miércoles, abril 21, 2021
Confinadas por Amor
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Quiero gastarme de amar

No conozco otro camino que «el amor» para llegar a la perfección… ¡Amar! ¡Qué bien hecho está para eso nuestro corazón…!”

Con esta cita de Santa Teresita de Lisieux me gustaría dar comienzo a mi testimonio. Me llamo Cristina, acabo de cumplir 21 años y soy de Sevilla. Muchos me conocen por Nina, nombre que tiene para mí un significado muy especial que a lo largo de mi testimonio revelaré. Esta cita podría decirse que cambió mi relación con Dios, que la mejoró, que me abrió los ojos cuando no podía ver, que me transformó como persona y cristiana.

Desde que tengo uso de conciencia, el catolicismo ha formado parte de mi vida. Me he educado en una familia católica y seguido todas las tradiciones que como cristiana se han de seguir. Mi abuela me llevaba a cada acto, besamanos y procesión que hubiese en la calle, algo muy frecuente teniendo en cuenta la ciudad en la que vivo. Por otro lado, al nacer mi abuelo me hizo hermana de la Hermandad de San Benito, y acompaño a Jesús en su Presentación al Pueblo cada año desde entonces. Además, junto con mi adorada Blancanieves, lo único que veía en la televisión para entretenerme eran vídeos de Semana Santa. Tan cerca sentía a Dios por aquel entonces, que cada vez que pasaba por delante de una Iglesia, les pedía a mis padres que parasen, que había que entrar a saludar al “Nino”, como yo llamaba a Jesús, para que no estuviese triste.

A mediados de Educación Primaria, mi fe empezó a desvanecerse rápidamente. Seguía visitando al Señor, pero con mucha menos frecuencia; seguía realizando la estación de penitencia, pero como algo rutinario y desprovisto de sentido. Había muchas cosas que no comprendía, ¿cómo podía Dios ser bueno si había tanto mal en el mundo? ¿Cómo podía Dios estar a mi lado si me sentía más sola que nunca? A pesar de todas estas dudas, hice la Primera Comunión. Este día lo recuerdo como uno de los más bonitos de toda mi vida. Toda mi familia estaba unida y celebrando que yo había recibido el cuerpo de Dios por primera vez. ¿Cómo podía ser? ¿Dios tendría algo que ver?

En Secundaria me cambié de colegio y me matriculé en las Salesianas, colegio que marcó un antes y un después en mi vida. En él conocí el carisma salesiano y a Don Bosco, uno de mis mayores referentes. Aprendí que el amor y la alegría mueven el mundo, ensanchan el corazón y nos acercan a Dios. También conocí a María Auxiliadora, y Ella lo hizo todo. Me regaló la oportunidad de redescubrir qué significaba ser cristiana, me dio la mano y me guio cuando más lo necesitaba. Me enseñó, a través de los profesores, animadores y familia salesiana que Dios está conmigo incluso cuando más me cuesta verlo, que Dios es amor por encima de todo y que tanto Él como ellos confiaban en mí.

Tanta fue la influencia de mi colegio, que cuando tuve que dejarlo me negué a dejar también esos valores salesianos que tanto me habían marcado. Descubrí entonces la Escolanía María Auxiliadora, a la cual no dudé en apuntarme pues me apasiona cantar, a pesar de que me dé bastante vergüenza. Desde el primer ensayo que tuve me sentí en casa, y sentí ese cariño tan bonito que se respiraba en el ambiente. Las sensaciones que he vivido gracias a esta coral son casi indescriptibles. Cantarle al Señor cuando va por la calle, en misas, en diferentes actos… Ensancha el corazón y te llena de alegría. Esa alegría que tanto proclamaba Don Bosco había empezado a vivirla, a sentirla.

Decidí en ese momento que era hora de confirmar mi fe y empecé a asistir a catequesis. Allí volvieron a surgir los interrogantes y las dudas que me asaltaban, y se me hizo muy difícil responderlas. Me planteé mil veces alejarme de la fe cristiana, pero mil y una veces Dios encontró la manera de que volviese a ella. La Escolanía, María Auxiliadora, Don Bosco y mis madrinas de confirmación me ayudaron a afianzar lo que yo ya sentía en mi interior: Dios era amor y quería por encima de todo que fuésemos felices.

El amor es duro, pero es nuestra esencia. Eso es lo que nos eleva por encima del resto de las criaturas” – Santa Rosa de Lima.

Entonces, ocurrió lo inesperado. Empecé a ver a Dios en cada una de las risas de los niños, en cada mirada de cariño, cada palabra y cada gesto de todos los que me rodeaban. Pero lo más sorprendente fue encontrarlo frente al espejo, abrazando y encendiendo mi alma. Me sonrió a través de mis ojos y sentí su dulce mirada. Aquel día vi a Dios, lo vi muy de cerca y no sabéis cuanto me hacía falta.

A día de hoy puedo decir con seguridad que, a pesar de todas las dudas y a pesar de todas mis idas y venidas, siento que Dios está a mi lado a través de las personas que me regalan su tiempo, cariño y confianza; porque Dios para mí al fin y al cabo es eso: amor. “Quiero gastarme de amar” no es solo el título de este testimonio, sino también es un propósito de vida, un proyecto a largo plazo que encierra en sí todas las vocaciones, pues el amor es eterno, Dios es eterno.

No quería acabar mi testimonio, sin haber descubierto el porqué de mi nombre. Cuando me abrí mi cuenta de Twitter (@unbichitodeluz) no sabía qué nombre ponerme, pues quería en un principio ser “anónima”, así que pedí consejo. No recuerdo quien me propuso el nombre de Nina, pero me gustó. Días más tarde me di cuenta de que “Nina” sería el femenino de “Nino”, nombre que utilizaba de pequeña para referirme a Jesús; al igual que “Cristina”, mi nombre real, lo es de “Cristo”. Muchos no lo creerán, pero yo lo tomé como una señal de que estaba eligiendo el nombre correcto, de que me traería cosas buenas, y así ha sido.

Finalizo al igual que empecé, con una cita del libro Me enamoré de un leproso que se convirtió en mi lema de vida.

La felicidad no consiste en tener una vida larga, sino en el amor con el que has vivido la vida” (Ramón Miranda).

Cristina L. R.

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