Seguramente hace 6 meses Rubén pensaba que su sacerdocio, eterno, permanecería mucho tiempo en esta tierra y que podría, como el de todo buen sacerdote, dar mucho fruto. No le faltaba razón: era un sacerdote joven, 34 años, y le esperaba mucho trabajo por delante.

Pienso, y creo que no me equivoco, si además añado que una de sus máximas ilusiones seria celebrar la Eucaristía.

Por eso desde aquí, de sacerdote a sacerdote, he querido que pudiéramos rememorar su primera Misa. Uno de los momentos únicos en la vida de un sacerdote y que no se olvida nunca cuando pronuncias por primera vez: Esto es mi cuerpo.

 

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