martes, octubre 26, 2021
Confinadas por Amor
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“Que lo que Tú quieras, yo lo quiera. Que lo que Tú permitas, yo lo abrace”

Mi nombre es Blanca y tengo 23 años. He crecido en una familia cristiana y he estudiado en un colegio católico. Además, mi familia siempre ha prestado una especial atención a que continuara mi formación como miembro de la Iglesia.

Por todo, se puede decir que llevo escuchando hablar de Dios desde temprana edad, pero no le he conocido de verdad hasta hace poco tiempo.

Con diez años perdí a mi padre por un infarto. Nadie se lo podía esperar, yo menos, y aquella fue la primera vez que experimenté de cerca el sufrimiento y no fue fácil. ¿Dónde estaba Dios? Yo no le culpaba de lo que había sucedido, pero no recuerdo haberle sentido a mi lado en ningún momento por lo que, sin quererlo, comencé a ignorarlo.

Tras muchos años asistiendo a misa por tradición, continuando mi formación porque mis amigas también lo hacían y rezando cuando me convenía, comencé a preguntarme dónde estaba ese Jesús que se suponía que me amaba, porque no terminaba de verle ni sentirle. Empecé a tener un gran deseo de conocer de verdad a Dios, así que me propuse intentar cumplir siempre su Voluntad, pero la verdad es que caminaba a ciegas.

Como se suele decir, los tiempos de Dios son perfectos y años más tarde acudí a un retiro espiritual en el que me di de bruces con Jesús resucitado, vivo. Tuve, como se suele decir, una experiencia de Dios.

Desde entonces vivo la fe de una forma completamente distinta a cómo lo hacía antes. No soy perfecta, ni mucho menos, pero Dios nos quiere tal y como somos, en el reconocimiento de nuestra debilidad y así está bien para Él. He descubierto que la práctica de la fe no consiste en cumplir normas y buscar la perfección en ese cumplimiento (eso solo es fruto de nuestra soberbia) sino que consiste en establecer una amistad con un Dios vivo a través de los medios que la Iglesia nos da.

Para mi, tener fe es saber disfrutar de la vida en la tierra, pero con la mirada fija en el cielo, siendo consciente de que cada día es un don de Dios, una oportunidad para amar y ser amados, que no es más que el fin para el que hemos sido creados. Y sí, todo ello será posible si le permitimos entrar en nuestra vida y transformarla porque Dios ha creado a su criatura libre para amarle, libre para amar a los demás como Él nos ha amado. Así es Él.

A día de hoy soy consciente de que Dios nunca me dejó sola en el sufrimiento, sino que cuando salió a mi encuentro, yo (por mi debilidad) tenía el corazón duro y no le supe ver y que, precisamente cuando supe reconocer esa debilidad, me dio toda su fortaleza.

Que lo que Tú quieras, yo lo quiera. Que lo que Tú permitas, yo lo abrace”.

Me gusta repetir esta frase porque me ayuda a unirme cada vez más a Él, sobre todo cuando llegan las dificultades. Sé que, aunque no le vea o a veces no le sienta, Él me prometió que estaría conmigo todos los días de mi vida.

Blanca Gutiérrez

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