jueves, octubre 21, 2021
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Viviendo la vida en mayúsculas

Cuando alguien me pregunta ‘¿cómo vives la fe?’ no sé muy bien cómo responder. Supongo
que cayéndome y volviéndome a levantar… Cuando pienso en cómo vivo la fe, solo me  salen imágenes y recuerdos de las personas a las que más quiero y las que más me han acercado a Dios, como mi familia y mis amigos.

Primero de todo presentarme: me llamo María, tengo 17 años y nací en Tarragona. He tenido la oportunidad de vivir en diferentes países y hace dos años me mudé de Londres a Madrid, habiendo vivido prácticamente toda mi vida allí. Desde muy pequeña mis padres nos han ido inculcando valores cristianos, yendo a misa cada semana y rezando por las noches, aunque les supusiera un esfuerzo por no ser nosotras muy receptivas. Aún teniendo esa suerte, a los 15 años mi Fe era casi inexistente.

Cuando vivía en Londres estaba rodeada de gente no creyente, que constantemente me
trataban de explicar porque Dios no podía existir. Y claro, a una edad tan frágil y complicada sueles creerte lo que dicen tus amigos y lo que está de moda a tu alrededor. En la adolescencia es más fácil dejarse llevar por los demás y sus opiniones. Encontraba muy difícil tener fe al ver que la gente que yo tenía alrededor no sentían lo que en mi familia me
transmitían. Además en la parroquia a la que iba no había ningún joven salvo mi única amiga creyente en esos momentos. Por eso, al llegar a España, me sorprendió muchísimo
encontrarme con iglesias llenas y además de gente joven. Por ejemplo, un día cenando con
mis amigas delante de una iglesia, vimos cómo se llenaba la plaza de enfrente de gente
tratando de escuchar la misa. Eso nunca lo había visto y es algo que creo que mucha gente no aprecia o que no se da cuenta.

También viví un gran cambio al llegar a mi colegio en Madrid, al hacerme amiga de dos chicas que tenían una fe muy sólida y con las que aprendía más sobre la religión. Al mismo tiempo, mi madre me apuntó a catequesis en la parroquia de mi barrio. Todo esto en conjunto me iba acercando más a Dios.

Para verano habíamos pensado hacer el Camino de Santiago con mi grupo de amigas del
colegio, pero el coronavirus lo impidió. Sin embargo esto nos permitió hacerlo con la parroquia de una de las amigas de las que hablaba antes. Una cosa que al principio parecía inoportuno se convirtió en una de las mejores experiencias de mi vida. Esto me demostró que en cualquier circunstancia, por muy mala que sea, se pueden sacar cosas positivas y aprender de ello.

Tengo muchísimos buenos recuerdos del Camino pero sobre todo las amistades y la gente que conocí. Nunca me había sentido tan fácilmente integrada en un grupo y tan rápido. No solo en el Camino, sino después, al conocer mejor a la gente me di cuenta de que en los momentos en los que estoy más fría son ellos los que me motivan a seguir. También asistir a catequesis me enseñó el valor de la formación y lo importante que es tener esa base para poder construir sobre ello.

A pesar de esa buena experiencia, me estoy dando cuenta que no todo son ‘happy flowers’. Es muy fácil alejarse y caer en una rutina de ir cada semana a misa y no realmente vivir la fe. Puedes ir a adoraciones, charlas y retiros en los que sientes que te comes el mundo, que tus sentimientos te llevan a intentar vivir la fe lo mejor posible. Pero luego se va esa seguridad, vuelves a la rutina de cada día y se puede hacer muy repetitivo.

Algo que siempre me ayuda es la música, porque en los momentos en los que me cuesta rezar la letra de las canciones dicen lo que siento. Esto me ha enseñado que hay muchas formas de rezar y no sólo una que sea correcta. Desde pequeña siempre me ha apasionado la música. Transformar algo que me resulta familiar, algo de mi día a día, en oración lo hace mucho más fácil para mí. Me sale más natural.

Es fácil encontrar esa chispa inicial, lo que es difícil es mantenerla. Y cuesta más aún cuando no estás en un ambiente católico, por ejemplo en mi colegio, por qué hoy en día ser católico no está de moda. Al igual que nuestro plan original del Camino pareció fallar, y luego se transformó en algo maravilloso, lo mismo pasa día a día en mis relaciones con los demás. ¡Rodearme de gente no creyente y no compartir todas nuestras ideas no es malo! Es una oportunidad para crecer. Son amistades para mí muy valiosas aunque tengamos nuestras diferencias, cualquier verdadera amistad es un regalo. Aunque a veces me cuesta hablar sobre mi fe por miedo a ser rechazada y que me juzguen, siento que tenemos que ser nosotros mismos y seguir Viviendo en mayúsculas.

Maria Clopés Vidal

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