A menudo, creo que el empatizar con el otro no es tan fácil como parece, pues muchas veces significa dedicar o invertir tiempo, material, esfuerzo, escucha, entre otros, en pocas palabras, el empatizar nos empuja a salir de nuestra comodidad.

Pero a veces, deseamos tanto que el otro actué como nosotros queremos, o como nosotros creemos que es lo correcto, que cuando no es así, nos llevamos una decepción muy grande, simplemente se nos olvida el gran significado que conlleva empatizar.

El empatizar nos debe hacer caer en la cuenta que es simplemente demostrar amor, el amor nos debería llevar a “soportar las contrariedades” que la personalidad del otro suponen para mí, y ese mismo amor nos tiene que hacer caer en cuenta que esas “contrariedades” o “defectos” como nosotros le llamamos la mayoría de las veces son parte importante de la personalidad del otro.

Tal vez no es “soportar”, sino de verdad empatizar, mirar con amor aquello que no es tanto de nuestro agrado. Es cierto, hay actitudes que nos molestan, y que son incorrectas, porque realmente dañan a una tercera persona, o al más cercano, pero cuando se trata de la verdadera personalidad de alguien necesitamos mirar como Dios mira: unos ojos sin prejuicios, una mirada de amor y no de despecho, una mirada de ternura, apertura, acogida y no de rechazo.

¿Cuántas cosas no cambiarían en nuestro mundo, en nuestra Iglesia si nuestra mirada fuera como la de Dios? Si nuestra mirada estuviera cargada de amor, del verdadero, del que Dios se encarga de darnos, si hiciéramos eso, daríamos apertura a que Dios se posara en nuestro corazón de una manera más profunda y también en el del otro, al verlo reflejado en mí, así, sin más, sin prejuicios, sin etiquetas.

El verdadero cambio comienza con una acción tan sencilla pero a la vez cargada de tantos rostros, sucesos, imágenes y sobre todo, corazones de muchas personas a las cuales podemos conocer y adentrarnos en la aventura de profundizar: empatizar.

Abraham Cañedo

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