Un grito recorre hoy los corazones y pensamientos de mucha gente y se alza con fuerza dirigiéndose al cielo: ‘Dios mío Dios mío ¿por qué me has abandonado?’

Este grito lleno de dolor no deja de ser el de Jesucristo en la cruz: la oración que el Hijo de Dios eleva al Padre en la antesala de su muerte. Este mismo llanto inunda hoy los corazones de los seres queridos, amigos, comunidades y conocidos de las víctimas de la tragedia de la parroquia de La Paloma de Madrid, y subyace en el pensamiento de todo un país que, habiendo abandonado la fe, parece reafirmarle en sus convicciones. Un terrible accidente se ha llevado de manera repentina e inesperada la vida de 4 personas, de las cuales varias pertenecían a las Comunidades Neocatecumenales de la parroquia, entre ellas su vicario. ¿Y dónde estaba Dios? se pueden preguntar tantísimos hoy…

Este lamento, que se produce en medio del sufrimiento y del horror, y sorprende por su crudeza, los evangelistas no lo pretendieron endulzar ni obviar ante el el fatal desenlace al que se enfrentó el mismo Cristo y los que presenciaban semejante escena. Es desgarrador ver al mismo Hijo de Dios enfrentarse al sinsentido y al absurdo, a la soledad más absoluta, a la duda evidente que mana cuando el tormento ahoga.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” No es ninguna casualidad que sea  exactamente también el mismo lamento que Abrahám que, viejo, frustrado y desesperado por no haber podido tener una tierra y una descendencia, ve acercarse el final de sus días con total crudeza e insatisfacción. Su vida era un infierno. Como lo era la de un pueblo que no era ni pueblo, Israel,  esclavo en Egipto. No en vano así lo testifica el libro del Éxodo en el diálogo entre Dios y Moisés: “He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto. He escuchado el clamor ante sus opresores y conozco sus sufrimientos” (Ex 3,7).

Por eso frente a esta pregunta legítima que todos podemos hacernos, creyentes y no creyentes, frente a estos acontecimientos donde víctimas inocentes han perdido la vida, donde la muerte, el terror, el sinsentido parece haber vencido… ¿qué podremos responder? Nada. realmente nada. Porque la respuesta no la encontraremos en nosotros mismos, sino que está en la Pascua ¿Y qué es la Pascua? Es el paso de Dios actuando en el hombre en medio de su noche, en medio de su muerte. La Pascua viene a nosotros como un regalo del cielo. Es la noche de los por qués, donde Dios va a dar las respuestas: ¿Dios existe? Si Dios es bueno ¿por qué Dios permite esto? ¿por qué existe el sufrimiento? ¿por qué existe la muerte? ¿quién soy yo? ¿qué sentido tiene mi vida?

La Pascua es la fiesta hebrea por excelencia. El centro del año, de su fe y de toda su existencia. Todo empieza y termina en esta noche y esta noche todo lo impregna y lo marca.  La palabra ‘Pascua’ se identifica y traduce habitualmente con el término ‘Paso’. Lo más común cuando hablamos de ‘Pascua’ es pensar en el ‘Paso del pueblo de Israel por el Mar Rojo’. Ciertamente en Pascua el pueblo pasará por el Mar Rojo, huyendo de Egipto, pero no es el sentido profundo del término para el pueblo de Israel. La fiesta de Pascua es la ‘fiesta de Pesaj’, y este nombre viene del verbo ‘Pasaj’ que significa originariamente ‘Saltar’. La misma Escritura une la fiesta de Pascua a esta raíz: Durante Pesaj el Señor ‘ha pasado’, o más literalmente ‘ha saltado’ sobre la casa de los Israelitas, que quiere decir que ‘ha pasado de largo y no los ha herido’ como ha hecho con sus enemigos; el paso de Dios, al contrario, ha sido para su pueblo liberación y salvación (Ex. 12, 13.23.27). Es por tanto el Paso de Dios por la vida de Israel.

