«Él siempre te está escuchando». Testimonio de Laura Reyes

    Dios nos ha dado el Don de la Fe, uno que en muchas ocasiones yo me he acostumbrado a tener, convirtiéndolo en un hábito. Pero la Fe no puede ser rutina, porque si bien es cierto que nos ha sido dada, también debemos trabajar siempre por cultivarla y hacer que crezca cada vez más en nosotros, para que así todos los días nos demos cuenta de lo extraordinario que es vivirla con todo el corazón.

    Mi nombre es Laura Reyes, tengo 22 años y soy de Bogotá, Colombia. Desde pequeña Dios me dio el gran regalo de nacer en una familia católica y llena de su amor. Quizás no era la familia perfecta, pues mis papás se separaron cuando yo aún era muy pequeña; sin embargo, nunca me faltó nada, y puedo decir con certeza que tengo los mejores recuerdos de mi infancia. Además, desde chiquita siempre he tenido una relación muy especial con la Virgen María, pues en los momentos en los que más sola me he sentido, sé que Ella siempre ha estado acompañándome.

    Aun así, creo que durante mis primeros años de vida fui más una católica tibia: iba a misa todos los domingos, hacia mi oración por las noches, y rezaba el Rosario con mi mamá frecuentemente, pero no por voluntad propia, sino porque así me lo habían enseñado. De hecho, mi mamá era el pilar de mi Fe, esa columna que me mantenía cerca de Dios, pero ¿qué pasa cuando tu Fe no la tienes puesta en Dios, sino en alguien más? Lo que sucede es que cuando pierdes ese sostén, tu Fe se desvanece, y así pasó con la mía.

    Mi mamá falleció de cáncer cuando yo tenía 15 años. Fue muy repentino, tanto así que los ocho meses que ella estuvo batallando contra esa enfermedad se pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Siempre le agradeceré a Dios por darme el tiempo para despedirme de ella, aunque en su momento lo culpara y me enojara con Él por llevarse a mi mamá; porque yo no entendía cuál era SU plan en ese momento, porque no entendía que así, en Su tiempo, esa situación me llevaría a acercarme más a Él, y a poner mi Fe en SUS manos.

    La muerte de mi mamá dejo en mi corazón un vacío inmenso que en vez de acercarme a Dios me alejó de Él (porque claro, para mi Él tenía la culpa). Un vacío que intenté llenar con el mundo, con lo superficial, porque muchas veces es más fácil evitar la herida que poner el dedo en la llaga. Para 2016, dos años después de que mi mamá falleciera, mi papá me invitó a un retiro espiritual para jóvenes llamado “Effetá”, que significa “Ábrete”.

    Abrirse, abrir el corazón…cuán difícil es hacerlo, y sobre todo para Dios. Porque sabemos que Él siempre tiene las respuestas que más nos cuesta escuchar, pero que son necesarias para afrontar las situaciones que se presentan en nuestra vida. En este retiro, Dios me estaba esperando, y me dijo, así como Jesús le dice a Zaqueo en el Evangelio de Lucas, que “El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10). Tardé 17 años en darme cuenta que Dios siempre había estado esperando a que yo decidiera invitarlo a entrar en mi vida, y Él, como el Padre amoroso que es, pacientemente espera por cada uno de nosotros a que le abramos las puertas de nuestro corazón.

    Desde ahí ha sido un largo camino, uno que ha tenido muchos momentos felices, y otros que quizás no tanto, pero en los cuáles Dios me ha dado las mejores enseñanzas, porque me di cuenta que al empezar a seguirlo la vida no se hizo más fácil, y los problemas siguieron estando ahí. No obstante, lo que sí cambio fue mi forma de ver la vida, y la manera de afrontar esas situaciones desagradables, pues entendí el verdadero poder de la Fe. ¿Cuál es? Bueno, pues el secreto está en saber que nada es imposible para Dios si le pides con Fe, y con la certeza de saber que Él SIEMPRE te está escuchando.

    Este año se cumplen cinco años desde mi primer retiro en Effetá, y luego de muchos servicios, misiones, y voluntariados, creo que aún me quedaría corta si tratara de explicar cómo vivir la Fe. También, porque a veces siento que mi mayor debilidad es no confiar en Dios lo suficiente, y dudar de sus planes para mi vida. Pero la Fe me ha enseñado a confiar, sabiendo que sin importar cuán grande sea el problema, Dios ya tiene todo resuelto.

    Tal vez eso que le has pedido por tanto tiempo no llegue en el momento en que esperabas, o quizás no sea lo que Él quiere para ti, pero te aseguro que es mucho mejor. Las veces en las que me he decidido a confiar en Dios, pasan cosas inesperadas en mi vida, situaciones muy distintas a lo que había planeado, pero que hoy me doy cuenta me han hecho verdaderamente feliz.

    Por eso, mi invitación para ti hoy es la que Dios me hace a diario: CONFÍA, y no temas. Sólo basta que tengas Fe.

    Laura Reyes