¿Qué sentido tiene cultivar la esperanza? ¿Podemos realmente esperar algo grande para nosotros, para la humanidad? ¿Qué le dice la esperanza cristiana al mundo de hoy?

Es posible que, de jóvenes, este tipo de preguntas no encuentren espacio en nuestro corazón. La vida de un joven es esperanza en acto: se siente en el cuerpo, en la sangre, en las emociones. Parece que todo está al alcance de la mano.

Sin embargo, tarde o temprano, nos descubrimos sedientos de esperanzas ciertas. Sed que se acrecienta si el desaliento golpea la puerta. La pandemia ha acelerado estos procesos en las almas.

Digámoslo ya, sin rodeos: sin Dios no hay esperanza. Pero, al decir de Benedicto XVI, no cualquier Dios puede llevar esperanza al corazón humano. Solo el Dios que se ha manifestado en Jesucristo: el del pesebre, la cruz y el sepulcro vacío. El Dios de la pascua: el que ama hasta el extremo, se encarna, se abaja, se deja crucificar y, desde allí, resucita.

Solo Él es la gran esperanza capaz de sostener nuestro caminar. Solo Él da plenitud a nuestros logros. Pero, de manera especialísima, solo Él es capaz de sostenernos cuando se frustran los mejores proyectos o las obras más nobles sucumben por la torpeza o maldad humanas.

En el evangelio según san Juan, Jesús pronuncia unas palabras que, a mi parecer, expresan como pocas el sentido propiamente cristiano de la esperanza. Helas aquí: “El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme será honrado por mi Padre.” (Jn 12, 26).

Tenemos que rumiar lentamente estas palabras que expresan la promesa más grande de Jesús, nuestra esperanza más cierta. “Donde yo esté -nos dice el Señor-, estará también mi servidor”. Jesús: estar con Él y Él en nosotros y con nosotros. Esa es nuestra esperanza.

La esperanza cristiana tiene rostro y un nombre: Jesús, el Hijo del Padre. Jesús, el que nació de María, concebido por obra del Espíritu Santo. Él es nuestra esperanza: estar con Él, en todo momento; ahora y en la eternidad.

Y es una esperanza que ya está activa en nuestra vida. Ya se está cumpliendo, en la fe, siempre velada, incluso oscura, pero cierta e incontrovertible. La vida eterna ya está presente en esta historia nuestra, frágil, vulnerable y con tantas incertidumbres. Por la gracia del Espíritu Santo, la santa Trinidad ya está morando en el corazón que se abre a la amistad santificante del Señor.

Otra vez nos ilustran las palabras de Jesús transmitidas por san Juan: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él” (Jn 14, 23).

La bienaventuranza que es nuestra meta ya está traccionando nuestra vida hacia el cielo, pues la gracia de Dios, al decir del santo cardenal Newman, es ya ahora la gloria en camino, como la gloria es la gracia que ha llegado a su plenitud.

Jesús, el Señor, está con nosotros. Camina con nosotros, nos ha abierto las puertas del cielo y, con el Padre y el Espíritu Santo, allí nos espera para colmar nuestra vida.

Jesús no nos ha prometido que siempre nos irá bien en todo lo que emprendamos. No nos promete el éxito. Sí nos ha prometido estar con nosotros en toda circunstancia; que su Espíritu no dejará de asistirnos, fortalecernos y consolarnos para ser fieles a su Evangelio en toda situación que nos toque vivir, especialmente las más difíciles y desafiantes. Su promesa es llevar a plenitud su obra en nosotros, a fin de que seamos plenamente lo que el Padre ha soñado de cada uno, desde la creación. En la salud o la enfermedad, su promesa es que contaremos siempre con Él para alcanzar nuestra madurez según el plan
de Dios.

Esa esperanza, que es Jesús, cuando toma nuestros corazones y en ellos echa raíces es la fuerza más potente que conoce el ser humano. Con ella, los cristianos acometemos la empresa nunca acabada de trabajar en este mundo, con convicción y sin dejarnos ganar por el desaliento, para alcanzar la justicia y hacer todo el bien posible, aquí y ahora.

En la misma medida que nos hace mirar el cielo, suplicando que, aquí en la tierra, se cumpla voluntad de Dios; en esa misma medida, nos compromete decididamente con todo genuino proyecto humano de justicia, desarrollo y transformación del mundo.

Esa es la esperanza que nos sostiene y que no podemos dejar de contagiar a todos. O, como dice el apóstol Pedro: “Estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen” (cf. 1 Pe 3, 15).

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco (Argentina)

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