Creo que cada uno de nosotros jugamos un papel importante en nuestra sociedad, sabemos que todos tenemos la responsabilidad, como ciudadanos, y agregado a esto, como fieles creyentes del Evangelio, de buscar, velar y luchar por la justicia y el bien común, en especial por buscar la forma de encaminarnos, y encaminar a los demás hacia que, haciendo uso de su plena libertad, podamos elegir el bien, lo que es correcto, y acercarnos así a los ideales más nobles, para llegar a todos a aquello que anhelamos: una sociedad en armonía, una autentica paz, y una felicidad plena.

Pero, hay dentro de nuestra sociedad, una laguna que a veces nos hace estancarnos, y que necesitamos recordar constantemente lo que debemos hacer: ¿Qué pasa cuando alguien no piensa igual, o no elige el bien? Se rompe esta armonía, y a veces en lugar de estar ocupados en encontrar soluciones, nos enfocamos en encontrar culpables, los señalamos, los etiquetamos y decimos que son personas moralmente malas.

Si bien la realidad es que existen actos moralmente buenos o malos, no debemos de permitir encasillar a las personas que realizan estos actos, esa persona no es buena o mala, es persona, y sigue siendo digna de ser amada, respetada y valorada, debemos de juzgar los actos, no a las personas.

Con esto no me malentiendan, no quiero confundir, debe de haber justicia y también debe de restaurarse el orden, pero vayamos mas allá, eduquemos en el amor, enseñar al que no ha sabido hacer bien las cosas, corregir a aquél que lo necesita, pero jamás etiquetar, excluir, encasillar, y mucho menos condenar, siempre y sobre todo, Amar, pues para poder amar se debe educar el corazón, tanto el nuestro como el de los demás.

Si Cristo, viendo aun nuestras faltas, tiene un mar de misericordia para nosotros, deberíamos corresponder a ello y hacer lo mismo con los demás.

Abraham Cañedo

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