lunes, octubre 18, 2021
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¿Ser santo? Testimonio de Agustín Larson

¿Qué tal? ¡Espero que estés gozando a montones! Soy Agustín Larson, tengo 18 años y soy de Chile. Si te extrañas con algo de lo que te voy a decir, normal, estoy un poco loco. Como decía un gran amigo, San Josemaría: “Loquito estoy y a mí me han llamado loco más de una vez y no me importa nada, tienen razón”.

De pequeño quería ser ingeniero como mi papá. A los 8 me atraía mas la idea de ser militar. Luego estaba seguro que lo mío era el fútbol. A los 15 me enamoró la idea de ayudar a la gente estudiando medicina. Un año después no estaba tan seguro. Este año me tocó decidir qué quiero hacer con mi vida. Fue difícil escoger, pero entendí que el aporte que quería y podía hacer era desde las humanidades, así que en septiembre me voy a Pamplona a estudiar PPE, si Dios quiere. Seguramente a lo largo de tu vida también has querido ser muchísimas cosas. Quizás en algunas coincidas conmigo y tal vez en otras no, pero los dos, tú y yo, queremos -con mucha ilusión- ser algo de lo más tabú en este siglo y el anterior: queremos ser santos.

Te quiero contar por qué me volví loco, ¡quizás hasta tú lo estás y no te enteras de nada! Nací en una familia “católica” y lo pongo entre comillas porque era la típica familia católica de domingo y poco más. Nos bautizaron a mi y a mis tres hermanos, nos llevaron a la parroquia a recibir la Primera Comunión, pero yo lo sentía todo como algo súper cotidiano e irrelevante en mi vida. A los 14, buscando otro colegio donde seguir mi educación secundaria, me fijé en un colegio que destacaba en la región por sus resultados en la prueba de selección universitaria, que era lo que me importaba entonces. Les dije a mis padres que quería ese colegio para poder estudiar medicina y ellos me apoyaron. Llamamos solicitando cupo y nos dieron un triste “no” por respuesta, pero soy un cabeza dura y le dije a mis padres que me llevaran al colegio, que yo quería insistir. Fuimos y me dijeron que fuera a una entrevista y a dar los exámenes. Te imaginarás los nervios que sentí y la ilusión de estar en un colegio top en lo académico -de la región y del país-. Fui en la fecha que me citaron y me recibió el subdirector del colegio. Me llamó la atención que lo primero que hizo fue llevarme al oratorio a saludar al Santísimo con una genuflexión. Ahí le dije al Señor -que el profesor me había dicho que estaba verdaderamente presente en el Sagrario- que fuera lo que Él quisiera.

Luego, supe que el colegio era del Opus Dei y que el profesor de mi clase era numerario. Me invitó a unas reuniones con mis compañeros que las llamaban “Círculo”. Fue un año super intenso, conocí un montón y ahí me empecé a volver loco. Las visitas al oratorio a pedir por un examen, a dar gracias por ese amigo que estaba conociendo, a pedir perdón por no ser tan buen hermano ni el hijo del año. Yo disfrutaba todo, pero no entendía por qué la gente de la Obra hablaba tanto de la santidad en lo cotidiano, o simplemente de la santidad. ¿Ser santo? Ni al metro, yo quería disfrutar de lo mundano, era más cómodo y me satisfacía en el corto plazo. La santidad para los monjes, a mi dame una fiesta o una buena comida. Inmadurez, pereza, comodidad de alma. Algo me hacía ruido: disfrutaba de todo lo que daba placer, pero terminaba el fin de semana y la rutina me mataba, empezaba el lunes pensando qué haría el viernes apenas salir de clases, mientras que la gente del centro al que iba estaba super feliz siempre y me daba una envidia enorme. Entonces fue cuando me acordé de lo que repetían siempre: santidad. Me volví a preguntar ¿ser santo? Me entró el típico subidón que tenemos cuando nos proponemos algo nuevo. La primera semana de perlas, hasta el fin de semana. Bebida por montón y “disfrutón” sin pudores. Llegó la Misa del domingo y el cargo de conciencia. ¿Cómo se supone que pueda ser santo si me equivoco todos los días y en cada momento? Tú de seguro ya sabes la respuesta, que a mí me tomó medio año encontrar: ser santo no es ser perfecto, no es jamás equivocarse, ser santo es tomar la cruz de cada día -nuestros más profundos desafíos y dificultades- y, como Cristo en camino al Calvario, volverse a poner en pie. En definitiva, ser santo es comenzar y recomenzar.

Antes de despedirme, quiero recordarte y pedirte algo: no dejes de “hacer jaleito”, de quitarte el miedo y atreverte a ser Feliz (sí, en mayúsculas), de estudiar ofreciendo cada ejercicio super agobiante de mates -que yo no entiendo ni a palos- por ese amigo tuyo que ve a las niñas como filetes andantes, por tu profe que el estrés lo tiene casi sin pelo, por tu novia o novio que le quieres querer a montones y sanamente, por esa persona que conociste en Instagram y ha sido super amable contigo, pero por sobre todo, quiero pedirte que NUNCA dejes de estar loco. Ojalá nos volvamos un poquito más locos cada día, loquitos de amor. ¡Es que la vida es amarilla, amar-y-ya!

Si no nos alcanzamos a conocer en esta vida, no pasa nada, que como dijo Joan Folch, ¡nos vemos en el Cielo! Un abrazo y que siga la revolución.

Agustín Larson

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