Vaya, ¡Qué prisa! ¡Impaciente, preciosso!- siseó Gollum- pero tiene que esperar, sí. No
podemos subir por los pasadizos tan deprisa; primero tenemos que recoger cosas, sí, cosas
que nos ayuden.

No muy lejos estaba su isla… y allí, en un escondrijo, guardaba algunas sobras miserables y una cosa muy hermosa, muy maravillosa. Tenía un anillo, un anillo de oro, un anillo precioso.

-¡Mi regalo de cumpleaños!-murmuraba- Eso es lo que ahora queremoss, sí, ¡Lo queremos!

Gollum maldecía y se lamentaba en las tinieblas, no muy lejos. Estaba en su isla, revolviendo aquí y allá, buscando y rebuscando en vano.

– ¿Dónde está?¿Dónde está?- susurraba- sse ha perdido, preciosso mío, ¡Perdido, perdido!

-¿Qué pasa? – preguntó Bilbo – ¿Qué has perdido?

Los apegos son muy escurridizos y difíciles de localizar. Realmente, sólo descubrimos que le tenemos apego a algo cuando tenemos que desprendernos de ello, pero no por el acto de
desprendimiento en si, sino por la forma en que reaccionamos ante la pérdida.

Y no tienen porqué ser cosas necesariamente malas. De hecho suelen ser cosas buenas,
incluso tesoros.

San Alfonso María de Ligorio recomienda observar nuestro ánimo al plantearnos prescindir de alguna cosa que no sea imprescindible. Si nos da tristeza, señal es de apego.

Yo descubrí que le tenía apego al rosario de mi abuela. Mi abuela era una santa, con todas las letras. Y llevaba siempre en la mano su rosario. Siempre estaba rezando.

Lo heredé yo, y un día se rompió, sin arreglo. Lloré desconsoladamente, hasta que me di
cuenta del problema.

Ahora estoy buscando uno bonito que hereden mis futuros nietos, pero antes tiene que estar rezado, muy rezado. 🙂

Espacio para añadir comentarios si queréis

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¿Qué tienes en los bolsillos?- Bilbo oyó el siseó fuerte detrás de él. «¿Qué tengo yo, me
pregunto?», Se dijo mientras avanzaba jadeando y tropezando. Se metió la mano izquierda en el bolsillo.
-¡Maldito sea! – siseaba Gollum- ¡Maldito Bolsón! ¡Se ha ido!

Gollum se levantó de un brinco y se alejó tambaleándose a grandes zancadas. Bilbo corrió tras él, tenía en la cabeza un torbellino de asombro y esperanza…el anillo..¡te hacía invisible!

Tenía que escapar. Tenía que luchar, apuñalar a la asquerosa criatura. No, no sería una lucha limpia. Una súbita comprensión, una piedad mezclada con horror asomó en el corazón de Bilbo. Y entonces, como animado por una energía y una resolución nuevas, saltó hacia delante.

En un corazón libre de apegos, el Espíritu Santo reina a sus anchas, sus dones pueden actuar con fuerza y animar nuestra alma. El don de piedad, el de consejo, el de fortaleza…

La docilidad al Espíritu Santo también abarca tus decisiones y hacia donde caminas.

En el fondo: ¿qué quiero? ¿A dónde voy? ¿Cuál es el propósito de mi vida? ¿Por qué estoy
aquí? A veces corremos de un lugar a otro sin realmente elegirlo. Esta semana atrevámonos a revisar nuestras opciones, no tanto para cuestionarlas sino para vivirlas plenamente.

El trabajo para hoy consistirá en caminar por mi barrio como si acabara de mudarme a este
lugar. ¿Qué me trajo aquí? ¿Fue esta decisión elegida o sufrida? Finalmente, ¿qué estoy
haciendo aquí? ¿Qué me llevaría a quedarme o mudarme? En lo profundo de mí, ¿cuál es mi deseo?

Corriendo tanto como le aguantaban las piernas, dobló el último recodo. Bilbo parpadeó y de pronto vio a los trasgos. No consiguieron encontrar a Bilbo, que llevaba el anillo puesto. Pronto volvieron gruñendo y maldiciendo a guardar la puerta. Bilbo había escapado.

No sabía dónde estaba. Miró hacia atrás. Luego miró hacia delante, y no pudo ver más que
crestas y llanuras que asomaban entre los árboles.

Continuó caminando…se preguntaba si no estaba obligado a regresar a los horribles, horribles túneles y buscar a sus amigos.

C. Hoyos

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