del sentido la constituye principalmente el tormento del fuego, un fuego inteligente, fuego tenebroso, que no deja gozar del beneficio de la luz; fuego que encierra en sí otros suplicios imposibles de imaginar.

Fuego eterno, que los condenados experimenten ni el menor alivio, ni siquiera una pequeña
gota de agua.

Pero la peor pena es la de daño: la pérdida de la Vista de Dios. De todo bien, de toda Belleza, de toda Bondad, de toda Verdad, de todo Descanso, de todo Consuelo, de todo Amor.

¡Dios mío! ¿Qué sería de mí si te perdiese?

La Noche oscura del alma, es un sorbo de esa privación, es un dolor lacerante, angustioso y
terrible. El alma se siente muerta, rechazada, condenada. Y busca desesperadamente la
Fuente de Agua Viva, pues la sed de Dios la devora.

Lo único que se puede hacer durante esa prueba es sufrirla, por el tiempo que Dios quiera,
pues esa prueba, al contrario que la del infierno, acerca mucho más a Dios que ninguna otra. Te despoja de cualquier otra apetencia: tras la noche oscura: Sólo Dios.

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En aquél preciso momento, el Señor de las Águilas se abalanzó desde lo alto, abrió las garras, se apoderó de Gandalf, y desapareció.

Se abalanzaron las grandes aves que estaban con él y descendieron como enormes sombras negras. Los lobos gimotearon rechinando los dientes.

¡El pobre pequeño Bilbo estuvo muy cerca de que lo dejarán de nuevo atrás! Alcanzó justo a aferrarse a las piernas de Dori cuando ya se lo llevaban, y arriba fueron juntos, Bilbo
columpiándose en el aire, sintiendo que se le romperían los brazos en cualquier momento.

El trabajo para hoy es prestar atención a nuestro cuerpo, al gran regalo que son nuestros
sentidos, para gozar y para sufrir.

Mirémonos al espejo y aceptémonos, con nuestros defectos e imperfecciones. Lo más maravilloso no es tener un cuerpo perfecto, sino estar vivo simplemente.

Bilbo nunca olvidó aquel vuelo, abrazado a los tobillos de Dori.

– ¡Mis brazos, mis brazos! – gemía Bilbo, y mientras tanto Dori plañía:

-¡Mis pobres piernas, mis pobres piernas!

C. Hoyos

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