Mi testimonio de Fe. Iria Gálvez

    Soy Iria Gálvez Trigo, tengo 22 años y, además de Maestra de Educación Primaria (aunque aún no ejerzo), soy Cristiana Católica. Mi Fe es algo que me lleva acompañando desde que tengo memoria, pues, todavía durmiendo en la cuna, todas las noches rezaba con mi madre. Ella me ha enseñado a sentir a Dios por las noches con la oración, me ha enseñado las oraciones más importantes y ha tatuado en mi alma así un hábito que aún conservo y espero no perder jamás: el de contarle a Dios mis problemas y buenas dichas antes de dormir.

    Desde los 3 hasta los 16 años he ido a un colegio de las Hijas de la Caridad (todo gracias a mis padres). Ellas siempre han sabido trasmitirnos a los niños el carisma de San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac por medio de la asociación de JMV (Juventudes Marianas Vicencianas), guardándonos bajo el Manto Protector de la Virgen María a través de la Medalla Milagrosa, símbolo fundamental que invito a conocer a todas las personas, en especial a los cristianos. Su historia es enternecedora, cobra vida por medio de la aparición de la Virgen a Santa Catalina Labouré, persona también muy estudiada en este colegio.

    En la asociación de JMV, que he mencionado anteriormente, es donde empezó a florecer mi Fe de manera especial. Esta asociación está movida por el Carisma Vicenciano y busca llegar y llevar a los más jóvenes, evangelizando con obras y palabras de las manos especiales de Cristo y María. Es aquí donde recibí catequesis después de mi Primera Comunión hasta la confirmación y donde posteriormente me hice catequista (siéndolo todavía), empecé a participar en encuentros, actividades y campamentos con niños, floreciendo y dejándose mostrar así también mi vocación de maestra.

    Posteriormente, a los 16 años, empecé a explorar el maravilloso mundo sin fronteras del voluntariado, y de la mano de un amigo sacerdote y más amigos laicos me fui al Cottolengo de las Urdes (al que he vuelto varias veces más). Allí experimenté una conexión profunda con Dios por medio de las personas más desvalidas, y descubrí una gratificación intensa en la ayuda al prójimo. Es decir, viví el evangelio en primeras carnes, y he de decir que, es duro pero muy gratificante.

    Posteriormente Dios puso en mi vida a una persona de gran importancia: mi novio, con el que llevo ya casi 5 años. Él es ateo, y esto, lejos de ser algo que entorpezca mi fe, me ha ayudado mucho en la misma, pues he aprendido a valorarla mucho más y a ver que es algo que no todo el mundo consigue tener y que realmente vale muchísimo.

    Logo de JMV 2018

    Todo este camino que recorrí con mi Fe fue precioso, además durante mi adolescencia tuve momentos de oración en la soledad, en la iglesia, en la cama, etc… realmente trascendentales. Pero el camino de la Fe también es tortuoso, y poco antes de comenzar la universidad comencé a sufrir una crisis de Fe profunda que duró aproximadamente 1 año y medio. Está crisis de Fe yo considero que fue algo bueno, algo necesario. Posiblemente la sufriese por dos motivos: porque razonar la Fe (que es algo bueno y necesario) a veces te lleva a puntos muertos en medio de un mundo tan desolador, y por los nuevos ambientes en los que me movía con personas que tenían una actitud muy anticlerical, y llegaron a mermar mi Fe.

    A pesar de ello yo no dejé de ir a misa ni de rezar por las noches (aunque sí dejé de orar un tiempo), pues seguía conectada al corazón de Cristo por un hilo invisible que ni Él ni yo quisimos soltar. Comencé a preocuparme mucho por el hecho de poder perder mi Fe, y curiosamente la persona que me ayudó a recuperar la misma fue la persona que menos podría imaginar: un ateo, mi novio. Él comenzó a ver que yo estaba perdiendo mi esencia, mi “chispa”, estaba dejando de ser yo, y él estaba enamorado de una persona Creyente, pues yo tenía la Fe que a él le faltaba y que necesita muchas veces.

    Como bien he dicho, seguí yendo a misa, y él empezó a acompañarme. Empecé a razonar con él la Fe y el ateísmo, y fue él quien me hizo ver que merecía la pena seguir creyendo, que no estaba loca, que sí que había motivos. Siento que Cristo mismo actuó por medio de mi novio, y que él no lo sabe.

    A día de hoy mi Fe ha crecido y es más fuerte y madura que antes. Sigo haciendo voluntariado en varias asociaciones y siendo catequista, y sueño con poder ejercer pronto de maestra para educar a los niños en valores cristianos. Y, aunque ahora durante la pandemia no puedo practicar mi Fe como me gustaría (pues no voy a misa presencialmente ni puedo hacer voluntariados por convivir con familiares de riesgo), he aprendido a servir al prójimo en la familia y a rezar con mi propio “altar” escuchando el evangelio por Internet.

    Sigo contándole a Dios mis problemas y mis buenas dichas antes de dormir.

    Iria Gálvez Trigo