Este post será breve, muy breve. Consiste simplemente en una oración preciosa y verdadera de san Alfonso María de Ligorio, doctor de la Iglesia. Vale la pena detenerse en ella y hacerla vida. ¿Hasta qué punto tu voluntad pertenece a Dios? ¿En qué medida decimos, de corazón, «todo tuyo»?

«Mi querido Redentor, he aquí mi corazón, te lo doy entero: ya no me pertenece, es tuyo. Entrando en el mundo te ofreciste al Padre eterno, ofreciste y diste toda tu voluntad, como nos enseñas por boca de David: De mí está escrito en el Libro de la ley, que cumpliré tu voluntad. Es lo que siempre he querido, mi Dios. De la misma manera, mi querido Salvador, te ofrezco hoy toda mi voluntad. En otro tiempo te fue rebelde, por ella te ofendía. Ahora, me arrepiento de todo corazón por el uso que hice de ella, y de todas las faltas que miserablemente me privaron de tu amistad. Me arrepiento profundamente, y esta voluntad te la consagro sin reserva. 

Señor, ¿qué quieres que haga? Señor, dime qué me pides: estoy dispuesto a hacer todo lo que deseas. Dispón de mí y de lo que me pertenece como gustes: lo acepto todo, consiento en todo. Sé que buscas mi mayor bien: pongo, pues, totalmente mi alma en tus manos. Por tu misericordia, ayúdala, consérvala, haz que te pertenezca siempre, y sea toda tuya, ya que la rescataste, Señor, Dios de la verdad, al precio de tu sangre».

 

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