Experiencias Erasmus de María Luisa Márquez de Aracena

    Como decía San Agustín “El mundo es un libro y aquellos que no viajan leen solo una
    página”.

    Hoy en día podemos afirmar que vivimos en una sociedad globalizada. El acceso a la comunicación e información nunca estuvo tan al alcance de nuestra mano, al igual que la facilidad de viajar a otros países de una manera segura, rápida y eficaz.

    Sin embargo, el placer no es uno de los principales motivos de movilidad internacional.
    Muchas son las personas que emigran por trabajo o que huyen de conflictos bélicos, políticos, económicos o sociales buscando un país mejor.

    La internalización de las empresas, la alta competitividad educativa y de idiomas, hace que numerosos jóvenes complementen su formación académica con estudios en el extranjero. Por ello, gran parte de las universidades ofrecen programas de intercambio con el objetivo de enriquecer la formación de sus alumnos siendo uno de estos, el más conocido en la comunidad europea, el programa Erasmus.

    La realidad es que solemos escuchar que las estancias Erasmus son signos de divertimento, fiestas, viajes y cualquier evento contrario al estudio y al esfuerzo académico. Quizás para muchos sí lo sea, y lo adopten como un periodo descafeinado de obligaciones al que se suma además la relajación en el crecimiento y formación en la fe que parece justificar la distancia y el tiempo.

    Seguir con la formación total de la persona, depende de uno mismo, y solo la voluntad de
    permanecer ajeno a la desidia ha de ser el único argumento de valor a llevar en la maleta.
    Así lo vivimos muchos jóvenes y quizás reflejar nuestra experiencia en papel logre dar luz, o cambiar el concepto de la cabida de Dios en nuestra experiencia internacional.

    Particularmente, he tenido dos experiencias Erasmus, en Praga y Roma, y en las dos he podido continuar con mi formación y vivir mi fe de una manera diferente. Pero me gustaría centrarme en la más reciente, Roma. El año pasado tuve la oportunidad de realizar mi segundo Erasmus en Roma. Estaba emocionada, muchas amigas también me acompañaban. Íbamos a una de las más increíbles ciudades de Europa. Vivía con tres amigas más en el barrio del Parioli y mi universidad era Luiss, una de las más prestigiosas de Italia y de Europa. Parecía que iba a ser perfecto. Y así lo fue, pero no precisamente de la manera que me imaginaba. Como siempre “los caminos del Señor son inescrutables”.

    Todos los días salíamos, había siempre grupos especializados en los Erasmus en organizar fiestas y eventos, nos hicimos amigos italianos y acudíamos con ellos a innumerables planes. Desde luego los planes eran máximos, pero sentía que faltaba algo. A mediados de octubre tuvo lugar en Roma, la HAM de Hakuna. Seguro que a muchos os suena o vais a sus adoraciones.
    Yo conocía este grupo, porque había asistido en Sevilla a varias adoraciones, pero no era algo que hiciese a menudo. Por una serie de circunstancias y sobre todo de personas que el Señor te pone en tu camino, acabé en todos los eventos de la HAM. ¡Y bendita la hora! Fueron 4 días muy intensos de conexión con Dios, con los demás y conmigo misma. Cuando terminó aquello tenía las pilas totalmente cargadas. Yo siempre digo que la fe
    es como una pila, hay momentos en la vida que está medio llena, vacía o cargada (no os
    preocupéis que esto último es más difícil), y depende de uno solo cargarlas, aunque al final la última palabra la tiene Dios. Las semanas posteriores estuve eufórica, en una nube, feliz porque sentía la gracia de Dios en todas partes (pienso que mis amigas flipaban conmigo). A partir de ahí fundamos Hakuna Roma gracias a Victoria, M. Postigo y el Padre Jorge entre otros.

    Estando en una adoración en San Pedro, una amiga y yo nos sentamos al lado de un grupo de monjas, éstas al acabar empezaron a hablar con nosotras y nos dieron una estampita de su convento, en ella venía la dirección y teléfono de la orden. Una semana después, a mí no se me ocurre otra cosa que llamarlas. La madre superiora me invitó a la casa de la orden en Roma para charlar. Recuerdo que era un día muy lluvioso, tardé una hora en llegar, y el transporte público en Roma no brilla por su puntualidad. Estuve horas charlando con ellas, me enseñaron su casa, me explicaron su labor e incluso estuve con ellas en la cocina ayudándoles. Lo que más me sorprendió es la hora de entrenamiento diaria a volleyball.

    Los domingos íbamos, mi amiga Teresa y yo, a misa a la Iglesia Nacional Española de
    Santiago y Montserrat y tuvimos la increíble suerte de conocer a las Hermanas Misioneras de Jesús. De ellas destacar la hermana Montse (con la que whatsapeo a diario) y mi tocaya la hermana (fundadora) María Luisa, entre otras a las que también les guardamos mucho cariño. Con ellas quedamos varias veces, les llevábamos flores, nos invitaban a comer o nos invitaban a eventos como la celebración del día de la Virgen de Guadalupe en San Pedro. De ellas, resaltar mi admiración por su manera de transmitir la Palabra adaptándose a los tiempos y a los medios. Son vídeos diarios en Facebook, Instagram y tik tok, no deja desapercibidos a nadie.

    En definitiva, todas y cada una de estas vivencias han hecho del Erasmus una gran experiencia en mi vida. No os equivoquéis, yo seguía saliendo de fiesta, viajando y estudiando. El mundo está lleno de oportunidades, lo fácil es hacer lo que los demás hacen. Está en tu mano hacer con ellas algo épico. Y yo puedo decir que estas personas y Dios hicieron de mi Erasmus algo épico, inolvidable, de Matrícula de Honor en el verdadero sentido de la formación y del objetivo de nuestra vida: mantener a Dios en la nuestra.

    María Luisa Márquez de Aracena Río