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Una propuesta para esta Cuaresma

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Una propuesta para esta Cuaresma

Aún recuerdo afirmaciones de pensadores y hombres de fe del siglo pasado que ante la realidad histórica sufrida coincidían en afirmar como la ausencia de Dios conduce, se quiera o no, al infierno ya en la tierra. Por ejemplo, los horribles eventos de Auschwitz, archipiélago Gulag, o nombres como Hitler, Stalin o Pol Pot. En efecto, un observador honesto podría definir el infierno como el conjunto de las trágicas consecuencias de la ausencia de Dios. «Estos infiernos fueron fabricados para preparar un mundo futuro de hombres que se bastaran a sí mismos, convencidos de no tener ya necesidad de Dios». «Donde no hay Dios, despunta el infierno, y el infierno persiste sencillamente a través de la ausencia de Dios» (Card. Joseph Ratzinger).

Resulta curioso, o mejor dicho, paradójico que se abogue esta exclusión de Dios precisamente en aras de una exaltación y liberación del hombre. Por ejemplo, en la salud reproductiva, el aborto, la eutanasia, el comercio de órganos humanos, o los vientres de alquiler, la fabrican fetos, uso frecuente de drogas, sexo libre, transgénero abierto, etc… Para muchos estos son avances al servicio del hombre, pero no advierten que el desprecio del hombre que subyace en ellos –cuando se usa o se abusa del hombre– conduce, tarde o temprano, a la trágica caída a los infiernos.

¿Qué podemos hacer?

Se me ocurría para esta Cuaresma, darle la vuelta al argumento, ofrecer una opción de conversión cristiana al planteamiento decadente actual, “Donde está Dios, está el Cielo”. Tenemos por delante una propuesta sencilla y grandiosa a a vez: hacer presente a Dios en la vida ordinaria, testimoniar con nuestras vidas a Dios, de modo creemos un espacio para su presencia, sin vergüenzas que ahoguen. Abrir las ventanas (ojos, bocas, oídos) de par en par para que la luz de Dios pueda brillar especialmente por medio del amor a los demás, empezando por los que tenemos más cerca. Y a pesar de nuestras debilidades personales el mundo se llenará de ese luz que viene de arriba.

Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído. (Es Cristo que pasa, 30)

¿Te animas?

Publicado por rsanzcarrera en Tan_gente