En la fiesta Pascual el centro de la bendición es el Señor, porque la obra es de Dios, no del hombre. Él pasa por Israel sin que Israel haya hecho nada por merecerlo ¿qué méritos podía ofrecer un conjunto de esclavos?

Frente a este acontecimiento donde el Señor pasa, los judíos celebran una fiesta que dura toda la noche, y cuyo centro es una cena que se desarrolla en forma de vigilia: están expectantes, esperando todos este Paso. Y en medio de esta noche, con la fuerza del signo de la oscuridad, la tiniebla, que es imagen de la muerte a la que está sometida la humanidad, aparece en el rito de celebración un momento muy importante: Es el momento de los ‘Por qués’, donde los hijos, reunidos entorno a la mesa frente a todos los signos, van a lanzar preguntas a los padres: ¿Por qué esta noche comemos estas hierbas que no comemos nunca? ¿Por qué esta noche comemos este pan así y no el de siempre? ¿Por qué permanecemos toda la noche levantados?…’

Por medio de estos porqués los padres van a comenzar a realizar una serie de relatos donde aprovecharán a transmitir la fe a sus hijos. Estos por qué resumen todos los interrogantes de las humanidad, la incógnita a la que cada generación se ha enfrentado intentando dar respuesta y sentido con multitud  de filosofías, espiritualidades, teorías, y variadas formas religiosas a lo largo de los siglos. Nuevamente frente a un acontecimiento de muerte, como el de la Parroquia de la Paloma, vuelve esta cuestión a golpearnos y a preguntarnos ¿Dónde estás?  porque el hombre es incapaz, por sí mismo, de dar respuesta al absurdo de su propia existencia.

Pero Dios va a descender para responder a toda la humanidad a través de su Pueblo Elegido, como primicia, pero no a base de definiciones o vaguedades, ¡sino con hechos! Dios se va a manifestar actuando en la historia, en la propia vida, porque el mayor sufrimiento para el hombre siempre ha sido y será ‘la muerte’, una realidad y certeza absoluta donde no hay escapatoria posible para nadie y donde nadie voluntariamente quiere entrar. Más bien al contrario, estamos constantemente pretendiendo huir de ella.

El pueblo de Israel, que sabía lo que significaba este hecho, porque ‘vivían’ siendo esclavos en una situación de muerte, va a ser el medio por el cual Dios se va a manifestar y van a experimentar su amor y su poder, porque los va a liberar de ella, haciendo este paso, esta ‘Pascua’. De la angustia y del horror, pasarán al gozo y la alegría. Del llanto al canto jubiloso. De la tristeza y desesperación a la esperanza de una vida nueva. De tal modo que ya la muerte no tendrá la última palabra, sino que será el medio por el que venga una vida nueva: ¡la vida inmortal!

Esta Pascua que Dios ha hecho con su pueblo, dándoles el poder y la victoria sobre la muerte, Dios la quiere hacer con todos los hombres, a través de su Hijo Jesucristo, que no solo no ha celebrado la Pascua, sino que como dirá San Pablo: ‘¡Él es nuestra Pascua!’

La pregunta que grita Jesucristo en la cruz no es ninguna casualidad, sino que evoca la misma pregunta de su pueblo en Egipto, del mismo modo recoge la incógnita que nos circunda a todos frente a un acontecimiento de muerte como el vivido: ¿Dónde está Dios?

