A la cabecera de mi cama, sentado mi padre, me explicaba, cuando yo solo contaba con unos tiernos cuatro añitos, dónde estaba mi yayo Luis, dónde está ahora, cuando no lo llegué a conocer. A pesar de mi persistente llanto de incomprensión, él me decía que seguía conmigo, que nunca dejaría de estar a mi lado; que mi madre lo veía y lo vería en los ojos de mi hermano y en los míos, en nuestras expresiones heredadas inconscientemente; en mi rabia contra el árbitro en cada uno de los partidos del Real Zaragoza, en nuestras quejas y nuestras aficiones; en el olor de las calles de La Almolda y Albalatillo, pueblos donde él vivió; en las confusiones de mi yaya al llamar a mi padre, y en el lecho desde el que ella, su amada esposa, le fue a acompañar trece años después. Aún lo recuerdo como si fuera ayer. Si no lo llegué a conocer cuando yo era un niño fue porque aún ahora lo sigo conociendo, no solo al observar todas esas cosas que su hija, mi madre, me sigue ayudando a advertir, sino porque lo conozco más cuando me voy conociendo más a mí mismo, pues yo estoy con él y él está conmigo.

Si una certeza tenemos en esta vida las personas es que no es para siempre. Si la muerte trae sufrimiento es porque se nos hace presente, en esta vida terrenal y sensible, la ausencia de la persona a la que echaremos de menos, con sus deseos y pasiones, sus miedos y dolores, la realidad de su compañía. No debemos negar ese sufrir, ni evitarlo ni atajarlo, ni rodearlo ni enterrarlo, debemos conocerlo y celebrarlo. Estar seguros de que el sufrimiento de la falta de alguien amado es fruto de eso mismo, el amor que por él sentimos y sentiremos, y ese sufrimiento es un regalo, ¡bendito sufrimiento! ¡Bendita maldición! Solo ser conscientes de esto ya nos puede llenar de gozo: alegría y esperanza, pues he amado.

Esto no es incompatible con llorar la pérdida, al contrario, es parte de eso mismo. Ni el Amo y amante de la vida se puede resistir a entristecerse por la marcha de sus amigos (Jn 11), que comparte el dolor de los presentes aun seguro de la Vida Eterna, aun sabiendo que esa muerte no acaba con ellos: que la muerte no acaba nunca con la vida, ni la vida acaba con la muerte. Y también está a nuestro lado, derramando nuestras lágrimas en la despedida del ser querido, pasando nuestro duelo entero: incrédulo en la negación, enrabietado por nuestra desesperación, compasivo en la negociación, lloroso en la tristeza y aliviado en la aceptación. Todo ello necesario para una despedida que no solo no es para siempre, sino que no es casi ni despedida.

Por todo esto, no tiene sentido tener miedo de la muerte. La fe es el mejor remedio contra ello, pero si en ese suspense nos halla la debilidad, que el miedo nos impulse a vivir; vivir tanto y tan intensamente cada día, que la muerte nos encuentre con ganas de descansar en ella, hasta buscándola: buscándola en el corazón de la vida (El profeta, Khalil Gibrán).

Y de este modo es cómo la muerte le da valor y sentido a la vida: haciéndonos conscientes del tiempo que poseemos en este mundo, del tiempo limitado e insignificante del que debemos sacar todo el provecho para disfrutar de cada persona, que es un regalo infinito; de todo el mundo que se cruce en nuestro camino, más especialmente de la familia, que es donde este valor tan grande y a la vez tan fugaz como es el tiempo que tenemos, se hace patente de una manera tan cercana, real, personal, única, cotidiana, mundana, eterna. Desde lo más pequeño de la familia debemos aprender lo más grande del amor.

Todavía no nos ha revelado Dios qué sucede cuando el espíritu parte del cuerpo hasta que nos encontramos con Él, cara a cara. No creo que quiera que nos preocupemos de eso ahora, sino de cómo hacemos uso del sufrimiento ante una pérdida y del amor que lo sostiene, para llenarnos de vida y movimiento, deseos y pasiones, miedos y dolores; para vivir todo lo que nosotros seguimos viviendo y todo aquello que los que nos han dejado siguen viviendo a nuestro lado.

Antonio V. D. Sierra Maestro-Lansac

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