Hoy quiero contarte la historia de San Juan María Vianney, reconocido como el Santo Cura de Ars.

Creció siendo un campesino francés, por los años 1800’s, justo cuando se desarrollaba la Revolución Francesa que persiguió terriblemente a la religión católica. Así que, él y su familia, tenían que asistir a Misa a escondidas, con temor de que los agentes de gobierno se dieran cuenta porque existía la “pena de muerte” para quienes hicieran públicas estas prácticas religiosas.

Él tenía un profundo deseo en su corazón de ser Sacerdote, pero su padre no lo consideraba como una opción de interés, ya que Juan María trabajaba cuidando ovejas y laboraba en el campo. Además que, claro estaba, no era fácil conseguir una plaza en un seminario en esos tiempos.

Cuando tenía 17 años, Napoleón mandó enlistar en el ejército a todos los jóvenes y Juan María no fue la excepción. Pero, curiosamente, en uno de los viajes de entrenamiento él enfermó y para cuando despertó sus compañeros ya se habían alejado del lugar. Quizo alcanzarlos pero en el camino se topó a un hombre (un claro enviado de Dios) que le dijo: “sígueme, te llevaré a donde debes estar”, se trataba de un desertor que huía del ejército.

Cuando llegaron a un pueblo, Juan María se acercó al alcalde para contarle cuanto había sucedido y aunque la ley ordenaba pena de muerte, el alcalde (siendo un hombre bondadoso) lo escondió y cuidó en su propia casa hasta que la guerra terminase y Napoleón mismo perdonase a todos los desertores.

Fue entonces que Juan María empezó a estudiar en el seminario, pero la historia cuenta que era muy duro de cabeza y con dificultad lograba aprender algo. Los otros sacerdotes decían que su conducta era excelente y su buena voluntad admirable… pero no podía conseguir “que se le quedara nada”.

Presentó los exámenes en el seminario y fueron un fracaso total. No obstante, los directivos del mismo tomaron a cuenta su buen criterio y sus apreciaciones en lo moral por lo que votaron que si se ordenara Sacerdote. Pero, aquí viene un dato muy curioso: muchos votantes le dieron un voto positivo pensando que nadie más lo haría…. ¡al final todos terminaron votando que sí se ordenara! ¿Increíble no? No cabe duda cuando Dios quiere, se hace.

Al poco tiempo de ordenado fue enviado a la parroquia más pobre e infeliz en un pueblo llamado Ars, lleno de cantinas y en donde sólo asistían alrededor de 5 personas a la Misa dominical. Viendo la realidad de aquel lugar, el nuevo Párroco de Ars se propuso un método triple para cambiar al pueblo: 1) rezar mucho, 2) sacrificarse lo más posible y 3) hablar fuerte y claro. ¿Qué hacía cuando la gente no iba a Misa? Él reemplazaba esa inasistencia pasando horas y horas frente al Santísimo. ¿Qué el pueblo era famoso por sus vicios y apatía? Pues él dedicaba los más grandes sacrificios por su conversión. ¿Qué hacía cuando los feligreses no querían dejar sus vicios? Ofrecía sermones duros y fuertes en los que, sin compasión, demolía todas las trampas con las que el maligno quería hacer que las almas se perdieran. Sus sermones, cuenta la historia, conmovían y convertían a quienes lo escuchaban.

No obstante, el demonio no soportaba ver cuantas almas este cura lograba alejar de su dominio, por lo que Juan María tuvo que entablar varias luchas sin compasión con el maligno.

Con el tiempo, su fe, testimonio y compromiso, lograron convertir a muchísima gente…¡incluso de otros pueblos iban a verlo y confesarse con él! Otro dato curioso es que cuando decidieron permitir que se ordenara sacerdote, pusieron esta inscripción en sus documentos: “que sea sacerdote, pero no lo pongan a confesar, porque no tiene ciencia para el oficio”. Y, bueno, tan “malo” resultó que llegó a pasar 16 horas sentado en el confesionario por las largas filas de feligreses que esperaban con ansías poder dialogar con él. Incluso dicen que en el confesionario llegó a conseguir conversiones impresionantes.

Sin duda, en Ars sentían un gran orgullo por tener un párroco santo. Cuando llegó al pueblo solamente iban algunos a Misa, pero cuando murió no había hombre o mujer que faltará a la celebración dominical. Ademas, cerraron muchas cantinas y bailadores del pueblo.

Él siempre se creyó un pobre pecador, pero Dios recompensó su humildad con admirables milagros que incluso hasta hoy han dado fruto.

Su historia me fascina, ¡es de lo más inspiradora! Por ello, hermanos, los invito a que oremos por todos nuestros sacerdotes, para que, a ejemplo del Santo Cura de Ars, puedan encontrar en Cristo la fuerza para ejercer una vocación digna de la Santidad. También oremos para que la Virgen María los cubra y proteja en la tribulación y puedan ser para nosotros guías fervientes en el desarrollo y afianzamiento de nuestra fe. Amén.

Myriam Ponce

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