Frente a esta cuestión los filósofos y  existencialistas de los últimos tiempos se han cuestionado: ‘Si Dios existe y es bueno ¿por qué el sufrimiento? Si lo permite… no puede ser bueno, y si no puede cambiarlo es que no es Dios’. Este sencillo pensamiento ha aniquilado la fe de millones de personas que, sin maldad manifiesta en su mayoría, han cortado con la fuente de la vida, y no han experimentado lo que el pueblo de Israel ha vivido. Siguen en la miseria de Egipto, como aquellos que no pasaron el Mar Rojo porque se quedaron en sus pretendidas seguridades, y se perdieron el milagro de la acción del Señor. No quisieron ‘entrar en la muerte’ porque salir de Egipto era entrar en ella, en el absurdo, ya que no había posibilidad lógica alguna de libertad ni salvación. El Mar estaba delante y el ejército del Faraón por detrás. Y hoy se siguen alzando las mismas  voces de aquellos que dudaron del poder y del amor de Dios, que había prometido rescatar a su pueblo. Pero he aquí el gran misterio del hombre frente a este hecho terrible. Cada uno escogió un camino en su propia libertad interior: Obedecer a Dios y ponerse en marcha hacia lo desconocido, o quedarse parado en sus criterios, sucediendo que los que arriesgaron y renunciaron a sus razones, proyectos y planteamientos pudieron experimentar el poder de Dios y los que optaron por permanecer esclavos en sus posiciones no vieron su Gloria.

Aunque los evangelistas no lo citan, este ‘Eli Eli Lamá Sabactani’ citado  en Mateo 27,49 no es un lamento sin contenido, sino que tiene un sentido profundo que nos pretende meter en el misterio de la fe y en la historia, donde todo tiene una razón de ser. Desde las distancia algunos no entienden lo que Jesucristo está diciendo, y comentan con sorna e indiferencia: ‘Está llamando a Elías’ (Mt. 47, 47). Nada más lejos de la realidad. Jesucristo, el verbo encarnado, está respondiendo con la misma Palabra de Dios al drama del sufrimiento del hombre y su propia existencia, tomando como referencia la experiencia de su pueblo.

La expresión ‘Eli Eli Lamá Sabactani’ que por su importancia Mateo, que escribe en griego, quiere conservarla también en el original arameo,  es una oración que pertenece a uno de los Salmos que tiene el pueblo hebreo, concretamente al Salmo XXII. los Salmos son en su esencia alabanzas, como indica el propio término en hebreo Tehilim (salmo, viene del griego psalmoi) que significa “Alabanzas”, aún cuando vengan a expresar numerosos sentimientos y circunstancias del hombre: angustias, tristezas, lamentaciones, desesperación, acciones de gracia, gozo, profecías…

El Salmo que Jesucristo comienza, y debió rezar íntegro desde la cruz, es el que mejor refleja en modo profético y simbólico en su primera parte el horror en el momento de la crucifixión, donde se hace manifiesto el dolor, la soledad, y la angustia que provoca en todo hombre y mujer el pecado y la muerte. Es la misma experiencia de Israel en Egipto. Cristo experimenta en su carne y carga con todo el sufrimiento de la humanidad en ese preciso instante: dolor físico, mental, emocional, psicológico, miedo, soledad, angustia, desesperanza, traición,… su cuerpo destrozado, y cruelmente taladrado, es la imagen profetizada por Isaías en sus cantos sobre ‘el Siervo de Yavhé’. Ver el sufrimiento en su madre y discípulo Juan. Las burlas y mofas de su pueblo. El padecimiento de toda la Pasión es imagen del padecimiento de la humanidad que tiene el cielo cerrado, donde no hay salida ni esperanza.

Pero conforme avanza el salmo la muerte pasa y aparece, de golpe, la esperanza ¡¡Es la imagen de la Pascua!! este salto, este pasar, en un instante, de la muerte a la vida.

Esta dinamis aparece a partir del versículo 15 en adelante. “Soy como agua que se derrama …; mi corazón se ha vuelto como cera y se derrite en mi interior” . Este agua, imagen de su costado abierto, evoca al bautismo del cual nace la Iglesia. El agua de las bodas de Canaán que se convertirá en vino, imagen de la muerte que es aniquilada y transformada en vida. Aparece una nueva creación. En los versículos siguientes (del 30 al 32) la transformación de la oración es total: del grito inicial de desolación se pasa a la glorificación, a la alabanza. Es el fruto de la victoria sobre la muerte, con el sello de la Resurrección: “Todos los que duermen en el sepulcro se postrarán en su presencia; todos los que bajaron a la tierra doblarán la rodilla ante Él, y los que no tienen vida glorificarán su poder. Hablarán del Señor a la generación futura, anunciarán su justicia a los que nacerán después, porque esta es la obra del Señor”.

