Es bastante complejo escribir bajo el título de “Ocúpate Tú de Todo”. No por el Ocúpate. Ni por el Tú. Sino por el TODO.

Hola Jesús,

Pensaba que esto iba a ser un artículo y aquí estoy: escribiéndote a Ti.

Creo que a veces no soy realmente consciente de lo que significa que Tú das sentido a mi vida. Es muy tocho.

Aún me queda mucho recorrido por delante, para darme cuenta del don que supone la vida que me has regalado y de que Tú, la hayas dado por mi.

Creo Jesús, que lo que me falta en la vida, es confiar. Confiar en los planes que me pones delante. Sí, esos que veo imperfectos y que a tus ojos son plenamente perfectos. Esos que no tengo que entender.

Me quiero dar cuenta de que Tú eres el artista y yo la acuarela. Tu acuarela favorita. Las primeras pinceladas ya las pusiste Tú, sin decirme nada. Dibujaste a mi familia, que era precisamente la mejor que me podía tocar. Si, tienes razón, no hay familia mejor ni peor, todas han estado dibujadas por Ti y son espectaculares, pero déjame decírtelo: que bien estoy en casa, Jesús. Tengo a los mejores.

Y a partir de ese momento, has querido hacerme partícipe de tu obra de arte. Tanto es así, que me dejas decidir por donde pasa el pincel. Me dejas, a mí, dibujar tu propio cuadro. Y, además, me dejas escoger si quiero que Tu colorees el dibujo. Que le des color. Que le des sentido. Que le des vida.

Algunos optan por vivir una vida en blanco y negro, pero nosotros no somos de esos. Somos de los que nos damos cuenta de que la vida mola más a todo color. Mola más con Tu color. Nos va el jaleito, el que Tu ya sabes y disfrutamos con todo.

Pero hoy Jesús, quiero darme cuenta de que a veces, dibujando me topo con trazos que no son míos. Son líneas que dibujaste Tú desde un principio. Líneas que no tenía previstas y que, al no haberlas dibujado yo, me chocan. Me impactan.

Y muchísimas veces no las entiendo. ¿Qué sentido tienen Jesús? Y es aquí cuando pienso en las personas que decides llevarte al Cielo. Gente que quiero, que aprecio, que admiro. Es aquí cuando te hablo de una enfermedad, cuando te hablo del divorcio de un matrimonio. Es aquí cuando te hablo de un noviazgo que va mal, de una frustración académica, de un problema de un amigo. De ese colega al que le hacían bullying. Te hablo de ese currante que no encuentra trabajo, de esa vocación que desmonta un proyecto de vida. O que lo monta.

Te hablo también de ese momento en el que decides unir un lienzo con el de esa chica que mejora los propios trazos, que da vida a una obra de tres.

De esas oportunidades, de esos proyectos increíbles. De esas asignaturas, de esas copas, de esos voluntariados, de esos cafés con amigos, de esas excursiones. De esas ocasiones de revolucionar el mundo. De esas oportunidades de poner de moda el amor de verdad.

Todos estos trazos, ya hechos, solo se entienden viendo la obra de arte desde Arriba. Toca optar por dejarlo en blanco y negro o, dejar que el Jefe vuelva a cubrir ese dibujo con Su color

Jesús, cada vez soy más consciente de verdad (no en el mood teórico de “libro de teología categoría 3.2”),  de que para amar me tengo que entregar. 

El entregarse implica darse. Darse por amor. Un amor que no es posible sin la confianza. Una confianza que no es real sin el abandono. Porque no se trata de hacer, sino de dejar hacer. 

Quiero que mi “sí” sea como el de María. Un “sí” sincero, nervioso, con vértigo. Un “sí” de amor pleno. Quiero dejar de intentar entender tus planes. Quiero abrazarlos. Y es así, como creo que quieres que revolucionemos el mundo.

Ocúpate Tú de todo. De TODO.

 

Folch.

 

 

 

 

 

 

 

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