Cuando Bilbo abrió los ojos se preguntó si en verdad los había abierto, pues todo estaba tan oscuro como si los tuviera cerrados.
No había nadie cerca de él ¡Imaginaos que terror! No podía ver nada, ni oír nada, ni sentir
nada, excepto la piedra del suelo.

Trató de orientarse de algún modo, y se arrastró largo tiempo hasta que de pronto tocó con la mano algo que parecía un anillo pequeño, frío y metálico, en el suelo del túnel. Casi sin darse cuenta se metió la sortija en el bolsillo.

Al cabo de un rato se palpó las ropas buscando la pipa. No estaba rota, y eso era algo. Buscó luego la petaca, y había algo de tabaco, lo que ya era algo más, y luego buscó las cerillas y no encontró ninguna, y eso le desanimó por completo.

Cuando llega una prueba dura, lo humano es agarrarse a algo que nos de «seguridad». Algo
que pensamos que va a salvarnos.
Algo, no alguien.

Pero… ¿Qué ocurre si esas «seguridades» no son tales?

Y si de repente nos las quitaran.

¿Cuál sería tu reacción?

Cuando mi marido y yo nos casamos, yo no trabajaba, pero él si, y tenía un buen sueldo.
Al día siguiente de la boda nos llamaron en pleno viaje. No le renovaban el contrato. Recién
casados y al paro.

Pero la Divina Providencia es maravillosa. Y he visto como provee desde pequeña. Confiamos y disfrutamos del viaje.

De hecho ese primer trabajo resultó ser el peor de todos. Irnos al paro fue un regalo de bodas.

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¡Sólo el cielo sabe qué cosa hubiera podido caer sobre él atraída por el roce de las cerillas y el olor del tabaco!

No obstante rebuscando en los bolsillos, topó con la empuñadura de la pequeña espada. La
espada brilló pálida y débil. Pero de alguna manera se sintió reconfortado.

«¿Volver?» pensó, «no sirve de nada». ¿Ir por un camino lateral? ¡Imposible! ¿Ir hacia adelante? ¡No hay alternativa! ¡Adelante pues!”

El trabajo para hoy consistirá en releer la aventura de mi vida. Los sufrimientos y pruebas por las que he pasado. Recordar aquél momento doloroso que construyó la persona que soy. Reconociendo que todo ha sido gracia.

«Pues cuando soy débil , entonces soy fuerte» 2 Cor 12:10.

Seamos conscientes de que sin la ayuda de la gracia, en vez de santificarnos, el sufrimiento y el pecado nos degradaría hasta lo irreconocible.

Aquí abajo, junto al agua lóbrega, vivía el viejo Gollum, una pequeña y viscosa criatura. No sé de dónde había venido, ni quién o qué era.

Era Gollum, tan oscuro como la oscuridad, excepto dos grandes ojos grandes pálidos en la
cara flaca.

C. Hoyos

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