Poco antes de Navidad hablábamos por teléfono sobre la nueva ley de eutanasia y nos daba mucha tristeza pensar que terminarían aprobándola, como así sucedió poco después.

Comentábamos y constatábamos cada vez más disparadas-el teléfono echaba humo-, que se había generado mucha polémica en la sociedad con el tema.

Me decías y lo compruebo también a mi alrededor, cómo crece la confusión y dudas entre amigos y conocidos. Algunos de ellos, que siempre se habían declarado contrarios a la ley de la eutanasia, ahora no lo ven tan claro.

Enseguida pasan a contar casos conocidos en los que la muerte ha supuesto una liberación. Casos que efectivamente dan mucha pena y son de una dureza increíble.

Comprendo que es muy triste ver sufrir a una persona y que por eso, ante muchas situaciones límites, surge el pensamiento de “que por favor acabe de sufrir de una vez”.

Es muy duro ver a gente enferma y desahuciada sufrir y muchas veces no se entiende el sufrimiento. Es terrible para el que lo padece y también para todas las personas que le rodean.

Ver sufrir a las personas que queremos es ya un gran sufrimiento en sí mismo.

Esto por no hablar de algo que da un poco de vergüenza reconocer pero que ahí está: La vida se complica mucho en una familia con un enfermo terminal.

Todo esto -ya sé que me repito-puede llevar a pensar: ¡Que acabe todo de una vez! Pensamiento muy humano y comprensible pero que no por eso justifica cualquier actuación.

El camino fácil muchas veces no es el mejor camino.

Por esto, creer y defender la idea de que en ningún momento nadie -ni uno mismo- es dueño de quitarse la vida, suena a extraterrestres: ni se entiende, ni se acepta, ni parece buena idea para mucha gente.

Yo no dudo de que muchos de los que defienden la ley de eutanasia puedan tener no solo buenas sino muy buenas intenciones. Se entiende bien su punto de vista tan “humano”.

Cuesta mucho ver con claridad el tema cuando no se tiene la suerte de ver la vida con sentido de trascendencia, con los ojos de Dios. Sólo desde esa perspectiva cobra su auténtico valor la vida humana.

Un valor que va más allá de la salud o de la enfermedad, de la inteligencia o del retraso mental, de la utilidad o de la incapacidad física o intelectual de las personas.

Cuando olvidamos que somos hijos de Dios, el hombre simplemente es un animal, un animal más inteligente la mayoría de las veces, pero un animal al fin y al cabo. Y a un animal se le puede matar cuando sufre y se le puede matar por el bien de la especie.

Pero tú y yo sabemos @queridahija, que la dignidad auténtica del hombre no viene de su inteligencia o de sus capacidades, sino de ser hijos de Dios. Posiblemente haya animales más listos que muchas personas incapacitadas, pero nunca más valiosos.

Cuando nos sabemos creados para la eternidad es cuando cobra nuestra vida un valor único. Sólo así entendemos que la vida no nos pertenece, que es de Dios y que Él nos la da y El nos la quita. Sólo desde esta perspectiva comprendemos que también el sufrimiento tiene valor y sentido: Dios cuenta con él en su providencia sobre nosotros. Cuenta con nuestro sufrimiento y con el sufrimiento de las personas que nos ven sufrir.

Es parte de nuestro caminar por la tierra.

Todos conocemos gente que cuida a sus enfermos y a menudo les dedica mucho tiempo e incluso lo mejor de su vida. No sabemos, dado el caso, si seríamos capaces de tanto sacrificio, pero no podemos dejar de valorar a estas personas y reconocer que engrandecen la raza humana y que eso es lo verdaderamente valioso y humano.

Confiamos en que Dios nos dé las fuerzas llegado el momento. Y puede ser que se nos pase el pensamiento alguna vez de ¡que esto acabe ya! Pero espero que sigamos al pie del cañón porque creemos que tiene un sentido y que Dios cuenta con ello.

Por otro lado, a veces dudo cuando hablan de que alguien quiere morirse. Tanto la persona que quiere suicidarse como la que pide la eutanasia suele ser porque sufre mucho física o psíquicamente, o porque está deprimida, o se siente angustiada o porque quiere evitar a los suyos la carga, muchas veces heroica, de tener que cuidarle.

Pero si se siente confortada, acompañada y querida, aliviados sus dolores, posiblemente no desee morirse. Tiene lo que necesita y se agarra al instinto de supervivencia.

Nuestra sociedad derrocha satisfacción y seguridad en sí misma y promete la felicidad a mucha gente. Pero si analizamos un poco vemos que es una felicidad con condiciones. Se parte de que para lograrla se necesita salud, dinero y juventud. No se entiende demasiado una felicidad sin esos requisitos y a veces todo acompaña a quitarse de enmedio ante cualquiera de esas carencias.

Por otro lado, es muy bonito ver como todavía se cuida desde muchos sectores a nuestros ancianos.

Cuando abuela N estaba enferma y pasábamos muchas épocas de hospitales, siempre me maravillaba encontrar tanta gente, entre el personal sanitario público, que la trataba y cuidaba, con sus más de 90 años, como si fuera una persona con toda la vida por delante. También es muy bonito ver cómo ahora, ante la llegada de la vacuna covid, los primeros en recibirla son nuestros mayores. Qué bonita una sociedad que atiende y cuida con esmero a los más débiles.

Me da pena pensar, con la nueva ley de eutanasia, los posibles casos en los que un buen padre o una buena madre, se pueden sentir obligados a pedir que les maten ya , que les ayuden a morir.

Ponte en el lugar del enfermo: La enfermedad terminal se alarga y van pasando los días. La buena madre comprueba que la vida de trabajo y de mil compromisos de sus hijos les dificulta cuidarla. Ve cómo es una carga demasiado pesada para ellos y todos saben que hay una manera de terminar rápido. ¡Es tan difícil y a la vez tan fácil esa solución!, ¡la liberación para sus seres queridos!

Tan sencillo como pedir que la maten ya, que la ayuden a morir. De esta manera pediría la eutanasia “libremente” y los hijos y familiares respirarían tranquilos. ¿O no?

Querida Cecilia: no te canses de defender la vida.

Un besazo

mamá

Publicado por Conchita Pascual en Queridos hij@s

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