Hace unos días me encontraba meditando sobre lo diferente que sería esta Navidad en mi hogar. Usualmente se reunía toda mi familia buscando festejar la llegada de Jesús; orábamos juntos y celebrábamos con una agradable cena. Pero, por el adecuado cuidado de nuestra salud, no hemos podido hacerlo.

Entonces, reflexioné en lo mucho que ha cambiado el mundo, ¡en tan poco tiempo!

Claramente recuerdo cuando me llegó un mensaje con el aviso de que acababa de declararse la pandemia, con todo lo que esto conllevaba. En ese momento me encontraba dando clase y pause mi explicación para decirle a mis alumnos: “este día lo recordarán por mucho tiempo” seguido de la declaración que acababa de leer.

Mantengo muy presentes sus caras y los comentarios que saltaron: ¿Qué pasará? ¿Vendremos al colegio mañana? ¿Cuánto durará esto? Y yo, aún siendo su maestra, no tuve respuesta.

Ciertamente, no la había. Pareció que, a pesar de los vastos esfuerzos científicos que teníamos como humanidad, un pequeño espécimen llegaba a demostrarnos nuestras más frágiles debilidades.

Por ello, sin duda, este año ha sido un huracán de cambios. Pero, a pesar de todos ellos, hemos sido testigos de una clara constante: la Misericordia de Dios. Y, por ello, debemos estar infinitamente agradecidos.

Agradecidos porque en el año en que más tuvimos presente que un día nuestro paso por esta vida terminará, nosotros vivimos.

Agradecidos porque en el año en que una nueva enfermedad atormentó a la humanidad, permanecimos sanos.

Agradecidos porque en el año en que la escasez se sucumbió por muchos lugares, hemos sido bendecidos con pan en nuestra mesa.

Agradecidos porque en el año en que el temor sometió a todo los medios, nuestra esperanza se mantuvo en Cristo.

Cuando nada parecía tener sentido, nuestra barca,… aquella que mencionaba el Papa Francisco y en la que nos encontramos todos,…no se hundió y todo ha sido por la Gracia Infinita de Dios.

Fuera de lo diferente que podría ser la celebración navideña de este año, este mes reflexionemos sobre la oportunidad que Dios nos ha dado para valorar aquello que verdaderamente nos acerca a Él.

Este es el tiempo, hermanos, para agradecer que, a pesar de todo, Dios ha estado presente y se ha encargado de nosotros como un Padre Amoroso. Y, especialmente en preparación para el nacimiento de Su Hijo Jesús, nos ha privado de cuántas distracciones ha podido para que podamos enfocarnos en éste, el más bello acontecimiento del año.

Así también, este mes los invito a orar juntos e insaciablemente para que la Santa Voluntad de Dios reine en los años venideros y podamos seguir siendo testigos, como hasta ahora, de Su Misericordia en nuestras vidas.

A Él es toda la gracia y el honor, por siempre. Amén.

Myriam Ponce

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