Cristo en la cruz va a hacer presente esta Pascua, este Paso de la esclavitud a la libertad. La muerte habrá sido absorbida en la victoria, dirá San Pablo (1ª Cor. 15) y sólo el que entra en ella podrá experimentar el gozo de la Vida Eterna.

A los familiares, comunidades, feligreses, amigos, compañeros… de las víctimas nadie les negará el dolor de perder un ser querido. Ciertamente la ausencia inesperada de ese marido, padre, hijo, hermano… produce una herida en el alma. Cristo mismo nos mostró su humanidad llorando por su amigo Lázaro. También derramó lágrimas y sudor de espanto en Getsemaní cuando se preparaba para entrar en la Pasión. Entrar en la muerte es difícil, muy difícil. Pero la fe nos hace experimentar, y no sólo recordar o creer, mediante la acción del Espíritu Santo, que la muerte está vencida, y nos da la garantía de la Vida Eterna. Solamente el que ha experimentado este Paso puede hablar de ello y testificar la dulzura del amor de Dios, que ama, acompaña, consuela, y que nunca abandona.

Frente a este hecho los que no son capaces de ponerse en camino y entrar en la voluntad de Dios no experimentarán nunca la suavidad y el gozo de la Resurrección. Se quedarán, como los que no quisieron salir de Egipto, en sus limitados planteamientos y lo que es peor, estarán huyendo constantemente de la muerte, porque sin la experiencia de la Vida Eterna no queda otra.

La historia de la Iglesia está marcada por acontecimientos vividos por cristianos, muchos de ellos Santos conocidos, que han vivido situaciones penosas, de sufrimiento, dolor, persecución y muerte. Y contra lo que muchos dirán y creerán, nunca estos sufrimientos han sido en balde, sino que sus vidas entregadas, como Jesucristo, han producido un bien y un fruto inmenso en tantos a través de los siglos. Su testimonio visible y palpable de que la muerte ha sido vencida ha dado esperanza a generaciones enteras y sigue animando a tantos a ponerse nuevamente en camino como el pueblo de Israel, que partió hacia la tierra prometida, imagen del cielo. Hoy algunos querrán robarnos esta certeza, pero sabemos que el Señor es bueno, y que su misericordia es Eterna.

De esta bendita parroquia, una de las primeras donde se inició el Camino Neocatecumenal en el mundo, salieron numerosos misioneros para anunciar este mismo Kerygma por todos los continentes. A mi tierra llegaron varios itinerantes de esta parroquia, entre ellas el P. Antonio González, que fallecería también trágicamente en un accidente aéreo en Barajas en 1983. Su inesperada y anticipada muerte lejos de ser una pérdida para la evangelización fue sin duda alguna una ganancia y un estímulo para todos, llenado de celo y ardor a tantos catecúmenos a los que pudo predicar el Evangelio, porque como dijo el Padre Pío a sus hijos espirituales ‘os ayudaré más después de muerto’. Hoy nuestra parroquia ha pasado de ser evangelizada a evangelizadora, con cientos de familias, hijos, vocaciones y jóvenes, un auténtico espectáculo en una Barcelona altamente secularizada, ‘porque si el grano de trigo no cae en tierra y muere no da fruto, pero si muere da mucho fruto’

Las víctimas de la Paloma ya gozan y disfrutan de la presencia del Padre e intercederán sin ninguna duda por sus seres queridos y por toda la evangelización ¡Esperadnos, que algún día nos encontraremos y celebraremos todos juntos lo bueno que es el Señor!

Jacob Bellido Recoder

4ª comunidad neocatecumenal Parroquia Santa Joaquina de Vedruna (Barcelona)

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