Queridos lectores, hermanos y compañeros, amigos todos. Os mando un fuerte abrazo y mis mejores deseos de que os encontréis bien.

Hace varios días, en una noche estrellada se me ocurrió lo más sencillo, mirar hacia arriba. Contemplé una inmensidad de estrellas casi infinita, ni en toda la noche habría podido contar todas las que había, junto a planetas, púlsares y demás objetos celestes que por mi escaso conocimiento, no alcancé a identificar. Tengo la fortuna de vivir habitualmente en un sitio con escasa contaminación lumínica y pude contemplar bien. Orión se alzaba con sus tres estrellas alineadas inconfundibles, y a su izquierda Betelgueuse, la eterna duda de supernova. Contemplando esta maravilla, mi primera reacción fue dar gracias a Dios por tan enorme regalo. Pasados 5 minutos comencé a reflexionar, primeramente que, si el universo es tan grande, inmensamente grande (tanto que nuestra mente no puede asimilar sus conceptos de distancia y tamaño) ¿cómo será de infinito Aquél que lo creó?. Y si el universo es tan bello pero a la vez tan luminoso, ¿Cómo de bello será Quién lo hizo?.

Ciertamente estas dudas no pueden responderse por el momento. Me paré a pensar en cómo debe mirarnos el Señor. Pese a haber creado objetos tan enormes, tan luminosos y tan bonitos, nosotros, el barro que es el hombre, es el centro de su creación y de su amor. Ni cien millones de estrellas son amadas por Dios como ama al hombre, el hombre pese a todos sus defectos y todas sus manchas, es el centro del amor divino. Y es así por mera gracia suya, porque tristemente nuestra soberbia y nuestro pecado en ocasiones son tan grandes como el propio universo. Pero nada en comparación con su bondad y su misericordia.

Me sentí aquella noche realmente pequeño, mirando al cielo comprendí que no somos más que una mota de polvo en toda esa inmensidad, pero sin embargo, somos el centro de la mirada de nuestro Padre Dios, quién en medio de tanta distancia, centra sus ojos en cada uno de nosotros, para cuidarnos y protegernos. Por ello recuerdo ahora las palabras del salmista: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?. Pues si bien esto también es un misterio, la única (y mejor) opción que nos queda es confiar y esperar, dejarnos amar por Él. Y que en medio de la inmensidad de la noche estrellada, nos sintamos no pequeños si no, los predilectos de aquél que hizo con sus manos tanta belleza.

Os escribo y os recuerdo con todo el amor de mi corazón.

Carlos García.

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